Vida y dignidad

Fotografía: Juan Osorio Ruiz

Por: Juan Osorio / Entrevista a Ángela Villón

Yo nací en el Hospital del Empleado y siempre he vivido en San Juan de Lurigancho. Mi niñez no fue muy agradable, mi familia era muy conservadora, mi padre muy machista y controlador. De niña era infeliz en comparación con otras niñas que yo veía en el colegio que, por ejemplo, cuando las iban a recoger se alegraban y decían ¡Papá! ¡Mamá! A mí nunca me fueron a recoger al colegio, tampoco tenía ese cariño, porque lo que yo sentía por mi padre era miedo, era muy temerosa y muy insegura.

(Se acomoda la falda, adopta un gesto serio, casi solemne).

Nunca fui pobre, conocí la pobreza ya grande, fuera de la cuna de mis padres. Mi papá se dedicaba a los seguros y en esa época era un gran negocio, entonces había dinero, había cierta bonanza en mi casa, hasta que llegó la época de Velasco que nacionalizó las empresas y mi papá, que cobraba en dólares, tuvo que cambiarse a Entel Perú y empezó a ganar mucho menos. Fue un cambio radical que afectó nuestra casa, había mucho estrés, gritos y peleas por la falta de dinero.
Mi mamá era una persona que miraba a través de los ojos de mi papá, yo siempre la recuerdo muy enamorada pero también muy reprimida, mi papá tenía ese ejercicio de poder sobre nosotros, mi mamá no tenía un criterio propio, eso tampoco ayudó a que yo tuviera una imagen o un ejemplo de independencia.

En mi adolescencia mis papás ya no me dejaban tener amigos, mi mamá se volvió ludópata, se la pasaba en el bingo y nosotros estábamos solos en casa, pero con llave, y yo empecé a escaparme por la ventana. Y como la única sensación de libertad la tenía cuando salía de casa para ir a estudiar, empecé a utilizar la excusa del colegio para hacer lo que en ese tiempo llamábamos “tirarse la pera”. Ya para entonces había conocido a un señor treinta años mayor que yo con quien salía a escondidas. Recuerdo que una de las cosas que mis padres me habían metido en la cabeza era que si yo me entregaba a un hombre era para pertenecerle completamente, entonces pensé que ese señor mayor me iba a salvar, pero no fue así y un día cualquiera, sin más, desapareció, justo cuando me di cuenta que estaba gestando. En ese momento decidí escaparme de mi casa para evitar la golpiza. Tenía dieciséis años, estaba embarazada, completamente en abandono y las cosas se pondrían peor.

A los dos meses de dar a luz mi hijo se enferma. Era la época del Fenómeno de El Niño, hacía mucho calor y mi bebito empezó a tener fiebre y fiebre así que lo llevé al hospital y el médico me dio una receta que no tenía cómo comprar. Yo vivía con una amiga, ella era prostituta pero yo no lo sabía, a mí me decía que era bailarina y yo siempre la veía con bastante dinero. Le tuve que contar que mi hijo estaba enfermo y ella me dio cincuenta soles. Yo contenta fui al hospital y el doctor me dio otra receta, y en esa época yo no tenía seguro, no existía el SIS, ni siquiera había la cantidad de farmacias que hay ahora, la única donde podía encontrar los remedios era en la farmacia Universal, entonces nuevamente fui donde mi amiga y nuevamente me dio cincuenta soles, vuelvo al hospital y el doctor me da una tercera receta y entonces le digo, doctor, ya no tengo dinero. Bueno, me dijo, entonces lleva a tu hijo a tu casa, porque el lugar que está ocupando tu niño lo puede ocupar otro que sí se puede salvar. Escuchar eso me dejó en shock, me fui donde mi amiga y ella me dijo, Ángela, yo ya no te puedo estar dando dinero, lo que puedo hacer por ti es llevarte a un lugar donde tú misma podrás conseguirlo. Y me llevó por primera vez al Cinco y Medio.

Era el lugar más famoso de la época, estaba en medio de la Carretera Central. Había un umbral con una luz roja y más al fondo todo estaba medio oscuro. Cuando afiné bien la vista vi que estaba lleno de mujeres semidesnudas; nunca había visto algo semejante. No, no voy a entrar acá, pensé, aun cuando mi amiga ya me había explicado y yo ya me había hecho una idea, pero ver a esas mujeres fue chocante, así que regresé al hospital y el doctor me dijo ¿ya tienes el dinero?, sino llévate a tu hijo de una vez. Yo no quería llevármelo, yo quería que lo curen, así que regresé al burdel y ese día, al cruzar ese umbral, mi vida cambió para siempre.
(Toma aire, suspira).

Pensé, dios no me va a perdonar por hacer esto, entonces voy a dejar de creer en él. Además, una de las cosas que me consolaban era pensar que si yo iba a ser pecadora, aquel que iba a tomar mis servicios iba a ser doblemente pecador, porque no sólo se acostaría conmigo sino que iba a pagar por hacerlo. Y así empecé a trabajar. Y así salvé a mi hijo, porque a los pocos días lo saqué del hospital y lo llevé a una clínica, no ves que yo era la más jovencita, todas las prostitutas en ese lugar tenían alrededor de treinta años, yo me convertí en la más requerida.

Pasaron los años, y en el local donde trabajábamos empezaron los problemas, el dueño decía que el negocio andaba mal y que nosotras teníamos que aportar para mantenerlo en pie. Yo por supuesto, no estaba de acuerdo, así que varias chicas nos salimos a trabajar a la calle, pero siempre alrededor del Cinco y Medio. Entonces venía la policía a cobrarnos el cupo y yo no quería pagar y no pagaba y no pagaba, y así pasó mucho tiempo, hasta que entró un alférez nuevo y se enteró de mi rebeldía y un día vino y me agarró de los pelos y me golpeó, pero me golpeó tanto…

(Hace una pausa, recobra la compostura).

