El juicio de Samsa

Ilustración: Andrea Ordoñez

Por: Ítalo Morales / Cuento

“Ningún hombre es tan miserable
como para mentirle a su espejo.”
Grafiti.

 

Jorge Salinas al despertar de un sueño brumoso se dijo: « ¡Qué extraña pesadilla! Soñé que todo lo que tocaba lo volvía mierda ». Intentó levantarse de un impulso, pero sintió un desgarro en el tórax que lo derrumbó un instante. Se presionó con las manos a la altura del pecho y pensó en un infarto. Pronto supuso que era exagerado, porque al concentrarse en una escena cualquiera, el dolor fue mitigando con rapidez. Por lo demás sentíase cansado como si durante la noche se hubiera abismado en una batalla contra alguien invisible.

La cama sobre la que permanecía sentado la sintió áspera y poblada de hilos descosidos; durante la madrugaba le había impedido un sueño mejor. Se sentó al borde y contempló su habitación. Era grande, con ventanales góticos en forma de trébol en uno de los lados. Una araña de cristal que caía del cielo raso iluminaba el cuarto de un tibio color azulado. De una de las paredes colgaba el retrato de una mujer anciana y cerca de un jarrón descansaba un portarretratos que lo contenía. Miró sus manos y las percibió sucias;dedos gruesos y con bordes callosos en las yemas, de alguna forma revelaban su pasado en las faenas duras de la ciudad. Evocó por un instante su antigua casa al borde del mar, cerca de las antiguas fábricas conserveras y no pudo evitar un golpe de nostalgia. Recordó a su padre con la cara morena y el pecho desnudo, batallando contras las olas y las redes. Oyó a través de la memoria el grito de su madre desde la puerta: “A comer, Coqui, a comer”. Cerró los ojos y volvió a abrirlos. Las imágenes se disolvieron cuando golpearon la puerta.

―A desayunar, papá.

Jorge Salinas trató de levantarse, pero las piernas las sentía ligeramente entumecidas. Sólo atinó a lanzar a una respuesta vaga.

―Ya voy, hija, ya voy.

Por un momento pensó en llamar al municipio y justificarse de alguna forma, pero luego recordó que eso sería imposible. Ese día no debía faltar bajo ninguna circunstancia, aunque esta vez supo que ni una llamada podría detener lo inminente. « Cualquier otro día, menos hoy». pensó mientras se deslizaba hasta el ropero. Jamás sospechó que un sueño pudiera indisponerlo de una forma tan grotesca y a la vez infantil. Pero era real. Ahí estaban ese dolor en el pecho y esa sensación de tristeza en el alma que lo amenazaba. Por la fuerza de la costumbre se vistió torpemente con una camisa a cuadros, una corbata roja y unos pantalones grises y salió a la sala. En la mesa estaban sentadas su hija y su esposa, conversando sobre algún tema de la farándula, porque el televisor estaba encendido y el presentador, un hombre travestido, anunciaba el último beso público de una actriz.

―¿Te sientes mal?―le preguntó la mujer.

Él la miró con bochorno, como si algo en su rostro se hubiera revelado.

―No es nada―se sentó con cautela―.Hoy amanecí un poco indispuesto.

La empleada le sirvió los huevos fritos y el pan francés, vació el café colado y vaporoso  sobre la taza y luego se retiró.

Pensó en abordar a su mujer y relatarle el sueño, pero dedujo que sería imprudente, sobre todo a esa hora. Por lo demás él no había heredado de su madre la  capacidad perversa de desnudar los objetos y sus detalles; atrás habían quedado aquellos años cuando ella le decía: « Nunca calles una pesadilla, hijo, es malo». Siempre había sido un problema para él decirlo todo. Ya desde pequeño su madre se había acostumbrado a sus medias verdades, y a su silencio calculado a la hora de la reprimenda. Ni su padre pudo una vez obligarlo a confesar quién había roto el radio a transistores que había comprado de un marinero chino. « Dime, ¿quién fue? », le suplicó su madre, pero él solo atinó a sonreír y mirar hacia el mar embravecido. Nunca delató a su hermano menor a pesar de que recibiera cinco correazos de su padre en la espalda. Ahora su padre estaba muerto y su madre, padecía de demencia senil.

―Ya me voy a la uni, papi―irrumpió su hija levantándose de la mesa y enviando un beso volado.

―Hasta más tarde, cariño.

Su esposa leía el diario sumergida en alguna nota importante. Su ceño arrugado le llamó la atención.

