El Misterioso caso del cuerpo del doctor Castillo

Ilustración: John OH!

Por: Mariano Vásquez Baldassari / Cuento

Don Guillermo Castillo Casi Viudo de Ledesma, editor general y socio fundador de la mítica revista peruana “Ilustraciones, Insurrecciones”, fue un filósofo y poeta barranquino que una húmeda tarde de invierno de 1958, a la semisanta edad de 95 años, saltó calato desde un acantilado de la ciudad de Lima, a vista y paciencia de las familias que a aquellas horas volvían de sus abluciones dominicales y cuyos miembros afirmarían, cada uno a su turno durante las investigaciones, que a todas luces lo hiciera con la intención de que el mar se lo tragase, pero que para ello le faltó un poco más de ganas o de fuerza o un tramo así de grande. Pobre viejito, y que de pura suerte o coincidencia, antes de reventar como un saco de papa seca en el fondo del abismo, fue más bien el viento el que hizo el verdadero trabajo allí, llevándose al viejo, según cuentan otros testigos, tierra adentro; hasta la puerta del antiguo hogar materno, en su natal y telúrica Arequipa, donde el polvo en el que se convirtió o al que volvió, según se quiera ver, fue depositado con vehemencia pero sin sacrilegio.

De cómo un hombre, o lo que quedaba de uno, terminó atravesando cientos de kilómetros de valles y ríos desde el borde del mar hasta el pie de un volcán, sigue siendo aún hoy un misterio. O puede que en realidad lo haya sido solo para quienes tuvieron el atrevimiento o el suficiente tiempo libre para investigar lo acontecido aquel atardecer con el cuerpo del doctor Castillo. En todo caso, las respuestas para quienes las han buscado han resultado, evidentemente, furtivas.

Hasta esa hora el doctor había cumplido puntualmente cada etapa de la solemne rutina a la que se había consagrado desde el ocaso de su juventud: El paseo al atardecer hasta un punto determinado del malecón de Barranco, partiendo desde detrás del parque Confraternidad por la calle Las Mimosas y cogiendo siempre, más o menos, el mismo atardecer cada día a la altura de la casa Dasso. El infinito horizonte del sol ocultándose en el mar, que por demencia senil o por simple experiencia de vida –él incluso escribió un tratado nunca publicado por moverse sinuosamente entre la poesía y la ciencia, respecto a las similitudes entre ambas situaciones –, lo había convencido al cabo de cientos de estaciones de que los atardeceres sólo podían tratarse de una señal del Universo que probaba que el hombre no estaba sujeto sino a lo que ocurría, al tangible paso del tiempo, a la rotación de la tierra y ésta alrededor del sol y el sol de la galaxia… A su edad, claro está, él ya había visto todos los atardeceres posibles, pero seguía sintiendo que no había visto suficientes. Casi con la misma seguridad con la que pensaba que la difusión de todas sus conjeturas solo tendrían como resultado el ser considerado un loco, o peor aún, un poeta.

Pero sucede que el viejo nunca más regresó a casa. Nunca más a tomar el lonche mirando la pared que se descascaraba desde que Emily se fuera de su vida, nunca más sentarse a escribir a mano, puntualmente desde las 9 y 30 de la noche sobre su minúscula libretita de 15 x 5 cm. poemas de amor anárquico parecidos a los pensamientos que hubiera tenido a mediados del siglo XX alguien que hubiera nacido 200 años antes, pero igualitos a la vida del doctor.

Sus escritos solían tener como personaje principal, además del inevitable yo poético, a una misteriosa mujer estrepitosamente distinta a la suya, que era nada menos que Doña Emilia Ledesma Semsch, heredera de una rica familia de chorrillanos y junto a quien durmió feliz y extramaritalmente a partir de la una de la mañana cada noche desde que se acordaba, tras dejar dormida a su señora en el cuarto al lado derecho de su dormitorio y dirigirse acto seguido “donde Emilita”.

De Doña Carlota, esposa de Don Guillermo desde hacía 50 años y su vecina de habitación desde hacía 45, o sea desde que habían nacido sus cinco hijos y ella dio por cerrada la fábrica y se dedicó a gastarse la fortuna familiar -la de la familia de él, se entiende- en viajes a la Costa Azul con sus dos hermanos menores, nunca se encontró una sola palabra escrita que no fuera asociada a una minuciosa cuenta de cada gasto y compra hecha por ella en medio siglo de unión civil y religiosa, registro casi contable que Don Guillermo debió haber llevado todo ese tiempo en paralelo a su faceta de hombre de letras.

Un día en que el viejo y su mujer se dieron tarde el gruñido que daba por cerrada la jornada, salió apurado a la calle como siempre y se fue donde Emilita. Pero a medio camino se vio obligado a detenerse por el cansancio, le faltaba el aire, las piernas no le respondían del todo. Se sentó a fumar un cigarro en la banca de un parque pensando en la excusa que le daría a Emily hasta que se dio cuenta de su error, varios años habían pasado desde que ella estaba muerta, desde el cáncer, desde que saltara desde aquel acantilado, jurándole que se volverían a encontrar… Y cayó en la cuenta de que a él le habían pasado por encima 57 años desde el día en que ella y él se habían conocido, 57 años que le entraron en ese preciso instante al cuerpo como un viento que viene de lejos y que atraviesa calles y avenidas y el parque, la piel, que rasga los músculos, se mete entre los huesos y se aloja, por último, en la memoria.

Los sucesos que quebraron su rutina de pasar luego de la caída del sol a comprarse un pan con pollo, dos sobres de café Kirma y la latita más pequeña de leche evaporada en la panadería del cruce de Grau y Sáenz Peña, aquel de la olvidada muerte de Emily, probablemente lo convencieron finalmente de que no solo su memoria se estaba desgastando, sino también de que se estaba deshaciendo en vida. Puede que llevara meses pensándolo, pero fue durante ese paseo que alguna idea alojada en la cabeza lo hizo correr como un joven desesperado por suicidarse en el acantilado, y de verdad que corrió como un adolescente, que el viejo saltó como un caballo de carreras el muro que separa el malecón del abismo, que dio dos pasos casi en la punta de los pies y volvió a dar un último salto en el último segundo impulsándose sobre las rocas, sobre la espuma, hacia lo azul.

Pero en lugar de caer sobre el agua el doctor reventó en el aire como cuando uno sacude la mota de una pizarra de tiza, el viejo se deshizo dos segundos después del salto en una ósea nube de polvo de la que el viento se apropió. Fue así que Don Guillermo se esfumó en el aire, no sin antes haber comprendido el enigma de la teletransportación, y sobre todo, el oculto secreto de Barranco.

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