BAJO LA PIEL DE FRANCISCO LOMBARDI

Fotografía: Leandro Britto

Por: Juan Osorio / Entrevista

Hasta los años setenta del siglo pasado la producción cinematográfica peruana estaba conformada por un pequeño grupo de producciones de poca calidad y bajo presupuesto. Incluso las esporádicas cintas de Armando Robles Godoy fueron sólo una excepción a la regla. Este panorama tenía pronósticos poco optimistas hasta que “Muerte al amanecer”, el primer largometraje de Francisco Lombardi, apareció en las pantallas de los cines limeños.  Desde entonces los premios y reconomientos a su trabajo no dejaron de llegar y hoy a sus casi setenta años Francisco Lombardi es sin duda alguna el cineasta más importante de nuestro país. Desde su  residencia en Lima, Lombardi nos recibe para hablar, entre otras cosas, sobre su niñez en su ciudad natal, sus inicios en el cine y sobre “Bajo la piel” una de sus mejores películas cuyo recuerdo hoy es un tanto difuso. Empecemos.

En algunas entrevistas ha dicho usted que cuando recuerda su infancia en Tacna lo hace desde una perspectiva tan lejana que aquella época parece haber sido vivida por otra persona. ¿Podría explicarnos sobre esta percepción, sobre esta lejanía con sus recuerdos infantiles?

Parece que no es tan común pero a mí me pasa que cuando miro hacia atrás, cuando recuerdo mi niñez, mi adolescencia, las veo tan lejanas y me recuerdo tan distinto (¿lo sería en efecto?) que en verdad no me identifico. Quizás sea que tengo tan mala memoria que cuando me hablan de tiempos tan remotos me cuesta recordarlos, o no los recuerdo en absoluto. ¿Será alguna forma de auto censura? A lo mejor no me gustaba, quizás sea eso, no lo sé; pero hay una fractura ahí. Por otro lado, a la edad que tengo me parece que mi vida ha sido lo suficientemente larga como para haber tenido varias vidas y, al mismo tiempo, me lamento continuamente no haber salido a vivir en otros lugares y haber tenido otras vidas. ¿Un poco confuso todo, no?

¿Su etapa escolar en el colegio Coronel Bolognesi guarda alguna similitud con la experiencia de Vargas Llosa en el Leoncio Prado? ¿Tuvo alguna identificación especial con “La ciudad y los perros” que lo animaron a adaptar esta novela al cine?

Seguramente. Estudiar en una gran unidad escolar (era el único colegio secundario en Tacna) produce la misma mezcla social y racial que un colegio como el Leoncio Prado. Ser “blanquito” en un ambiente así, en el contexto peruano, no es fácil y me costó mucho hacerme un espacio. La cantidad de veces que tuve que “chocarla para la salida” no fueron pocas. Siempre estaba fantaseando con irme de ahí, de salir, de viajar, por eso el cine era un mundo que me resultaba tan atractivo. El colegio no ha sido nunca ese maravilloso lugar que recuerda la mayoría. El día que terminé secundaria fue uno de los más felices de mi vida, adiós horarios, adiós obligación de estar encerrado en un salón escuchando cosas que no me interesaban. Esa sensación de encierro, y por otro lado, las maneras de sobrevivir en un ambiente hostil  -como le pasaba al “Poeta” y al “Esclavo” en la novela de Vargas Llosa-  son elementos que yo sentía muy próximos. “La ciudad y los perros” fue la primera novela que leí que tenía que ver conmigo, con lo que había sido mi vida entre los catorce y diecisiete años. El día en que Mario decidió autorizar la adaptación para hacer la película fue uno de los grandes momentos de mi vida de cineasta. Quiero mucho esa película, la veo cada cierto tiempo y supero con facilidad algunos errores menores porque creo que es de lo mejor que he dirigido.

¿Fue en Tacna, la ciudad de su infancia, donde decidió ser cineasta?

Sí, en Tacna, viendo películas casi a diario y escondido como estaba del mundo real, empecé a soñar con meterme dentro de la pantalla y vivir esa vida alternativa que parecía tan distinta y tan atractiva. Luego, cuando vine a Lima a estudiar y me vinculé con la gente de “Hablemos de cine”, esa ilusión se fue haciendo más real.

Usted escribió sus primeras críticas cinematográficas en la revista “Cine estudio” cuando aún era un colegial. ¿Cómo así surge ese interés por escribir sobre cine desde una época tan temprana?

Cuando llegué a Lima tenía quince años y como al comienzo no conocía a nadie, mis espacios vacíos los llenaba yendo al cine y leyendo. Yo conocí Lima mientras iba conociendo y asistiendo a los cines, desde los cines de barrio en el centro, en Breña, en La Victoria hasta los de Miraflores, Lince, San Isidro. Trataba de ir cada semana a un cine diferente. En esa época los cines eran lugares muy atractivos, espacios enormes con grandes pantallas y yo me la pasaba metido viendo una película tras otra. Y claro, quería compartir mi experiencia y mi entusiasmo por ese mundo y escribía en el mural del colegio comentarios de películas. De ahí surgió la idea de la revista, la hacía yo prácticamente solo. Un día llegó a manos de Juan Bullitta y de Chacho León y quisieron conocerme. Me invitaron a ser parte de “Hablemos de cine” y empecé a colaborar con ellos muy chico, no tenía más de diecisiete años pero los escuchaba y aprendía. “Hablemos de cine” fue mi primera escuela y al poco tiempo me fui a la Escuela de Cine de Santa Fe.

Una de sus mejores cintas es “Bajo la piel”, largometraje que fue estrenado en 1996, ¿podría contarnos qué recuerdos tiene de ese proyecto?