Me tumbó al suelo y me arrastró por la carretera mientras me daba patadas, fue atroz. Me acuerdo que pasaban carros y la gente veía como el alférez me golpeaba y uno que otro decía, ¡oye, qué haces! Y el alférez respondía, es puta, ella es puta, ah ya, decían y seguían su camino. Nadie me defendió, nadie, entonces yo me sentí muy pequeña, como un insecto, sentí que yo no merecía eso porque yo tenía razón en no querer pagar cupos, eso era ilegal. Y de tanto golpe y de tanto llanto mis ojos se hincharon y ya no podía ver bien y en mi desesperación tomé un taxi y le dije por favor, lléveme a la comisaría pero no tengo dinero, y el taxista al verme me dijo sube, sube, y me llevó gratis, asustado. Cuando llegué los policías sabían lo que había pasado y se empezaron a reír, lárgate, me decían, ¿qué crees, que una prostituta va a denunciar a un alférez?, fuera, fuera. De la impotencia empecé a llorar y a caminar, entonces sentí que alguien tomó mi mano y me dio un papel diciéndome, yo no estoy de acuerdo con lo que te han hecho, toma, nunca digas quién te dio esto,; y nunca lo voy a decir pues la verdad nunca supe quién fue, porque mis ojos estaban nublados por los golpes y el llanto, sólo veía sombras. Cuando logré afinar mi vista vi que en el papel que me habían dado decía “Inspectoría de la Policía Nacional, avenida Aramburú…”, y para allá me fui. Cuando aparecí en la puerta de la Inspectoría, así ensangrentada, los policías no atinaron a nada, lo único que hicieron fue decirme, segundo piso señorita, vaya por las escaleras, aquí es señorita, en la oficina tal. Entré y una mujer me dijo hijita, ¡qué te han hecho! Y me hizo pasar por el médico legista y gracias a ella pude sentar una denuncia y por fin pude decir que era prostituta y que un policía me había golpeado por no pagar el cupo.

No sé cuánto tiempo estuve en cama, no podía flexionar las rodillas porque las costras se abrían y empezaba a sangrar, la pasé muy mal. Cuando por fin regresé al trabajo todas las chicas estaban asustadas, me contaron que la policía me buscaba y yo pensé que querían matarme. Hasta que volvieron a aparecer, o sea, la batida, y se llevaron a las chicas y a mí no me llevaron, ni me miraron, era como si yo no existiera, que raro, pensé yo, y seguí trabajando, tranquila.

A raíz de mi denuncia, destituyeron al alférez, bueno, no lo destituyeron, lo cambiaron a Puno, pero para mí fue un triunfo. Además me gané el cariño y el respeto de las chicas; cuando venían los policías a cobrarnos sólo pagaban las que querían, ya no era obligatorio. Y si veíamos venir a la batida yo era la primera en subirme al carro de la policía y al llegar a la comisaría yo asomaba a la puerta y sacaba una pierna, toda sexy, y entraba como una reina de belleza y el comisario me veía y decía, ¡que se vaya, esa mujer es muy problemática!, ¡que se vaya, que se vaya!, y yo le decía, pero comisario, somos quince detenidas y yo no puedo irme sola; ¡que se vayan! decía el comisario, todo furioso, y las chicas ¡yeee!, se alegraban y a veces hasta para el taxi de regreso nos daban.

(Sonríe).

A raíz de ese incidente yo empecé a hacer activismo, iba a diferentes lugares donde se ejercía la prostitución y hablaba con las chicas, les daba información, les contaba mi experiencia, chicas por si acaso, si cometen abusos, si las violentan, existe la Inspectoría de la Policía Nacional en la avenida Aramburú, o si necesitan ayuda este es mi número de teléfono…

Justo por esos días, en plena campaña electoral, el Alcalde de La Victoria, que postulaba a la reelección, anunció en rueda de prensa que iba a exterminar el trabajo sexual de la plaza Manco Cápac, y eso nos indignó, porque “exterminar” es una palabra muy fuerte, exterminar es matar, y se utiliza para referirse a los bichos, no a seres humanos, entonces me mandaron llamar y yo dije bueno, chicas, hay que denunciar; pero ellas no se atrevían porque no querían hacerse visibles por el tema de la discriminación, así que decidimos formar una organización que nos defendiera, y como yo ya no tenía miedo a dar la cara me eligieron como su representante, y fue la primera vez que, a nivel grupal y organizadas, pusimos una denuncia ante el Ministerio Público y la Defensoría del Pueblo, firmamos cincuenta y cinco mujeres contra los abusos que estaba cometiendo el alcalde de La Victoria. Así fue como se fundó “MIluska, vida y dignidad” un 29 de octubre de 2002 y el resto ya es otra historia.


Ángela Villón es activista por los derechos de las trabajadoras sexuales en situaciones de vulnerabilidad, ha sido Fundadora de la Organización Miluska Vida y Dignidad, delegada comunitaria en CARE Perú y Presidenta del Movimiento de Trabajadoras Sexuales del Perú.

One thought on “Vida y dignidad

  • 9 Junio, 2017 at 11:28 am
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    Un buen ejemplo de vida y dignidad de la mujer base fundamental de la sociedad por ser las personas que crían enseñan y aman a los hijos q procrean en diferentes circunstancias buenas o malas pero ellas siempre están junto a ellos.

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