¿Cuándo empezamos?

Fotografía: Juan Osorio Ruiz

Por: Jorge L. Sánchez / Carta

 

De: xxxxx@gmail.com
Para: cccccc@gmail.com
Fecha: 13 de mayo de 2016

Asunto: Re: Revista MOT

Acabo de recibir tu mail y me he quedado viendo la pantalla tratando de descubrir cuál es el truco. ¿Es en serio esto de fundar una revista? Muy viejos debemos estar para considerar el refundar Amauta en pleno siglo XXI, teniendo en cuenta, sobretodo, que si Mariátegui estuviese vivo sería youtuber, con eso te digo todo. Escribir en una revista está más pasado de moda que tener un programa de música criolla en canal 7, alucina. Es mucho más idiota que invadir Rusia en invierno. Y estando probada la imposibilidad de la tarea no veo la gracia de invertir aquellos soles que nos faltan y las pocas fuerzas que no tenemos. ¿No es mejor acaso entregarse al hedonismo ramplón de dormir hasta las tres de la tarde? O sea, sé muy bien que el triunfo no ha sido necesariamente un requisito a la hora de establecer nuestras metas respecto a aquel burdo sentimentalismo en que se ha convertido la literatura, pero esta idea tuya ha llegado demasiado lejos. Digamos, siendo escandalosamente optimistas, que podemos conseguir el dinero, el tiempo, las fuerzas y los recursos humanos para hacerlo realidad. ¿De dónde sacamos a los lectores? Es más fácil encontrar a un millar de youtubers que a una docena de adultos dispuestos a leer algo más complejo que la columna del Búho en el Trome. Disculpa mi pesimismo. Los lectores cada vez somos menos y hemos terminado por convertirnos en una subcultura, en un grupúsculo de aficionados por lo antiguo, una suerte de adoradores de lo banal. Los rosacruces de lo intrascendente. ¿Crees realmente que alguien está interesado en leer? Y de ser así, ¿crees que ese alguien improbable va a leer a un esplendoroso ramillete de aspirantes a bohemios de cafetín o a escribidores de blogs? Te propongo vender zapatos de mujer, ropa interior o chocotejas que, según me han dicho, se venden muchísimo mejor que las revistas. Ahí tendremos, espero, una remota posibilidad de éxito. En fin.

Y hablando de lectores aprovecho la oportunidad para pedirte encarecidamente que tengas la amabilidad de devolverme el libro de Stephen King que te presté. Lo sé, ¿en qué estaba pensando? He leído hace poco que la crítica especializada americana le tiene tanto respeto a King como la intelectualidad limeña a Koky Belaunde del Perú. ¿Existe una injusticia más grande? Obvio, y lo de King también me parece una grosería. Me es difícil entender cómo es que un escritor es despreciado por sus pares ¿No es suficiente dolor de cabeza escribir una novela como para que además esperemos que sea buena? Canibalismo tribal de una especie en extinción. ¿Es menos escritor King que Philip Roth? ¿Es Vargas Llosa menos escritor que Flaubert? ¿George RR Martin que Isaac Asimov? ¿Stieg Larson que JK Rowling? ¿Osho que Cohelo? ¿Qué tienen en común fuera de la atolondrada admiración de los últimos lectores del mundo? Pues que son los últimos de una especie muerta que sobrevive en el recuerdo de un pasado mejor. Son como la última generación de osos panda, aquella especie a la que ya no podemos socorrer, pero que celebramos la ternura de sus últimos malabares agonizantes. Los que vamos quedando tenemos ya tan poco que decir que el silencio nos abruma. Borges ha dicho que a él se le exige una novela con el mismo exceso con que se le exige una epopeya a un novelista por lo que, podemos colegir, tampoco tiene sentido exigir un cuento a un tuitero. Una pena. Por mi parte aún tengo la vana esperanza de que en algún punto del dilatado universo exista el borrador de una novela borgeana.

Lisbeth, mi esposa, te manda saludos. Y me recuerda que te diga que prometiste conseguir “Escena de una vida de provincias” -la trilogía biográfica de Coetzee- con tus amigos libreros. Sabes bien que tiene una insensata fascinación por las bibliotecas que he tratado de disuadir explicándole que una vez leído el libro, coleccionarlos tiene tanto valor como coleccionar batidoras de mano, con la circunstancia que con las batidoras podemos hacer queques. Si la cordura sirve para algo, en algunos años el dueño de una biblioteca será diagnosticado con el Síndrome del Acaparador Compulsivo. Y es que esto también forma parte del quiebre de la cadena alimenticia, el libro agoniza porque su principal sustento – el papel – ya tiene puesta la mortaja encima. Es verdad que nos hemos (me incluyo) resistido a aceptarlo. Como en la película “Un fin de semana con el muerto” hemos cargado con el cadáver y le hemos levantado el brazo para que parezca que saluda, lo hemos hecho caminar como marioneta y le hemos jalado los pellejos para que sonría. En el ínterin hemos proclamado que nada huele mejor que una hoja recién salida de la imprenta como si, cosa ridícula, fuera superior al olor del estofado de carne que prepara mi vieja. Hemos tenido ayuda, qué duda cabe. Mucha ayuda. Muchos que como nosotros (sin vida social pero con imaginación) hemos formado esa secta fanática que cree que sin el libro se acabaría la cultura, la razón y el sentido común. La vanidad del convencido. La solvencia intelectual del mundo defendiendo a la cultura con los argumentos de un adventista. ¿Nadie es capaz de aceptar que la cultura, como la vida, se abre paso a machetazo limpio? ¿Tan difícil es entender que la tecnología no es un obstáculo sino más bien una herramienta? Con las katanas samuráis se cortaban cabezas y nadie se atrevería a decir que la katana es en sí misma una maldad per se. En los celulares hay ebooks, Wikipedia y los tutoriales de Youtube. Hay un antiguo mito que dice que hay una sociedad secreta de sabios que usa Internet para aprender y no para reírse de los memes ¿Será cierto eso?

Es tarde. Para terminar, releo la sobriedad literaria de tu correo. ¿MOT? Entiendo el guiño francés. Pienso en la promesa del papel en mis manos y sé lo que significa, sé lo que ha perpetrado tu mente manipuladora. Me haces creer que tomaré una decisión pero ya jugaste con mis apetitos, con mis taras y con mis fobias. Sabes que te mandaré al diablo como siempre y que juraré en vano no formar parte de este simulacro. Lo sabes, ¿no? En fin, ¿cuándo empezamos?

 

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