¿Qué haría Lisbeth Salander?

Ilustración: Karina Huertas

Por: Miguel Flores-Montúfar / Artículo

“Los hombres que no amaban a las mujeres” es el título que abre Millennium, la monumental trilogía policial del escritor sueco Stieg Larsson (1954-2004). Se completa con “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”.

No voy a detenerme demasiado en los elogios, solo diré que es, probablemente, mi experiencia narrativa favorita. La fascinación se debe a que es, precisamente, una historia fascinante, muy bien contada, de acuerdo a la definición de historia bien contada que ensaya Mario Vargas Llosa:

Para mí, una historia bien contada es una historia que el lector no tiene la impresión de leer, sino [de] vivir, una historia que, por su poder de persuasión interno, anula la distancia entre lo escrito y el lector, elimina esa actitud crítica con que, inevitablemente, nos acercamos siempre a un texto literario. Y, en un momento dado, da la impresión al lector de que las palabras se han eclipsado y que las reemplazan los hechos, los paisajes, la realidad pura, viva: una historia que parece vivida, no leída.        

Exactamente eso le ocurrió al Vargas Llosa lector con Millennium. En “Lisbeth Salander debe vivir”, su columna sobre la trilogía publicada en El País, dice:

[…] Acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2.100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Víctor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página “¿Y ahora qué, qué va a pasar?” y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad.

Ahora bien, Millennium no solo es una historia brutal. Además, es un irremplazable primer camino hacia el feminismo. Hasta Millennium, ni siquiera conocía la definición general del término. Sabía de la violencia, del acoso, de las muertes, pero en términos bastante gaseosos y lejanos. Millennium me agarró del pescuezo y me obligó a mirar, a saber, a enterarme del horror.

Mientras leía los testimonios de #NiUnaMenos, no podía evitar recordar las historias sobre mujeres que se narran en la saga de Larsson (violadas por sujetos que tenían sobre ellas alguna relación de poder, despreciadas y perseguidas por la forma en que habían decidido vivir su vida sexual, ignoradas por las autoridades y los medios, explotadas sexualmente, menospreciadas, perseguidas, asesinadas). El primer libro abre cada capítulo con estadísticas reales y terribles sobre la violencia sexual que sufren las mujeres en Suecia. EN SUECIA. ¿Se imaginan lo que está pasando aquí?

Ante esos atropellos, Lisbeth aparece como una justiciera, en línea directa con los grandes héroes investigadores de la novela policial. Cuando se trata de las mujeres y de lo que se hace contra ellas, su tabla de principios es implacable: tocas a una, la tocas a ella.

Desde entonces, Lisbeth se hizo mi amiga. O más precisamente, desde entonces quiero ser su amigo, quiero merecer su amistad. Una vez encontré en Internet la foto de un brazalete que tenía grabada, en inglés, esta pregunta: ¿qué haría Lisbeth? Bueno, tal cual. Cuando voy a hacer o decir algo corre el riesgo de ser machista, me pregunto lo mismo: en mi lugar, ¿qué haría Lisbeth? ¿Y qué pensaría si me viera actuar así? Ella modela mi consciencia feminista, y es la primera de mi santuario de heroínas ficticias, a las que consulto antes de actuar: Jessica Jones, Beatrix Kiddo, Hermione Granger y las hermanas Sansa y Arya Stark.

En ese sentido, Millennium también me ayudó a ubicar el papel que nos corresponde a los hombres en la lucha feminista. Mikael Blomkvist es el brillante y valiente periodista con quien trabaja Lisbeth, pero es alguien que asume que sus habilidades y experiencias están subordinados a la imponencia de Lisbeth. Así como él, los otros personajes de Millennium que encarnan roles de hombres feministas son todos aquellos que no están para protagonizar nada, ni para juzgar ni para pedir explicaciones, solo quieren comprender y ayudar. Entre ellos, se encuentra el ex boxeador Paolo Roberto, el empresario Dragan Armanskij, el periodista Dag Svensson, el policía Jan Bublanski, etcétera.

Hasta donde recuerdo, la palabra feminista no aparece en el texto para referirse a ninguno de los personajes. Quizá sí, no lo recuerdo. El feminismo no está dicho sino encarnado: la historia no está subordinada al mensaje. Pero es imposible leer la saga y no encontrarla feminista. Cuando, más tarde, me di con el término y su significado, lo primero que pensé fue: esto es Millennium.

***

En sueco, el primer libro se titula Män som hatar kvinnor, es decir, Hombres que odian a las mujeres. Para la edición en castellano, sin embargo, Destino optó por una traducción más libre: Los hombres que no amaban a las mujeres. ¿Por qué el cambio? Pues quizá por un asunto publicitario, de pegada. Pero yo creo que esa pequeñísima variación pinta mejor el espíritu de toda la saga (es más, pinta mejor el espíritu de los dos últimos libros que del primero) porque en los tres libros de Stieg Larsson, Lisbeth se enfrenta no solamente a quienes la odian por ser mujer. Estos sujetos son despiadados y despreciables (acosadores, violadores, psicópatas, tratantes de personas, asesinos), pero son los menos. Los otros enemigos de Lisbeth, allá en la desarrollada Suecia, son los mismos que tienen, en el Perú, las mujeres que padecen algún tipo de violencia.

Lisbeth y las mujeres peruanas deben enfrentar no solo quienes las asesinan, les pegan, las insultan o discriminan, sino además a un Estado ineficiente y cuadriculado, que no castiga a quienes actúan así contra ellas, que matiza los crímenes culpando a las víctimas, que legisla de acuerdo a sus creencias y no a la ley que permite nuestra convivencia social.

Se enfrentan, también, a los que sin haber tocado ni insultado nunca a una mujer justifican que otros lo hagan desde sus espacios en las iglesias, las escuelas, los medios de comunicación y los centros de trabajo, a todos los que piensan que las mujeres “provocan” el abuso que padecen, que merecen el maltrato si persisten en estar con alguien agresivo, que deben ganarse el respeto, que deben ser de esta manera y de esta otra sino quieren ser mal vistas, que no deberían vestirse así ni hablar así ni emborracharse así.

No se trata solo de odiar o no hacerlo. La indiferencia no es, necesariamente, una variante del odio y, sin embargo, hace tanto daño como el odio mismo. Para detener la violencia contra las mujeres no basta con no odiarlas. Es necesario amarlas, amarlas aunque sea un poco y con amarlas, dejar de temerles, dejar de asumirlas como objetos o amenazas a la virilidad. Como entendió Mikael Blomkvist, las mujeres no necesitan superhéroes que las salven, les basta, en realidad, con que no las violentemos, no les estorbemos y con que, finalmente, pongamos el hombro. Lo que ha ocurrido con los testimonios de #NiUnaMenos ha sido fundamental para que lo entendamos mejor. No tenemos idea de lo difícil (y, muchas veces, espantoso) que es ser mujer en nuestro país. No podemos ponernos realmente en el lugar de ellas, pero podemos reflexionar sobre nuestro propio lugar: los privilegios de los que gozamos (en las tareas de la casa, en el trabajo, al caminar por la calle o salir de fiesta), la indiferencia con que hemos reaccionado ante la violencia, el silencio ante los abusos de los que nunca nos enteramos, etcétera. Empecemos por ahí.

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