De “Bajo la piel” recuerdo los desiertos en la noche, las interminables esperas mientras iluminaban las locaciones. Recuerdo la escena formidable de Diego Bertie mientras mortifica y humilla  sin querer a José Luis Ruiz y éste en un momento de suprema indignación lo mata. Y también recuerdo la noche que recibí la Concha de Plata en San Sebastian por esa película. Fue una pena que no tuviera un mayor éxito de público porque creo que era un ejemplo que combinaba cine de expresión personal con cine más abierto a un público masivo.

Es usted uno de los directores peruanos que más novelas ha adaptado al cine, sin embargo en “Bajo la piel” no se tiene muy en claro si la historia nace a partir de alguna obra literaria. Algunos críticos mencionan a “Crimen y castigo” como el libro que inspiró esta película, ¿es esto cierto?

“Bajo la piel” se inició como una adaptación de “El asesino dentro de mí” de Jim Thompson, pero Augusto Cabada fue incorporando elementos nuevos y se fue alejando de la idea original y eso fue formidable porque terminó siendo una historia muy contextualizada con nuestra realidad. Ese guión y el de “La boca del lobo”, ambos de Augusto, son magníficos. No encuentro guiones de ese vuelo hoy y esa probablemente es la razón por la cual he perdido continuidad.

El crítico Ricardo Bedoya dijo, refiriéndose a “Bajo la piel”, que era una metáfora de la sociedad peruana de los años noventa, donde terminamos acostumbrándonos a vivir con muertos enterrados en el jardín. ¿Cree acertada esta interpretación? ¿Hubo tal intención al contar esta historia?

No recuerdo con tanta precisión. Hablamos durante la escritura del guión de entierros y desentierros, de tumbas abiertas, de cadáveres trasladados de un lugar a otro y el final tiene relación con todo eso. La idea central era el engaño, la doble moral, el conseguir tus propósitos a cualquier precio, el individualismo desenfadado, nos parecía que eso reflejaba la moral que estaba gobernando el país. Unos años después cuando hicimos “Ojos que no ven” volvimos sobre el tema pero centrados en la corrupción. Esa película anticipa de alguna manera lo que estamos viviendo hoy.

Solemos discutir sobre esa marcada diferencia entre el cine de autor y el cine comercial. ¿Usted en qué lado se encuentra? ‘¿En el Perú es posible encontrar un punto medio?

Creo que es posible ese encuentro. Una película reciente como “Magallanes” de Salvador del Solar es un ejemplo de ello. Lo que pasa es que en buena parte de los directores jóvenes hacer un cine que intente acercarse a un público mayor es casi una mala palabra. Ser “original”, ese es el objetivo por encima de todo. Hoy interesa más ir a un festival de críticos de cine que hacer una película que intente recuperar un poco de espacio en la cartelera para ver nuestro cine y le dejamos ese espacio a un cine comercial peruano sin interés, que busca solamente hacer dinero. Pero es un fenómeno casi general, es como que hemos perdido la batalla de pelear por un cine que hable de cosas que nos interesen como sociedad. El cine nació como un espectáculo popular pero siempre con un potencial de arte, de espacio de expresión. Hoy la distancia entre ambas cosas se ha hecho cada vez más grande y parece que fueran incompatibles. Una lástima.

Usted ha dicho que, si bien ahora los cines son más modernos, el encanto de ver películas durante su niñez es ya un sentimiento lejano. ¿Cree usted que, como espectador, se ha desencantado del cine? Si es así, ¿ha influido este desencanto en sus últimos proyectos cinematográficos?

Antes iba al cine casi todos los días. Hoy veo películas en mi casa porque la cartelera comercial está plagada de superhéroes, de efectos especiales, de persecuciones. Me aburre mucho. A nuestra cartelera no llega el noventa por ciento del cine interesante que se hace en el mundo y eso nos condena a buscar dvds de ese otro cine para mantenernos al día de lo que se está filmando. Ver algunas series de televisión es otra opción para ver el buen cine que se extraña en la cartelera comercial. Sí, estoy un tanto desencantado y sí, ese es un factor de que me cueste tanto volver a rodar.

Olvidemos por un momento el cine y hablemos de temas más triviales. ¿Le gusta el ceviche?

Sí, me gusta mucho el ceviche y siempre estoy buscando lugares donde lo preparen mejor.

¿Sigue siendo dirigente deportivo?

Sí, sigo siendo. En este momento y desde hace algunos años soy el presidente de la comisión de fútbol del Sporting Cristal. El fútbol es mi otra gran pasión. Veo muchos partidos, converso mucho de fútbol, algunos de mis buenos amigos son entrenadores y me entretengo intercambiando opiniones con ellos.

¿Es un buen bailarín?

No, lamentablemente. Además en esta etapa de mi vida no me provocan mucho las fiestas y los lugares donde hay mucha gente reunida, salvo que sea un estadio.

¿Hay algo que le incomode más que las entrevistas?

Muchas cosas. El tráfico de Lima por citar un cliché. Estoy bastante decepcionado de muchas cosas. Dar entrevistas es una molestia menor, no me gusta básicamente porque me parece que no tengo demasiadas cosas interesantes que decir y además tengo pocas certezas a estas alturas como para pontificar sobre algo.

Finalmente, MOT es una revista que intenta incentivar el hábito de leer, en su caso, ¿qué cree que le ha aportado la lectura a su vida?

La lectura es no sólo mi principal herramienta de conocimiento sino uno de los placeres más entrañables de mi vida. Leo todos los días, principalmente novelas. En la ficción están contenidas todas las variables de la conducta humana y esa es una fuente de aprendizaje que no se acaba nunca.

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