Yaykupakuy

Ilustración: John OH!

Por: Jorge L. Sánchez / Relato

SOCOS

Adilberto Quispe había podido conjurar los nervios con abundante licor. Estaba feliz. La mayoría de los familiares que lo acompañaban había estado bebiendo y celebrando la felicidad de los novios. Maximiliana Zamora esperaba a la comitiva ansiosa después de recibir los interminables consejos familiares. Cumpliendo con la tradición, vestía el chumpi multicolor y había bebido dos copas de un aguardiente poderoso que le incendiaba las mejillas.

Nueve pe eme. Había pasado una hora del toque de queda pero la ocasión ameritaba que el novio y su comitiva buscasen a la novia como parte final del yaykupakuy. Luego de eso, las vidas de Adilberto y Maximiliana estarían unidas por siempre. Cuando decidieron que era tiempo, abrieron la puerta para empezar el recorrido final.

Fuera de la casa había una patrulla policial de once efectivos. Ingresaron violentamente. Tenían los uniformes verdes de los Sinchis y sus armas de reglamento en las manos. Algunos pocos iban con pasamontañas. Ordenaron, con insultos, que todos volvieran a sus casas. El alcohol y el resentimiento por los constantes robos y atropellos hicieron que las protestas de los pobladores se elevara a un conato de tumulto. Hubo disparos al aire, golpes, más insultos. Fuera de la casa, hombres y mujeres formaron dos filas y fueron obligados a caminar hasta la Quebrada del Balcón a media hora de camino. En el trayecto encontraron a dos jóvenes hijos del gobernador del pueblo que fueron incluidos entre los prisioneros. Antes de llegar a su destino, en un lugar llamado Allpa Mayo, separaron a las mujeres jóvenes para violarlas antes de asesinarlas de un balazo en la cabeza. Las ancianas y los varones (incluido Adilberto, que jamás volvería a ver a Maximiliana) fueron asesinados a quemarropa y agrupados junto a una quebrada. Los policías detonaron granadas junto a los cuerpos para que las rocas producidas por la explosión ocultasen los restos.

Alguien, sin embargo, sobrevivió. En la oscuridad de la noche, los Sinchis los habían ejecutado a la luz de las linternas, lo que fue aprovechado por María Cárdenas para ocultarse debajo del cadáver sangrante de Guillermo Conde, su esposo. Al amanecer, volvió al pueblo y contó lo que había pasado.

La indignación, la rabia y la vergüenza sacuden al pueblo. Victoria Cueto y Vicente Quispe lideran a los campesinos atravesados por el dolor. Fungen de intérpretes de la comunidad quechua hablante. Exigen justicia o venganza, aquellas caras de la misma moneda. Están dispuestos a todo, dicen, por hallar a los culpables.

Un día después de la denuncia, es decir, dos después de la masacre, tres policías entran a la casa de Victoria Cueto. Pretenden secuestrarla. Ella, sabiendo a lo que se enfrenta, se resiste violentamente. Es ultimada de un balazo en la cabeza enfrente de su madre y de su sobrino. Vicente Quispe, por otro lado, no se resiste. Su cadáver es encontrado en el puente Huaytará. Javier Gutierrez, un joven ayudante de limpieza que en la noche de la masacre  pernoctó en la estación policial, fue llevado a un operativo de búsqueda de desaparecidos del que jamás volvió. También buscaron intensamente, aunque sin éxito, a María Cárdenas.

La institución policial busca, naturalmente, la impunidad. Niega la existencia de la masacre. Cuando ésta es irrefutable “no descarta la posibilidad de que el PCP-SL sea el autor de la matanza”. Descartan plenamente la responsabilidad del destacamento.

Casi un año después, sin embargo, los deudos desfilan ante el fiscal superior para narrar los hechos de la noche fatídica y posterior represalia. Veintinueve cuerpos fueron encontrados en la Quebrada del Balcón. Veintinueve vidas. Tres muertos más en el afán de silenciar el escándalo. Treinta y dos muertos producidos a raíz de una feliz celebración de dos jóvenes novios. Entre los testigos, Maximiliana Zamora narra el día fatídico en que fue novia.

Todos los responsables fueron identificados, ninguno fue castigado.

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