Río rosa

Ilustración: Karina Huertas

Por: Sally Jabiel / Cuento

Cruzó la puerta del café del barrio y supimos que transcendería. Dante no pidió nada y, sin resguardo, anhelamos el acento a dictadura que había en cada una de sus palabras. Al atardecer nos dejó escucharlo un poco más, como un río rosa, fulminante. Esa detonación, aunque breve, me deslumbró. Al llegar la noche, en contra de todas mis intenciones de sobrevivencia, yo ya quería a Dante.

Los días siguientes nos sucedieron en un jazz casi a destiempo. Nos vieron existir por meses, atrapados en un disco que repetía un mismo acorde vacío. Los dos vivíamos en una revolución sin fe, como las langostas puestas vivas a cocer que rasguñan, por segundos, aclamando un descuido que las haga resistir, un rato más. Así era con Dante. Él pretendía todo y yo nadaba en su espontaneidad. Me acostumbré a que, si bien tarde, desapareceríamos antes del nuevo año. Pero en esa, mi única certeza, me equivoqué.

Quizás fui yo quien empezó una caída utópica, inútil por demás, y él no tardó en sumarse. Con modestia, nos obligamos a admitir que no sabíamos cómo estar ahí. No nos hacía falta la energía nuclear, ni un fin del mundo inverosímil. Todos lo sabían. Aunque todavía él llovía sobre mí, como en una misiva de Kahlo a Bartolí; nada nos salvaría.

Las vacaciones a Mar del Tuyú, entonces, tantearon nuestra rendición. No había algo que nos emocionara menos que Buenos Aires; sin embargo, mis promesas desde el colchón siempre acababan por compaginar sus planes.

Con poco equipaje en mano, la primera parada en esa ciudad fue la casita de Temperley. Imaginen a los dinosaurios en la cama, nos decía Charly, con intermitencia, desde la radio. Dante me abrió las puertas de lo que fue su mundo por dieciséis años. De inmediato, los cuadros desalineados en las paredes me abrumaron.

—Ya sé que estar aquí tampoco te va bien —murmuró con los huevos en la sartén ya calcinada.

—No lo repitas más —insistí con ternura, como si aplacara, así, mi negación tan enredada entre sus persianas.

En esa estereotipada y desolada escena, por fin, apareció su abuela. Con su memoria patriarcal, como la de una amapola marchita al sol, me encandiló. Fue difícil desprenderme de sus eternos, y variantes, relatos del pasado, de esa sumisión con aspirinas que nos hacía dormir, de nuevo, en Argentina del 76. Sin mucho batallar, por la mañana nos fuimos.

Para continuar con la ruta, acepté que nunca volvería a transitar esos lugares. En Mar del Tuyú emprendimos una apuesta por contar todos los granos de arena sobre la playa y faltando poco, o eso creímos, nos distrajimos. Dante decidió sanar nuestra derrota entre cigarrillos, en tanto yo me sumí en mi grabadora, registrando su forma de ser en primer plano. El balneario era terriblemente nostálgico. Aun así, no podía imaginar que ese atlántico mar se reiría de mí, como lo hizo cuando el llanto de los desaparecidos del aire apareció. Sí, como en los vuelos de la muerte, yo caería.

—Quería tener cómo luchar —pude oír mientras un vestido violeta, al encaje de unas pálidas pantimedias, aparecía más nítido desde la orilla. Dante había improvisado un delineado que perfeccionaba su maniático atuendo ya noctámbulo.

No me sorprendía.

—No tiene nada de hermoso —mentí.

Su paranoia me llegó en un trance despierto. Sus labios desplegaron una violencia escéptica sobre mí. Quería tener cómo luchar, repetía con menos fuerza, en una súplica ante un dios tangible. Mi sexo, entonces, se volvió bandera. Me confundí con una fiebre azul, trémula. Su cuerpo avivó mi tímida brutalidad. Lloré. Lloré un abandono. Lloré un río rosa y él fundía sus pies en mi corriente. Seguimos latiendo. Nuestras palabras se ahogaron en la arena fértil y me gustó. Metamorfosis transparente. Los corpiños no suman nada y esa noche eran toda nuestra transgresión. Dante me abatió hasta el vacío. Maldito y hermoso. Me perdí dónde los ríos rosa se bifurcan. Naufragué en su feminismo. Comprendí mi militancia irrenunciable.

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