Otra vida juntos

Ilustración: Andrea Ordoñez

Por: Rosmery Cueva / Relato

Tu imagen la llevo impresa en cada retina pero igual me hace falta verte. Dime, ¿nos volveremos a encontrar? Ha pasado más de un año desde que partiste y aún me duele, aún me oprime el pecho cada vez que te pienso, aún me lamento por no haberte declarado mi amor absoluto cuando todavía estabas despierto.

¿Recuerdas nuestra despedida? Fue un jueves, en agosto, pasadas las seis de la tarde. Yo caminaba de la mano con tu hija por el largo pasillo que nos llevaba a tu cama, cuando un enfermero le dijo “su papá se está yendo”. Me tembló cada célula del cuerpo y sentí la piel tan fría como un témpano. Había llegado el momento. Tus signos vitales descendían cada vez más rápido anunciando tu inminente muerte, esa que imaginé por varias semanas y que pedí seis días antes entre lágrimas. Tomé con fuerza tu mano aún tibia y me abalancé sobre ti, rodeando con mis brazos tu enorme torso, el que te caracterizó siempre y me hizo creer que eras el hombre más fuerte de la tierra. Diste tu último suspiro y te lloré solo como una nieta sabe llorar a su abuelo.

“Señora, su papá tiene tres tipos de cáncer: a la piel, la sangre y los ganglios linfáticos; los más destructivos de todos los que existen”, fue la sentencia que el médico le dio a tu hija en febrero. Desde entonces todo dio un giro fulminante. Sentí la necesidad de hacerte feliz, de permanecer a tu lado el mayor tiempo posible antes de perderte. Los viernes eran nuestros, ¿cierto? Esos días iba a tu casa para desvelarme a los pies de tu cama y asegurarme de que nada te hiciera falta. Tú decías que era quien mejor te cuidaba y yo atesoraba con amor tus palabras.

Cada semana, antes de que la enfermedad te carcomiera los tejidos y te impidiera caminar, mirábamos la televisión juntos y me compartías en la sala de tu casa las mismas historias de siempre, entre risas y expresiones de asombro. Nunca te lo dije, pero la más fascinante era la de tu viaje espiritual: Mientras pasaste unos días en coma, producto de un infarto cerebral, llegaste a un campo verde, llano y rodeado de montañas, donde las personas caminaban en aparente busca de algo perdido. Tú empezaste a caminar junto a ellas, intrigado. A lo lejos viste un cuerpo grande y poderoso. Te acercaste a él y distinguiste una especie de bestia roja, con dos cuernos enormes, que te miraba de manera desafiante. No tuviste miedo y le gritaste: “¡Qué me miras. No me asustas!”. Ante su silencio, continuaste con la marcha desconocida y lo dejaste atrás. Cada vez te veías más próximo a las montañas, donde se alzaban pequeñas casas rústicas. Estabas dispuesto a llegar ahí hasta que alguien te llamó por tu nombre: “¿Adrián?”. Te costó reconocerlo porque hacía varios años que no lo veías. Era un primo lejano, que había muerto tiempo atrás. Lo saludaste con confusión y te preguntó “¿qué haces aquí?, este aún no es tu lugar”. Tú respondiste: “Sí, tienes razón, no es mi lugar”. Él te tendió la mano y tú la tocaste. Después todo fue repentinamente oscuro, no pudiste ser consciente de cuánto tiempo pasó hasta que despertaste en el cuarto de cuidados intensivos.

Sabes, pienso mucho en esa historia y siento nostalgia, me acuerdo de tus ojos claros, la energía que transmitías con cada abrazo, las flores que me diste en cada cumpleaños y los huaynos que tocabas con tu guitarra cuando creías que nadie te veía. Quisiera que alguien te toque la mano dentro de ese cajón frío donde descansa tu cuerpo y regreses para tener otra vida juntos. Así viajaríamos a tu casa en las alturas de la sierra, caminaríamos por la plaza del pueblo donde naciste y todos dirían: “Ahí va Adrián con su nieta”.

Semanas antes de tu muerte me dijiste que siempre sería tu corazón. Ahora yo, con la resiliencia que adopté tras tu partida, te confieso que siempre serás mi más bonito recuerdo, abuelito mío.

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