Nueva vida de pareja

Ilustración: Jenifer Jeri

Por: Stuart Flores / Cuento

Para ser escritor a tiempo completo tuve que intercambiar roles con mi nueva mujer. A ella la conocí en las fiestas que daba un amigo en común, el cual tenía muy buena reputación de unir a solteros. Nada más tuve que asistir a una de ellas para comprobarlo y conocer a Fedra.

En esa primera noche, mientras bebía de un inagotable vaso de bourbon, le conté que estaba separado de mi mujer hacía un año y que ocupaba mis días trabajando en el hospital por las mañanas y dando clases de Odontología en la universidad por las noches.

Sobre ella adivinaba que también transitaba por las cenizas de un matrimonio hace mucho tiempo consumado. A diferencia de mí, que fui abandonado por mi cónyuge, ella abandonó al suyo por ludópata y alcohólico. Me contó que se encontraba en tratamiento y que, por esa misma razón, le había resultado fácil ganar la custodia de su único hijo.

¡Ay, los hijos! Le conté que yo nunca los tuve, jamás los planeamos y mucho menos los quisimos. Era un proyecto que jamás nos llegó a interesar y, en lo particular, me era irrelevante. Lo que más me interesaba en esta vida —y fue allí cuando saqué el tema— eran mis aspiraciones literarias.

A Fedra le conté —no esa misma noche, sino una posterior, cuando ya nos habíamos dado el beso— que estaba escribiendo mis historias tristes, todo lo vivido se me había estancado muy en el fondo y no dejaba que las emociones nuevas transitaran en paz.

A ella le pareció estupenda la idea de que yo fuese escritor así que, luego de mudarme a su departamento, acordamos intercambiar roles.

Por las mañanas ella salía al trabajo, se despedía de Hipólito, su hijo, y me dejaba encargado que lo cuidara mucho, como si fuese mío. Después de llevar al niño a la escuela, tenía toda la mañana y tarde para escribir, descontando el tiempo que me tomaba cocinar. Debo precisar que ambas cosas las tuve que aprender a punta de esfuerzo y práctica diaria, hasta que por fin tenía un plato delicioso o un párrafo respetable.

A los pocos meses, Fedra comenzó a demorarse en llegar del trabajo, y cuando le pedía explicaciones era cortante y fruncía el ceño. Cada vez se hacía menos cargo de su hijo, a quien yo le había tomado un profundo cariño, y ya ni me dejaba dinero suficiente para las compras de la semana.

Las cosas llegaron a ser peores cuando, de un momento a otro, comenzó a beber. Como tu ex marido, le espeté. Y ella me golpeaba hasta verme sangrar. En muchas ocasiones, luego de estos altercados, se acercaba sigilosamente a la cama y me susurraba al oído que la perdonara, que estaba teniendo muchos problemas en el trabajo, y me empezaba a tocar casi sin invitarme a hacer el amor, sino hurtándolo. Yo simplemente accedía a sus peticiones y me dejaba hacer.

Ya llevo cuatro años viviendo con ella. Hipólito va a entrar en la secundaria y aún no logro concluir ningún proyecto literario. Los problemas continúan pero, sin explicación alguna, me he acostumbrado a ellos. A veces, en lugar de escribir, lloro desconsoladamente. Comprendo que todo esto que hago es un sacrificio por la literatura y tengo la secreta fe de que, algún día, esta situación cambiará.

Cierta vez fuimos a cenar con los amigos del trabajo de Fedra, quienes me querían conocer. Cuando nos arreglábamos para salir, fue extraño verla en el espejo con unas pinzas diminutas, sacándose de raíz un irremediable bozo que le había empezado a crecer —desde no sabía cuándo— allí donde los hombres tenemos el bigote.


Stuart Flores (Huancayo, 1986). Es licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en la especialidad de Periodismo. Ha publicado cuentos, crónicas, poemas y traducciones en revistas como Lucerna, Correo Semanal, Tinta Expresa, El jinete de la Tortuga y Caretas, entre otras. Es autor del libro de cuentos La muerte es una sombra (Matalamanga, 2013).

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