Nadar

Ilustración: Karina Huertas

Por: David Salvatierra / Relato

Aprendí a nadar a los treinta y tres años porque cuando tenía trece mi primo me salvó de morir ahogado en el mar de la forma más idiota mientras la chica más linda del barrio se reía en la orilla y desde entonces me pasé la vida sin poder borrar esa imagen de mi cabeza. Antes de esa imagen todo iba de maravilla porque mi primo y yo corríamos olas a pecho, y entre una y otra zambullida yo la veía tomando el sol como salida de un sueño de verano y me imaginaba una vida en el mar junto a ella porque me miraba por primera vez y le decía algo a sus amigas. O sería más justo decir que ella miraba más a mi primo porque él nadaba como un campeón y bajaba las olas más grandes que se encrespaban al fondo y yo no pasaba de las que reventaban en la orilla. Y fue por eso que avancé como pude hasta coger una ola alta y furiosa que me revolcó como un feto arrojado al espacio exterior, y cuando logré sacar la cabeza no sentí el suelo bajo mis pies y entonces todo fue pánico y meter y sacar los brazos como un náufrago del Titanic, hasta que la mano de mi primo me cogió de la muñeca y me llevó a tierra firme, tosiendo y echando espuma por la boca, ya sin cara para volver a ver a la chica más linda del barrio riéndose con sus amigas.

Aunque quizá me digo esto para no aceptar que la verdadera razón por la que aprendí a nadar a los treinta y tres años fue porque finalmente decidí hacerle caso al neumólogo que trataba mis congestiones pulmonares desde hacía años y me aconsejaba nadar como terapia para dejar de fumar. Yo mismo reprochaba mi falta de voluntad para dejar el tabaco y cada vez que lo hacía recordaba la noche en que la amiga mayor de mi hermana me ofreció un cigarro en una fiesta de año nuevo en la playa y yo se lo acepté como todo un hombre y ella me dio fuego y cuando empecé a toser ella se rio con una sonrisa que valía todos los cigarros del mundo y me dijo: “yo te enseño”. Desde entonces fumaba cada vez que me sentía solo y me sentía solo cada vez que pensaba en la amiga mayor de mi hermana. Pasaron muchos años para que dejara de pensar en ella pero para entonces yo ya acudía al neumólogo porque me acosaban una tos seca y una agitación terrible al subir las escaleras que tenían mucho que ver con los cigarros que fumaba. Un día el neumólogo me dijo: “Ve a nadar”. El agua te ayudará a respirar. Esa fue su prescripción.

Sin embargo nunca estuve muy seguro de aquel diagnóstico, y lo que yo creo es que aprendí a nadar a los treinta y tres años porque quería llegar cansado a casa y olvidarme que me estaba muriendo de pena porque la chica de la que estaba enamorado desde la universidad me había dejado para siempre. Ella tampoco sabía nadar pero nos gustaba mucho ir a la playa a mojarnos los pies, y también a la piscina, una que nos llegaba a la cintura, y hacer como que nadábamos y buceábamos y nos dábamos besos bajo el agua como en esas fotos cursis de las revistas para novias y nos prometíamos aprender a nadar juntos para ir algún día a bucear de verdad en las playas del norte o en una isla del Caribe cuando nos casáramos. O tal vez sea cierto lo que pienso ahora y es que en realidad aprendí a nadar porque mi mejor amigo se cansó de verme tan triste tanto tiempo y me ofreció pasar las vacaciones en su casa de playa, y yo pensaba que si la chica de la que estaba enamorado desde la universidad volvía conmigo entonces la llevaría a la casa de mi mejor amigo e iríamos hasta la playa y le diría quédate en la orilla y mira, y entonces yo me metería al mar y me zambulliría y ella se asustaría pero yo saldría a flote y ella sonreiría como nunca en su vida y yo empezaría a nadar de espaldas, un brazo y luego el otro empujando blandamente el agua azul, así como ahora que el sol me estalla en la cara y veo la playa desierta y giro para mostrar mi mejor estilo libre y fondeo una ola tras otra y yo sigo adelante y más adelante, ya sin miedo a no sentir el suelo bajo mis pies.


David Salvatierra (Lima, 1981), terminó sus estudios de Economía en la Universidad Nacional de Trujillo y ejerció diversos oficios, entre ellos, como redactor de la página cultural del diario Nuevo Norte, y como tripulante de un crucero que surcó las costas de África, Medio Oriente y Europa. Ha publicado el libro de cuentos Lo que sé de mi madre (2014) y fue incluido en la selección de nueva narrativa peruana Sobrevolando (2014). En el 2016 publicó la novela corta El sentimiento de la fuga.

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