Síndrome de Habana

Ilustración: Lucía Quispe

Por: Sally Jabiel / Relato

Hay lugares donde el tiempo es una anciana fumando entre sábanas rosa, las mismas que tiende luego en el balcón como bandera. Hay tiempos, también, derruidos en medio siglo que ya es nada, en la ansiedad de no esperar que se repita, en mi necesidad de Habana. Porque todo lo que está por desaparecer me da nostalgia. Tanta soledad, tanto odio y tantas cosas. Como si nunca hubiera dejado la isla, como si supiera que volvería pronto, pero sabiendo que no regresaría, al menos no a la misma que parece bombardeada por los años, la miseria que solo existe para quienes la sobreviven.

“¿De dónde vienen?”, grita una mujer desde un sofá en la calle. “Espera, dame algo”, la escuchamos procurando que su voz se seque, pero es contundente. Un repertorio que ya reconocemos bien, muy amargo, muy difícil.

Y hay dolores que trascienden, como si caminar por esta nación cansada nos hiciera sentir más vivos. La Habana es eso, un dolor para quienes la quieren, un instante que fascina y, a la vez, desilusiona porque aquello que está afuera es el final.

“Me llevarás en esta postal”, sugiere él con una fotografía de un auto rojo que podría pertenecer a cualquier lugar, a cualquier año. “Me llevarás como un secreto, mon amour impossible“, dice con atrevida inocencia y no sabe, o tal vez sí, que acaba de crear mi anclaje a esta ciudad.

Hay amores. Sí, hay amores en La Habana que conservan su tristeza, como si resolver esta distancia fuera intranscendente. Amores que esconden sus certezas para soportar otra Navidad en esta revolución ya rota, en estas tiendas de juguetes sin juguetes, en estos restaurantes sin langostas, ni leche, ni café. Qué espera más inmóvil, más intacta; decadente.

A menos de una hora para medianoche, la lejanía de todo aquello que llamamos cotidianeidad nos suscita melancolía. “¿Un mojito más?”, pregunta él y me envuelvo en su manera de mirarme. Esperamos pero la navidad nos encuentra primero, gracias a un teléfono cubano que no queremos devolver. Incluso a kilómetros de casa, mamá me aturde hasta que mi minuto se termina. La suya se sorprende por la hora. Permanezco cerca de él, intentando descifrar las frases que intercambian, pero es un francés muy quieto. Su dolor se vuelve mi idioma, se traduce en mi abuelo enfermo, en la sala en caos, en ese pasillo de hospital donde la lógica no tiene orden. Qué vulnerabilidad.

Sí, hay Navidad en La Habana, nada más distante, más nuestra, más incierta. Días de esperar y esperar, sus pies mojados y mis desvelos por revelarlo en mi memoria. Eso que ya padecí, sin saber que era él. Siempre ha sido él y yo, mi reivindicación.

Solo el amor engendra la maravilla, dispara una voz como despedida en la radio. Él pregunta qué significa engendra y yo no sé bien qué decir. Ay, Habana. Lo cierto no se borra, no imagina otra forma, otra piel, otro olor. Porque al llegar a esa ciudad, supe que jamás la olvidaría. No podría. La falsa utopía. De eso se trata el amor, de esa mujer en el sofá, de mi postal, tu abuelo enfermo, las luchas que no resistiremos, La Habana y su espera.

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