―¿Qué ocurre?

―Estos pasquines ―exclamó arrojando el diario al centro de la mesa―.Otra vez te acusan de lo mismo.

―¿Lo mismo?

―Sí. En otras palabras dicen que eres lo peor de la ciudad.

Jorge Salinas cogió el diario y lo abrió en sus páginas centrales. No pudo concentrarse del todo porque esta vez la imagen del sueño volvió a distraerlo. Sintió que el bochorno le volvía a la cara y que el entumecimiento se le cargaba en las manos. Dejó el diario sobre la mesa y miró a su mujer, quien masticaba el pan, entretenida ahora en un comercial sobre jabones. Intentó levantarse, pero sus piernas comenzaron a temblar y la extraña sofocación le volvió a nacer en el pecho.

―¿Te sientes bien? ―chilló la mujer―¡Tienes la cara roja!

―No es nada. Es solo que…

De pronto el estómago se le revolvió y le sobrevino una ligera asfixia. Cerró los ojos y vio a su madre parada al borde de una acera y él, junto a varios niños, corrían como pardelas tras el camión de agua, junto al malecón. A su costado el mar rugía y del otro lado el viento golpeaba su cara. « No te vayas a ensuciar con la sanguaza, Coqui»”, oyó la voz de su madre desde la otra cuadra. Pero a él poco le importaba: corría a través del malecón, disfrazado de pájaro, con la cara alegre y el corazón apuntando hacia el mar. Su mujer lo sacudió del hombro y esta vez abrió los ojos; sin embargo sintió que le vencía el sueño de forma implacable. « Hacia las tuberías… », dijo y luego se desplomó.

***

Lo primero que oyó al despertar en su cama fue el rumor de la televisión encendida. A su lado su madre lo miraba con una sonrisa inverosímil mientras con su dedo índice jugaba en el aire en forma de ese.

―¿Ya estas mejor, bebé?―le preguntó.

Jorge Salinas desvió la mirada hacia el televisor y entonces pudo oír el comentario final de la voz en off: “Esta es nuestra ciudad después de cuatro de años”. Enseguida la cámara temblorosa comenzó a recorrer una larga avenida llena de agujeros como si un bombardeo se hubiera desatado en el centro; un colegio en ruinas y un largo corredor lleno de columnas oxidadas semejaban esqueletos. «Ahora nuestro hogar es inhabitable». Las imágenes habían descendido hacia los bordes del mar, cerca de las rocas que amurallaban la bahía y por donde inmensas tuberías vomitaban los residuos de la ciudad, por  un estrecho acantilado. Jorge Salinas apenas podía oír lo que decían porque su madre había empezado a entonar una canción extraña, que semejaba una ronda. Quiso preguntarle si recordaba ese lugar donde hace décadas ella pisara con frecuencia; pero pronto intuyó que le respondería con la misma verdad de siempre. No quiso seguir oyendo, presionó Mute y volvió a concentrase en las formas y en los colores: el mar gris, la orilla espumosa y verde. Casi nada había cambiado en años. Ahora corría hacia las tuberías, en cuyas márgenes la arena tibia, llena de alacranes muertos y cascarones de cangrejos, servía de trinchera para la batalla. Caminó dudoso entre la arena húmeda; por sus pies  fluía el agua turbia y fría que descendía de una de las bocatomas. « No te vayas a meter en esa agua», recordó una lejana advertencia. Poco le importó a esa hora el consejo y sacándose la camisa y  los pantalones se sumergió sin temor; paladeó el agua salada, mientras braceaba en diagonal hasta incorporarse poderoso. Alrededor de su boca se había impregnado una estela de espuma y sobre su cabellera pendía un hueso de pescado. Miró a su alrededor y otros como él lidiaban ahora contra las olas y los esqueletos raídos de los pelícanos que flotaban alrededor.

―Estas sucio, hijito, te voy a cambiar el pañal―la voz de su madre era suplicante y chillona.

―¿Otra vez, mamá?―Jorge Salinas trataba de zafarse del brazo que buscaba cogerlo por la espalda―¡Teodocia!, ¡Teodocia!

Mientras esperaba a la empleada mordió un insulto y una queja. « ¿Dónde estarán todos?», se preguntó. Al momento ingresó la empleada con una botella de agua en la mano; vio a la madre de Jorge Salinas y con una sonrisa implacable la sedujo que la acompañara al jardín.

