En busca de la felicidad

Ilustración: Natasha Cabrera

Por: Gunther Félix / Relato

Hace tres noches, cuando empezaba a ahogarme en un vaso de agua por buscar la inspiración para iniciar mi crónica sobre la festividad religiosa del Corpus Christi en Cusco, mi primo hermano Fabián de seis años llegó a tiempo con un salvavidas que tenía forma de una interrogación: “¿cómo hago para crear una montura de caballo en Minecraft?”, lo escuché decir, esperanzado en una respuesta instantánea. Me llamó la atención verlo absorto en ese videojuego, excesivamente, pixelado que lo había encadenado a su tablet desde hace varias semanas. Casi no contaba con juguetes en su alcoba. Ni soldaditos de plomo ni un carrito a control remoto. La esencia de divertirse, usando las manos y los pies, se había oxidado con el paso del tiempo (o quedado en el tiempo).

Les llaman nativos digitales porque nacieron rodeados por la tecnología digital, aunque yo prefiero llamarlos “huérfanos digitales” pues aprovecharon ese potencial que ofrece el ciberespacio de forma casi instintiva. Nativos o huérfanos, no importaba. Lo grave es que esos aparatos electrónicos le extirparon al pequeño Fabián el espacio a los juegos de calle. A salir con los choches de siempre para jugar a las escondidas, las chapadas, los siete pecados, mundo o, simplemente, sociabilizar por horas en una esquina del barrio o sobre el césped recién podado del parque Los Ficus ubicado a tres cuadras de mi casa, en el distrito Santa Anita. Sobre todo esta última opción: pasar toda la tarde en el parque socializando con la muchachada de otros barrios colindantes. Una bonita excusa para escapar del sedentarismo. Yo lo hacía con frecuencia después del almuerzo. Era como una religión para mí: desde reunir, casa por casa, a todos mis colegas (éramos seis amigos) hasta programar las mataperradas que ejecutaríamos antes del arribo de la noche.

Recordar es volver a vivir. Por eso, mientras husmeo en Internet para saber cómo se crea una montura de caballo en Mincraft, un videojuego de estilo retro, aprovecho para viajar en el tiempo hasta remontarme en mi inocentona infancia, cuando aún creía que podía cambiar el mundo si empezaba por recoger la basura de otros (en mi zona los tachos escasean tanto como los agentes de seguridad). Ahí estoy, con los pies clavados en el césped recién podado junto a otros cinco colegas con nuestras miradas en el cielo como si esperáramos que algo cayera sobre nosotros. No era para tanto: solo contemplábamos los movimientos zigzagueantes de nuestras cometas. Figuras antropomorfas. Colores llamativos que hacían juego con el azulado firmamento. Eran delicados aparatos que tomaban diferentes nombres: cometa, barrilete, papalote o volantín. Pero lo mejor de todo –aunque no era consciente de ello– fue que eran fabricados con materiales reciclados, a veces de periódicos o del papel crepé que sobraba de nuestros murales periodísticos. Díganme si eso no era una bonita forma de aprender a jugar, formando lazos de amistad y, a su vez, cuidando el área verde de un parque vulnerable a los destrozos de la cultura combi de sus habitantes. Estar rodeado de verdor era un respiro, un pequeño escape de una ciudad ruidosa e inquieta. Era feliz.

Pero al igual que las arrugas en la cara, el parque de mi infancia (Los Ficus) no pudo evitar el paso del ambiente. Sigue verde, pero sin ese color alegre de antes.

Rebobino en el tiempo. Hace menos de un año, durante una larga caminata por el malecón de Miraflores, en el límite con Barranco, cerca de la quebrada de Armendáriz, en ese espacio urbano que divide los dos distritos, descubrí a un hombre que compartía los mismos sueños que yo tenía en mi infancia: volar. Su nombre era Nelson Molina, el hombre de las cometas. En un intercambio de palabras, me dijo que las cometas permiten al padre compartir momentos únicos con su hijo. Y que cualquier temporada del año era perfecta para volar una, aunque él prefería la estación del frío para disfrutarlo mejor. Le compré uno de esos juguetes voladores y antes de despedirme, soltó un lugar: el parque María Reiche.

Tenía la tarde libre. Fui al María Reiche a estrenar mi cometa recién comprada. La hice volar. Sentí el arrullo del mar y el sosiego urbano. Era un oasis, un pedazo de paraíso bajo mis pies: son pocos los lugares extraordinarios que te dan esa sensación de estar expuesto totalmente al mar y, al mismo tiempo, en medio de un laberinto de cemento. Recuerdo bien ese momento, porque volví a ser feliz.

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