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Ilustración: Andrea Ordoñez

Por: Miguel Mendoza Luna / Cuento

“Recordó luego que nunca estaría solo,
y cesó lentamente su pánico.
Se restauró en él la nítida percepción
del Universo… aunque no, lo sabía,
del todo por sus propios esfuerzos.
Cuando necesitara guía en sus primeros
y vacilantes pasos,allí estaría ella.”
Arthur C. Clarke

En la brevedad de la cama asignada al cubículo 611, Enki abrió los ojos para que el universo posible vibrara exclusivamente para él. A su lado, una mujer pelirroja sostenía con cuidado un pequeño libro:

–¡Oh, qué maravilla!, –leía la mujer con tono impostado–, ¡cuántas criaturas bellas hay aquí!, ¡cuán bella es la humanidad! , ¡oh, mundo feliz, en el que vive gente así!

Un simple parpadeo resultó efectivo para que la pelirroja desapareciera. Enki estiró su delgado cuerpo a lo largo de la solitaria cama. Recorrió el vacío gris de la habitación hasta la borrosa luz que intentaba escapar por una insulsa ventana delatando la llegada de un nuevo día.

Sobre la mesa que hacia las veces de comedor, vibraba la liliputiense fila de pastillas amarilla, roja y azul; su asignación semanal de Proxy, otorgada gratuitamente por la división 451 del Ministerio de salud pública. Sus manos no temblaban y ningún pensamiento oscuro lo angustiaba, así que por el momento no era necesario tragárselas. “Más tarde, no hay prisa”, pensó. Junto a ellas, el casco de trabajador de la planta de energía lo saludó para recordarle que ese día tenía asignado el turno de la noche. No muy decidido, se puso de pie y se paró en frente del módulo de cocción: una triste suma entre una nevera, una estufa y un espacio para platos, la tecnología del futuro contenida en un metro cuadrado. Distraído, silbando una tonada lánguida, preparó un café instantáneo, su habitual desayuno de campeones.

Aún sin la energía que el café debía ofrecerle, regresó a la cama. Confundido entre las cobijas, descubrió el libro. Tal vez el mismo que sostenía la mujer de su sueño, pero a este pobre le habían arrancado la portada y la primera página, así que jamás conocería su título. No recordada haberlo leído, mucho menos que fuera de su propiedad. En realidad no tenía libros.

–¿De dónde vienes? –dijo, acariciando al desnudo intruso. Apenas lo ojeó, sin mayor interés, para concluir que debía pertenecer al viejo Abel, su vecino de dos pisos más arriba, que de vez en cuando lo visitaba para pedir alguna provisión.

El libro se impuso sobre el silencio del recinto; se resistía a aceptar la leve función de los objetos allí presentes. Intruso, molesto, como reclamando amparo, pedía una respuesta. Enki, resignado, una vez más abandonó la cama, y del mueble de provisiones extrajo una bata para cubrirse.
Con el libro entre sus manos, disfrutando inocente del contacto con el papel, salió del cubículo y ascendió sin prisa por las escaleras desde el sexto nivel rumbo al octavo. No reparó en el horizonte negro que plácido asfixiaba las plataformas flotantes de combustible.

–Precioso gatito –dijo una joven de pelo azul que pasó a su lado, mientras acariciaba entre las manos un bolso de cuero–. Te llamaré Merlín.

Enki ignoró las confusas palabras. Abajo, en el angosto callejón que separaba el bloque de su vivienda con un muro de contención, un grupo de obreros se preparaba para comer su merienda matutina. Golpeó con insistencia la puerta 807, hasta que por fin un anciano de barba blanca se asomó tímido.
–Señor Abel –saludó Enki, ofreciendo el volumen–, supongo que es suyo, yo no tengo libros…
–Amigo, baje la voz –dijo el viejo alarmado–, algún agente de control podría andar por allí –Hizo una pausa y arrastró al visitante hacia el interior de su vivienda.
Una vez protegidos por la puerta clausurada, el viejo le señaló a Enki una silla que este no tuvo más remedio que aceptar. Salvo por una matera con dos margaritas, el lugar no guardaba mayor diferencia con el suyo.

–Ayer vino Sabrina, la linda joven que vive al final del corredor –dijo Abel, frotando sus arrugadas manos. Se sentó al borde de la cama, frente al visitante–, ¡quiso enseñarme su abrigo de piel!

Como una triste ola, la boca de Enki delató al anciano la incomprensión de sus palabras.

–¡La pobre iba por completo desnuda! –se burló Abel–. Demasiado para mis agotados ojos; la chica alguna vez fue modelo.

–Solo quiero saber si el libro es suyo –replicó Enki molesto y alargó su brazo.

Tardó dos segundos en reconocer que su mano no sostenía nada en absoluto. El viejo se levantó sigiloso y le obsequió dos palmadas de pesar en el hombro.

–¿En qué año cree que estamos?–preguntó Abel paternal.

El visitante intentó aflojar un número convincente, pero recibió su propio vértigo de tiempo.

–¡Además desorientación temporal! –exclamó el viejo. Caminó inventando un reducido círculo–. ¡Lo sabía!, pero es necesario ¡Ayer, yo tenía, justo aquí, a mi lado, a un bonito perro labrador!, Walter, lo perdí cuando tenía 11 años.

Enki frunció su frente para intentar salvarse.