―¿Allá estarán mis amigas?―preguntó.

―Sí, señora. No se preocupe.

Enseguida salieron y dejaron tras de sí un aroma de  flores y agua de azahar. Ahora, con el alivio que brindaba el saberse solo, Salinas desactivo el Mute y volvió a oír la vocecita nasal del reportero: « Aquí se iba a construir el teatro y ahora sólo hay un fumadero donde las ratas han hecho su república». Salinas sonrió; le pareció que el periodista era sincero y hasta percibió en la agudeza de su voz una emoción contenida. Dio un profundo suspiro y cambió de canal, donde un hombre sentado detrás de una mesa circular blandía unos papeles en el aire. « La injusticia que están cometiendo contra él es intolerable: yo sí pondría las manos al fuego por su inocencia». Jorge Salinas sintió un ligero alivio en las piernas y en el pecho; tosió con cierta frescura en las fosas nasales.La defensa del periodista era furibunda: su verbo filudo iba hiriendo con el transcurrir de los minutos a todos los acusadores, a quienes les azotaba con adjetivos infames. Salinas se quitó la frazada del cuerpo y vio que alguien lo había vestido con una trusa amarilla. Volvió a cambiar al canal anterior, donde el reportero ahora estaba trepado en una montaña de basura, rodeado de  moscas que, desde el punto de vista del espectador parecían efectos especiales. «En este lugar vive una familia; en este lugar no existe Dios». De pronto Salinas escuchó a la distancia el timbre de la calle. « ¿Quién podrá ser? », se  preguntó. Los pasos de la empleada resonaron en la sala.Un rumor agitado llegó hasta él, quien trató de levantarse, pero el pecho le seguía punzando; su respiración era intermitente. La puerta cedió y apareció la empleada mostrando su perfil aindiado.

―Es el doctor Samaniego, don Jorge.

Al momento en el umbral apareció la figura robusta de un hombre encanecido, quien portaba un maletín. Se saludaron con inusitada cortesía y luego de intercambiar palabras caseras y sonrisas quedaron en silencio. El doctor sacó un estetoscopio y se lo llevó a las orejas; revisó el pecho del paciente, quien tumbado sobre dos almohadas, inhalaba con brusquedad.

―Es sólo una crisis de ansiedad ―rugió el doctor―.Los últimos eventos lo han estresado mucho, sin duda.

―No es para menos, doctor.

―Tomará estos ansiolíticos por una semana―el doctor extrajo de su maletín una caja azulada que decía Oxazepan.

Salinas recibió la caja y se lo acercó exageradamente a los ojos; luego cambió de humor y señaló el televisor.

―¿Ha visto las últimas noticias?―preguntó carraspeando saliva y arrojándolo sobre una escupidera.

―Sí, la cosa está muy complicada. Sobre todo con este jodido periodista.

Ahora el reportero había llevado sus cámaras hacia los arenas en el sur de la ciudad y se había instalado en el centro de plazuela, donde se erigía la estatua de una mujer, que por el perfil tenía un nombre propio. «Un monumento a la estupidez y al narcisismo», sentenció una voz en off.

―¡Hasta de ella se burlan!―rugió Salinas y apagó el televisor.

El doctor asintió con la cabeza, sin dejar  de sonreír con nerviosismo. Se dio cuenta que sobre la mesa de noche había un florero que cobijaba un geranio marchitado. Quiso preguntar algo sobre esa flor, pero dedujo que sería intrascendente y se levantó con pesadez.

― Tengo otras urgencias, Jorge. Me escapé de la clínica.

Salinas vio que el doctor le estiraba la mano y que en el entrecejo le surgía una arruga en forma de ola. «La cara del hombre es como el mar», pensó. La orilla. Ahora salía del agua en calzoncillos y con el cuerpo chispeándole en espejuelos sobre las escamas que se habían impregnado en su rostro. El sol era inclemente. A su costado la playa hervía de niños desparramados sobre las arenas; otros construían castillos en las zonas húmedas o donde las olas morían intermitentes. Corrió hasta uno de las rocas que servían de atalaya y desde allí divisó su casa, al borde del malecón, donde su madre a esa hora seguramente combatía con la leña. No quería volver porque sabía que había  hecho un acto repudiable y que su madre lo esperaría con el látigo en forma de espada tras la puerta. Sonrió porque ahora sus manos parecían limpias y eso a veces servía para justificarlo.

―¡Jorge! ¿Me oyes?―–arremetió el doctor―Te dije que debo irme.

