La nostalgia como traición

Ilustración: John OH!

Por José Carlos Yrigoyen / Artículo

Soy un nostálgico. No tengo problema en decirlo y muchas de las cosas que he escrito han ocurrido por una necesidad de resucitar alguna escena del pasado, un rostro, un nombre, una sensación triste o alegre que secretamente me definió. Creo que el futuro no existe, que el pasado siempre es engañoso, pero lo que vivimos, con los años, va forjando poco a poco una narrativa, una historia larga y compleja con episodios y capítulos que afloran según el curso de las cosas; y los acontecimientos, una historia que podemos organizar y obtener conclusiones de ella mucho más instructivas que la eventual planificación de lo que será.

Dicho esto, también hay que reconocer que la nostalgia, cuando se manipula convenientemente, puede ser tendenciosa, sesgada y edulcorar circunstancias que en realidad fueron bastante difíciles de superar. Esta es la impresión que me causa cierta ola de nostalgia literaria, cinematográfica y de otros canales por retratar los años ochenta y noventa como algo muy distinto a lo que fueron (y esto lo puedo decir con amplio conocimiento de causa, pues estas décadas son el preciso objeto de mi recurrente nostalgia). Los ochenta y los noventa, propugna este revisionismo, fueron años complicados, sí, había una crisis económica atroz y un terrorismo que parecía imposible de conjurar, muy pocas cosas estaban bien, de acuerdo, pero había cierto romanticismo, una juventud que a pesar de todo mantenía una esperanza en el porvenir y en los valores más nobles como la amistad, la solidaridad, el trabajo, etcétera. Es decir. hay algo que añorar en ese periodo, lo que vivimos como país no fue tan malo como lo recordamos y te lo vamos a demostrar.

Sé que me refiero a obras de ficción, y que la ficción no está obligada a contar los hechos como fueron, sus licencias son infinitas: puede cambiar la cronología, los hechos, sus consecuencias, nombres, edades y, desde luego, las relaciones humanas como se dieron alguna vez. Sin embargo, aun aceptados estos códigos, no dejo de sentir que algo no termina de convencerme, que una gran incoherencia salta a la vista: si hace treinta años éramos así, si nuestro país era un lugar de relaciones sociales más o menos armónicas, ¿cuándo nos convertimos en el horrible país que somos, donde el racismo, la homofobia, la violencia sexual y tantas otras taras nos infestan?

Si algo definió esas épocas, de manera menos veladas y eufemísticas que la actual, fue la profunda intolerancia que nos impedía reconocernos como una sociedad, ya no digo de iguales, sino de gente que podía mantener una mínima vida civilizada en común. El racismo de hoy es sin duda vergonzoso, pero el de los ochenta tenía menos filtros sociales de los que hemos puesto: el choleo, exclamado, vociferado, escupido en la cara de la víctima, era impune en todos los espacios de la vida diaria. No digo que hoy no exista intensamente, pero en ese entonces la sanción social era inexistente. Lo mismo con el odio al homosexual, quien era un auténtico paria. Cuando era escolar había licencia para golpearlo y humillarlo hasta extremos indecibles, y cuando adulto era visto en el mejor de los casos como un divertimento, que debía ocultar su vida sin posibilidad de redención. En ese aspecto algo, muy poco, hemos progresado.

Me hubiera encantado que el Perú donde viví hubiera sido como en esas obras a las que me refiero. Un país quizá jodido en muchos aspectos, pero donde había un consenso sobre ciertas cuestiones básicas que nos otorgaran un rumbo preciso y general. No fue así, no es así todavía, y cualquiera lo puede ver. Por eso no puedo dejar de sentir la incongruencia entre esas ficciones y mi experiencia personal. Quizá necesitamos más que trabajos que nos doren la píldora de nuestras deudas, alguno que nos refleje tal como fuimos con toda la crudeza necesaria para despertarnos. Porque de eso carecemos, y mucho.


José Carlos Yrigoyen nació en Miraflores en 1976. Ha escrito libros de poesía, narrativa y crónica. Escribe también comentarios de libros en Perú21 y conduce el programa Entrelibros en TVPerú. Tiene una hija y un gato.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.