Hocico Negro

Por: Juan Osorio / Cuento

El primer perro que tuve de niño se llamaba Pibe. Era un can color bayo, de raza indefinible y con el hocico tan oscuro como la noche o la muerte. Al verlo, mamá nos recordó que los perros de hocico negro solían tener muy mal carácter. Y aunque nadie dio importancia a su advertencia el tiempo le dio la razón: Cuando Pibe creció tuvo que ser confinado en el techo de nuestra casa debido a su bravura. Si por descuido alguien dejaba abierta la puerta de la azotea, mi perro bajaba raudo y en un segundo estaba ya husmeando en las ollas de la cocina, paseando su figura alargada y firme por la sala, mordisqueando la alfombra y tirando al suelo infinidad de adornos delicados, o peor aún, intentando salir a la calle, ladrando furioso ante la presencia de algún transeúnte. Para regresarlo no había forma más efectiva que tomar una manguera gruesa, que existía en casa sólo para tal fin, y azotarlo, o intentar azotarlo, hasta que el dolor o el temor le hiciesen retornar nuevamente a su confinamiento.

A pesar de los esporádicos castigos no podría decir que mi perro la pasaba del todo mal, su vida era, sino feliz, al menos bastante tranquila, arriba, en el techo, Pibe tenía tres comidas al día, una casa de madera más que confortable y suficiente espacio para corretear tras la pelota de trapo que mi padre le había regalado.

Por las noches papá y yo subíamos también a la azotea para jugar con nuestra mascota. A menudo, mientras yo correteaba junto a Pibe, papá se quedaba en silencio mirando el horizonte, contemplando las elevadas montañas que cercaban mi ciudad y en donde pronto empezaron a encenderse figuras de hoces y martillos. Papá, en su condición de investigador de la policía, sabía bien lo que se gestaba en aquellas distancias. “Son los guerrilleros”, le escuchaba decir mientras yo detenía mi juego para admirar también las figuras encendidas. “Pronto vendrán y la guerra llegará hasta nuestras casas”, anunciaba. Sin embargo, yo no era capaz de imaginar una guerra en medio de mi casa de la misma manera en que jamás pude imaginar a mi padre participando de semejante conflicto, aún cuando muchas veces lo vi salir de casa portando sus dos revólveres y despidiéndose de mi madre de manera dramática.

Mi padre era un policía singular debido a su excesiva timidez y su exagerado respeto por el mundo adulto. De niño, mi abuelo lo había educado bajo una severa disciplina donde los castigos y la crueldad eran cosa común. Papá jamás pudo asimilar tanta violencia y en su interior se depositó un enorme temor hacia mi abuelo y luego ese temor se proyectó en toda persona adulta. Así que las buenas maneras y el excesivo respeto por la gente eran para mi padre normas de conducta inquebrantables, no cabía en él la posibilidad siquiera de incomodarlos con un gesto poco afable o peor aún, con algún tipo de agresión verbal o física; éste tipo de cosas estaban totalmente vedadas para él pues, de cometerlas, lo sabía bien, merecería, como en sus épocas infantiles, una reprimenda cruel y terrible.

Una tarde, cuyo recuerdo es un tanto difuso en mi memoria, fui al cumpleaños de uno de mis vecinos del barrio. A mi regreso, antes de acostarme, decidí buscar a mi perro para jugar un rato con él, pero al llegar a la azotea descubrí que Pibe ya no estaba. Bajé al patio posterior, hurgué en los dormitorios, en la cocina, en la sala y mi perro no apareció por ningún lado. Mi madre me dijo, con el rostro nervioso y gesticulando demasiado, que un amigo de mi padre se lo había llevado a su casa de campo. Esa noche lloré apenado por mi mascota y aunque supuse que toda aquella historia era una total mentira preferí no hacer más indagaciones y olvidar a Pibe.

Ocho años después nos habíamos mudado a Lima y vivíamos en un departamento en donde mamá recibía constantes visitas. Una tarde llegó una antigua amiga de la familia, mi madre la recibió con alegría y rápidamente se enfrascaron en una amena conversación llena de añoranzas. De recuerdo en recuerdo terminaron hablando sobre Pibe a quien aquella señora recordaba por su hocico negro y su bravura. Escondido detrás de una puerta pude enterarme al fin, en palabras de mi madre, de lo que le había sucedido a mi mascota.

Aquella tarde lejana en el tiempo en la que yo había asistido al cumpleaños de mi vecino, mi perro, pobre él, había conseguido bajar de la azotea; veloz se había dirigido a la sala y al ver, mala suerte que no llega sola, la puerta de ingreso totalmente abierta, había alcanzado la calle. Un vecino estaba pasando en ese instante delante de mi casa y Pibe, hocico negro, mal carácter, se le había ido encima hasta hacerle jirones una de las mangas de su casaca. El hecho, escandaloso por la cólera en la que montaron los padres del vecino y por los gritos que vinieron a dar a la puerta de mi casa, terminó por avergonzar terriblemente a mi padre que en ese preciso momento llegaba del trabajo. Luego de disculparse copiosamente, papá ordenó a mi madre a quedarse en su habitación, inmediatamente fue a buscar a Pibe, lo cogió de la correa con una mano, y con la otra, empuñando su revólver, le descargó dos tiros en la cabeza.

Después de enterrar a mi perro en el patio posterior, papá tomó un baño, vistió un elegante terno negro y con el rostro desencajado salió de casa. Mi madre, invadida por la angustia, lo retuvo un instante:

-¿A dónde vas?

-Voy al velorio de mi colega Monroy, hace un par de horas los terrucos lo han matado delante de mí y yo no… no hice nada… –confesó mi padre quizás para justificar su barbarie.

Mucha razón tuvo él cuando dijo que la guerra llegaría hasta nuestras casas, ahora teníamos una fosa, una víctima, un victimario, todos inocentes.

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