―Está bien, amigo―Salinas se estiró para darle la mano, cuando de pronto la duda le mordió la garganta―.Antes quiero hacerte una pregunta final.

―¡Cómo no!

El doctor volvió a coger una silla y la arrinconó al borde de la cama, sin embargo permaneció de pie.

―¿Alguna vez has soñado con excrementos?―preguntó a boca de jarro.

Había pronunciado cada sílaba con cautela, tratando de revelar algo en los ojos del doctor, quien por lo demás permaneció inalterable.

―La verdad no lo recuerdo. ¿Por qué, Jorge?

―Por nada, amigo―susurró Salinas visiblemente decepcionado―.Por nada.

El doctor cogió su maletín y caminó hasta la puerta; desde allí giró el cuerpo.

―Uno de estos días volveré, Jorge.

Salinas  sólo atinó a levantar la mano como en los viejos tiempos, aquellos años frescos en la ciudad, cuando ambos eran niños y juntos corrían en la calle. Vio a su madre surgir desde la casa y correr hacia él mientras empuñaba la escoba y la batía en el aire. Supo entonces que había que volverse de nuevo un pájaro y volar hacia las aguas sucias, donde jamás su madre lograría pisar. Allí el reino era suyo y de otros como él, quienes huían de sus casas y volvían a ella resignados en las tardes, antes de la caída del sol: sucios y encogidos, como si la vida fiera un instante en la frente húmeda. Esa vez volvería a ser lo mismo porque su madre se cansaría y de tanta  rabia sería vencida. « ¡Báñate, por lo menos! », sería la frase anticipada después de la batalla. El perdón. Entonces sabía que su madre era frágil y que sólo su padre podría encaminarlo.

Por la ventana se dio cuenta que las luces de las calles  se  habían encendido y que el día había rodado veloz sobre la ciudad. « ¿A dónde se habrán ido todos?», se repitió. Cogió el celular que estaba junto a la almohada, pero luego concluyó que no debía hacerlo. Volvió entonces a encender el televisor. El reportero ahora se había internado en las barriadas, justo en la puerta  de una clínica que funcionaba alquilando un hotel de mala muerte. «Aquí está el hospital que nunca construyeron», ironizó. A su costado una madre vencida por alguna enfermedad se había desparramado sobre una piedra, mientras su bebé dormía en sus brazos. Salinas cambió el canal hacia los dibujos animados, en el preciso instante que el coyote colocaba una bomba sobre unos rieles. Espero agazapado tras una roca. El correcaminos cruzó velozmente, y desapareció dejando tras de sí una estela de humo. El coyote se acercó, husmeó el lugar y cogió la bomba mientras se rascaba la cabeza; luego todo se repitió: el estallido arrancó el polvo de la tierra. « ¿Estará muerto?», se preguntó Salinas como antes, frente al televisor en blanco y negro. Enseguida comprobó que el coyote era inmortal y que jamás atraparía a ese pajarraco endemoniado. No morir; nunca ser atrapado. ¿Quién era el mejor? El coyote, sin duda, lo creyó Salinas.No obstante sintió algo de rabia y de pena. « ¿Y si probara con excrementos? », pensó sin dejar que la desazón lo contamine. Debía alejar fuera de su círculo todo lo que le hiciera daño: el reportero, la televisión, el diario y pensar en algo distinto. De pronto tuvo miedo y volvió al coyote, a pensar en sus planes y en sus sueños.

―Si tuviera  una lata marca Acme.

Al poco tiempo el cansancio lo fue venciendo. Parpadeó: tenía miedo de quedarse dormido y se levantó. Arrastrándose con cautela llegó hasta la ventana; puso sus manos sobre el alféizar y pegó la cara en los vidrios que en inmediato se empañaron. Las luces de la cuadra eran amarillas y se alargaban hacia un ovalo. Frente a un auto, que estaba estacionado junto a su cochera divisó a un policía, quien estaba de perfil. A Salinas le pareció que tiritaba y que murmuraba mientras se llevaba las manos a la boca y la soplaba. « Cara de coyote», murmuró Salinas y corrió las persianas.

Regresó a su cama y se sentó con súbito cansancio. Se estiró hasta el Oxazepan y extrajo una pastilla y se lo tragó con su saliva. Dio un profundo suspiro hacia la noche y se recostó en posición fetal. Tan pronto cerró los ojos se quedó dormido.

El televisor aún seguía encendido.

 

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