–Amigo, hace un mes –El viejo se detuvo y regresó a sentarse en la cama–, tuvimos una conversación similar: le aconsejé que no consumiera su ración de Proxy.

–No lo recuerdo. –Enki movió su cabeza para despertar–. Creo que sí la he tomado, debe usted haberme confundido con alguien más.
Con su pie descalzo, el viejo rescató debajo de la cama un frasco transparente a medio llenar con las canicas químicas.

–Las suyas y las mías, amigo –celebró Abel reuniendo sus manos en oración. Arrojó el recipiente a su habitual resguardo. Sus pequeños ojos temblaron como aviso de que liberaría un enorme secreto–. Ya le dije, pero claro, no lo recuerda, estamos seguros de que este tipo de alucinaciones, como la del libro que traía entre manos, en extremo realistas, provienen del reclamo inconsciente de la vida anterior que tuvimos, antes de la prohibición. Son una especie de nuevo arquetipo del deseo que quiere manifestarse a como dé lugar.

–Señor Abel, lamento haberlo molestado –Enki amagó con marcharse.

–¿A qué se dedica? –contraatacó el viejo.

–Obrero de carga, sector 9 –dijo Enki elocuente–, construimos un puente.

–¿Y antes?

La respuesta de Enki nunca llegó a su alargada y confundido boca.

–Yo descubrí, hace ya más de un año, que en mi vida pasada era psiquiatra –intervino Abel sonriente–. Ahora soy un simple supervisor de municiones, ja. Bajan los niveles de Proxy, regresan los viejos tiempos.

El agudo corte de las aspas de algún cercano vehículo de vigilancia detuvo la conversación por unos momentos. Enki se vio a sí mismo parado frente a un grupo de adolescentes distraídos, leyéndoles en voz alta un fragmento escapado de algo titulado Rebelión en la granja.

–Profesor, creo –murmuró Enki para sí, con los hombros derrotados–. Yo enseñaba literatura…

El viejo se paró a su lado.
–No se preocupe –dijo Abel, invitándolo a partir–: No vuelva nunca a tomar sus pastillas, me las seguirá entregando para evitar tentaciones. Olvidará las nuevas cosas, poco a poco recordará lo importante. Ha empezado el despertar, amigo.

Al salir al corredor, los gritos airados del grupo de obreros lo alertó.

–¡No fue falta! –protestaba uno de los hombres.

Otro de sus compañeros se disponía a patear un balón imaginario. A unos metros, dos chicas saltaban divertidas un lazo inexistente. Enki retomó decidido su camino de regreso. Con falsa sumisión saludó a la cámara de vigilancia flotante, adornada con el logo de un sol. El pajarraco de plástico le lanzo un haz de luz verde. Una bombilla roja se encendió sobre su corona.

–Individuo 9001, Sus niveles de Proxy, son muy bajos, –dijo en tono alegre una masculina voz digital–. No olvide tomar su ración semanal.

El inquieto aparato parpadeo dos veces y se alejó a importunar a los jugadores.

Enki ingresó en su cubículo. Una lágrima resbaló por su cara al descubrir las paredes decoradas con una biblioteca llena de ejemplares de todos los tamaños y ediciones.

–Tienes ilusiones, Enki –acusó la mujer pelirroja, custodiando los coloridos volúmenes–, y afirmas no tener ninguna razón para despertar. Pero yo lo he perdido todo y no puedo comenzar la vida otra vez.

–Eso es de Frankenstein, Amanda –dijo Enki con la garganta cortada. De su bolsillo vibró emergente una fotografía amarillenta: el día de la boda con la bella pelirroja.

Les gustaba jugar a adivinar citas literarias. Ella siempre ganaba, su memoria resultaba miles de veces superior. Ella le advirtió: “como en tu libro favorito, debemos memorizar cada frase, cada palabra, nunca les volveremos a ver, los quemarán todos”. Él se rió, no la tomó en serio. Su única equivocación con ella.

Un disparo certero de un agente de control, justo a la frente de Amanda mientras esgrimía valiente un libro de un tal William Shakespeare, abrió su nuevo flujo de recuerdos. Tres años de pastillas resultaron suficiente para una vida como obediente obrero; sin preguntas sobre el futuro, sin ecos de una existencia previa. Sin dolor.

Con sus manos vibrantes, Enki buscó un bolígrafo y una libreta, los objetos más sólidos del planeta. Con rabia arrojó de la mesa el arcoíris químico y el vetusto casco. Abrió la primera página del volumen en blanco.

–Empezaremos por tu preferido –anunció la mujer, tomando asiento junto a él–: “Un edificio gris, lúgubre, de sólo treinta y cuatro plantas. Encima de la entrada principal el anuncio: Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres…”.

Con concentrada paciencia, Enki empezó a escribir, una tras otra, cada palabra que la mujer le dictaba.


Miguel Mendoza Luna (Bogotá, Colombia, 1973) es graduado en literatura de la Universidad Javeriana y magíster en Escrituras creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Como profesor universitario, dirige las áreas de escritura creativa, psicología criminal, literatura policíaca, de terror y ciencia ficción. Fue ganador del Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá, 2009, con el libro “Cruentos cruzados”. Es autor de la biografía “Truman Capote”, “las horas negras” (Panamericana, 2005); del libro de criminología “Asesinos en serie: perfiles de la mente criminal” (Norma, 2010); y de la novela negra “Malditos, Hermosos” (Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2011).

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