Para matar el tiempo

Ilustración: Mayra Loarte

Por: Stuart Flores / Cuento

Los días que no había heridos parecían más largos de lo habitual. Para llenar las horas nos poníamos a jugar a las cartas o montábamos el tablero de ajedrez en una de las camillas, y esperábamos con muchas ansias a que la radio nos comunicara alguna desgracia. Cuando esto sucedía, subíamos a la ambulancia y llegábamos a la zona indicada para socorrer a la tropa. No obstante, un mes entero había desfilado ya frente a nuestras narices sin que ocurriera ningún incidente. Parecía que ninguno de los dos bandos tenía ganas de atacarse. Malek dijo que como las cosas siguieran así, seríamos nosotros quienes moriríamos pero de aburrimiento.

Luego de ser reclutados, nos habíamos inscrito en el cuerpo de paramédicos justamente para salvar el pellejo. Era fácil mientras otros estaban en el frente de batalla y tú la pasabas relajado, fumando e intercambiando absurdas historias sobre la vida en la ciudad con tus compañeros. Pero a nosotros nos gustaba la acción, y esta comenzaba, como ya dije, con el rescate de heridos. Los conducíamos a nuestro pequeño hospital de campaña y luego ahí todo era extraer balas, coser aberturas en la piel, detener hemorragias o amputar alguna extremidad inútil. No digo que fuese divertido. Ver tanta sangre en un principio te afectaba los nervios, aunque con el correr de las semanas lograbas habituarte a ella y le cogías el gusto a aquel ambiente caótico: los lamentos de los soldados, el olor a carne chamuscada, el color rojo tiñendo cada superficie blanca. Lo que quiero dar a entender es que esa era nuestra única labor y la realizábamos poniendo en ella todo nuestro esfuerzo. El hecho de pasar tanto tiempo sin llevarla a cabo nos regresaba entonces al doloroso desencanto de nuestras existencias.

Solo hay una explicación. Quizá la guerra se está terminando, dijo Bolek una noche. Luego se dirigió a mí: ¿tú qué piensas, Excavador?

Se me daba muy bien lo de extraer las balas, por eso me habían bautizado así.

Según los rumores, los ejércitos de ambos lados se están reorganizando, dije. Si es así, solo nos resta esperar a que reinicien el fuego y se hagan añicos.

¿Esperar?, preguntó Julek en tono de protesta. Tenía un cigarro en los labios e intentaba encender una cerilla.

Exacto. Hay que tener paciencia.

¿Paciencia?, dijo en el mismo tono. Parece que no estás muy enterado, Excavador. Esas tácticas de reorganización suelen durar meses. Y si la de nuestro comandante Lindhagen funciona a la perfección, no solamente vamos a esperar mucho tiempo, sino que casi no recogeremos heridos.

Tiene razón, dijo Malek. Podría ser tiempo perdido.

Sin embargo podría suceder lo contrario, dijo Bolek. Si nuestro ejército comete algún error, en unos meses, y Dios no lo quiera, podríamos estar aquí cortándole la pierna al mismo Lindhagen. Si es que lo necesita, claro está. ¿Tú qué piensas, Excavador?
Me tomé unos segundos para reflexionar. Dije:

En cualquier escenario, nos veremos obligados a esperar. A menos que ocurra algún imprevisto.

Mi única intención al decir esto era hacer referencia a una emboscada del enemigo, por ejemplo, pero Julek no lo interpretó así.

Podríamos poner minas terrestres, dijo.

Los ojillos negros le brillaron a la luz de la cerilla que acababa de encender. Parecía haber sopesado esa idea con mucha antelación.

Bolek y Malek lo secundaron y yo no tardé en mostrarme de acuerdo. En apenas una hora habíamos establecido la manera de dar el golpe. Demás está decir que, debido a mi apelativo, todos insistieron en que fuese yo quien enterrara los explosivos cerca de la playa donde cada mañana la tropa solía realizar sus maniobras. Tuve que hacerlo de madrugada, mordiendo el mango de mi linterna para echar luces sobre el terreno.

Al día siguiente, Bolek, Malek, Julek y yo estábamos despiertos desde muy temprano. Teníamos las barbas rasuradas y jugábamos al póquer. Permanecíamos atentos a la radio para recibir la noticia de las detonaciones y volver a nuestras labores de siempre. Julek incluso tenía su pequeño maletín cargado de syrettes de morfina descansando sobre su regazo. Las guerras son siempre irracionales y, por lo tanto, nadie podrá arrojar la menor recriminación a nuestro accionar. Incluso, viéndolo desde un lado mucho más amplio, aquello fue consecuencia pura del aburrimiento. ¿Acaso las guerras no obedecen a esa misma motivación? Las cosas que tiene que hacer uno para matar el tiempo.

Cuando Bolek lanzó su combinación ganadora sobre la mesa, una voz atronadora salió de la radio y nos anunció el percance. Julek me miró con ojos risueños, como felicitándome por el trabajo bien hecho. Tras muchas semanas de hartazgo, salíamos otra vez del hospital de campaña para abordar la ambulancia y reanudar así nuestro trabajo. Malek hacía sus cálculos y lamentaba que tal vez hubiera solo dos o tres heridos de gravedad. Eso era mejor que ninguno y en las próximas ocasiones nos aseguraríamos que fuesen más. Una vez que te acostumbras a la guerra, ya no quieres que se acabe nunca.


Stuart Flores (Huancayo, 1986). Es periodista licenciado por la UNMSM. Ha publicado cuentos, crónicas, ensayos, poemas y traducciones en revistas como Lucerna, Correo Semanal, Tinta Expresa, El jinete de la Tortuga y Caretas, entre otras. Forma parte del comité de la editorial Agalma y actualmente escribe para el blog de Librería Sur. En 2013 publicó “La muerte es una sombra”, conjunto de cuentos.

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