Siths y jedis

Ilustración: John OH!

Por Antonio Moretti / Artículo

«Tú eras el elegido. Debías destruir a los Sith, no unirte a su fuerza. Ibas a darle equilibrio a la Fuerza, no ha dejarla en la oscuridad». Le dice Obi Wan a su discípulo, en la parte final de una de las sagas más exitosas de todos los tiempos: Star Wars. La escena es dramática. El fuego trata de llevarse el cuerpo mutilado del joven y ensoberbecido Anakin Skywalker. El dolor es abrumador en el maestro Jedi. La respuesta del futuro Darth Vader es un «¡Te odio!», impactante, como si fuera el golpe más efectivo que podía dar desde su posición de derrotado. Obi Wan le responde con un vallejiano: «Eres mi hermano, Anakin, yo te quería». Es una escena conmovedora en la que dos hermanos, unidos por ideales y por la sangre, se separan. Y nos sensibiliza, no por la parafernalia de los efectos visuales, sino porque, en el fondo, es una historia humana que vemos reiterarse una y otra vez. La tentación de obtener más y de creer que uno es la solución en sí misma puede enceguecer. Lo vemos todos los días en nuestro país. Algunos creen que es la pobreza, que un juez acepta un soborno porque no gana adecuadamente, y creemos que esto es exclusivo del Estado. Sin embargo, lo visto en los últimos días demuestra que esto no es así. Personas con todos los estudios imaginables, con todo el dinero almacenado en paraísos caribeños y fiscales son seducidas por la corrupción. ¿Por qué sucede eso?

Para empezar, y también para finalizar, el dinero que se llevan unos y otros, es nuestro dinero, es tu dinero. Ese dinero serviría para mejores colegios, hospitales, calles, parques y seguridad. Es decir, una vida mejor. La corrupción nos somete a una vida sin luz, sin agua, con un mal servicio médico, llenos de inseguridad, entre tantas otras cosas. ¿Entonces, cuál es la causa? Los miembros del colectivo #conmishijosnotemetas creen que el sistema educativo es capaz de convertir a un joven en homosexual o en heterosexual y a una jovencita en promiscua o en monja de guarda. ¿Alguien realmente cree que nuestro sistema educativo es así de eficiente cuando ha sido incapaz de enseñar matemáticas o a leer a la gran juventud? No entraré en las intenciones del Estado, pues lo que quiero decir es que la formación en conducta de un joven no es del Estado, sino del hogar. Son los padres presentes y ausentes, con sus acciones y silencios los que nos forman en honestidad y corrupción. Es su ejemplo, su aprobación y rechazo. No puedo entender que un padre de familia quiera a un hijo o hija ajeno al objeto sexual cuando saliva frente a una mujer semidesnuda en la tele bailando en un programa sabatino o admira y envidia el éxito de una persona cuyo mayor logro es exhibir su cuerpo bajo pretexto de pruebas “deportivas”. El conocimiento y la crítica son tarea primordial del colegio; las conductas y moral, de la casa. La corrupción se forma cuando vemos a nuestros padres evadir impuestos, pasarse una luz roja, sobornar a un policía de tránsito  o elogiar al hijo por una conducta machista. Ya es tarde, entonces, podría pensar un adolescente que ha vivido creyendo que aprovecharse del débil es lo mejor; pero quiero pensar que no. Quiero pensar que un joven formado en un hogar que disfruta de la informalidad, de aprovecharse de las letras pequeñas del contrato, del maltrato a la mujer puede reflexionar y cuestionar si lo que hace es lo adecuado o el modo más sencillo, aprovecharse de la debilidad de otros o pensar en un puro egoísmo.

La ficción explora como un joven que es objeto de toda la fe se torna oscuro, se cree auto suficiente, piensa solo en sí mismo y cómo le es imposible aceptar su responsabilidad en cuanto perjuicio produce alrededor. Eso no está tan lejos de la realidad, ¿lo está de ti?

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