Roedores en la cocina

Ilustración: Jessica Lazo Adrián

Por: Marcela Robles / Cuento

“I’m no angel,
but does that mean that
I won’t fly?”
Dido

 

Apura el paso.
Se le ha hecho un poco tarde para el almuerzo debido a la demora en el mercado, pero aún está a tiempo. Quiere que todo esté impecable cuando llegue Octavio, no vaya a ser que le dé otro de sus ataques de mal humor. Trabaja tanto todo el tiempo.

Un auto viene a toda marcha por la bocacalle y Elena no lo ve. El conductor ha frenado justo frente a la mujer que tiene la bolsa de compras en los brazos.

—¿Estás bien? —pregunta él bajándose del coche, más sobresaltado que ella.

—Sí, estoy bien, no te preocupes —dice la mujer, que instintivamente ha metido la mano al bolsillo de la casaca.

—¿Estás segura? —insiste él—. Te has puesto pálida. ¿No quieres que te lleve?

Qué hombre tan amable, musita ella para sus adentros, percatándose del aro que él lleva en el anular. Seguramente se dirige a su casa a encontrarse con su mujer, quizás hasta tenga hijos.

—En serio, estoy bien —repite Elena alisándose el pelo maquinalmente—. Solo que llevo prisa. Gracias de todos modos.

Ella se marcha en dirección contraria a la del hombre, que regresa a su auto y la ve alejarse por el espejo retrovisor mientras murmura para sí qué mujer tan bella y tan triste.

Elena mira su reloj y traga saliva que le sabe amarga. El viento agita los árboles de manera extraña cuando está a punto de llegar a su casa. Sin embargo no deja de sentirse aliviada por la brisa que le estalla en el rostro y trae consigo un perfume cargado de hojas. Esas hojas que el otoño deja caer a su paso.

Una vez en la cocina va poniendo las compras en su lugar mientras inicia el ritual del almuerzo. Quiere evitar a toda costa una escena semejante a la que se viene repitiendo con demasiada frecuencia desde que se casó. Nada ha vuelto a ser igual después del fugaz viaje de luna de miel.

Por precaución saca el paquete del bolsillo de la chaqueta y lo coloca debajo del fregadero. Octavio ya le ha pedido varias veces que se ocupe del asunto porque él no tiene tiempo para problemas domésticos. El hombre del mercado, que la conoce desde pequeña, le ha advertido que tenga cuidado porque todo el frasco es una dosis suficiente para eliminar a todas las ratas del vecindario, no solo a las que —según ella le ha contado— la han estado molestando en el patio trasero. Él lo sabe bien —le ha dicho—, porque muchos vecinos en el barrio han sufrido el mismo problema debido al cambio de tuberías de desagüe que ha efectuado el municipio en toda la manzana. Se llegó a hablar incluso de una plaga.

Elena se quita el reloj y se remanga la blusa mientras lava los vegetales y pela las yucas y las papas. La muñeca todavía le duele y la marca azulada medio negruzca en su antebrazo no ha terminado de desaparecer.

Coloca en la olla con agua el pedazo de malaya para la sopa y luego las verduras. Mientras mueve los ingredientes siente que podría estar cocinando para el hombre que ha estado a punto de atropellarla y una ligera sonrisa se dibuja en su rostro. ¿Tendrá hijos? Serán pequeños, porque él parece muy joven todavía.

Octavio siempre la culpa por no poder tener hijos, pero nunca se han hecho los análisis necesarios para determinar una posible infertilidad de alguno de los dos. Seguramente es ella. Siempre es ella.

Termina de frotar con un secador limpio los cubiertos para dejarlos brillantes y los coloca en la mesa junto a la servilleta que pone al lado izquierdo. Hace lo mismo con el vaso que mira a trasluz antes de ponerlo a la derecha. La cerveza ya está fría en la nevera.
La última vez que su marido encontró un tenedor manchado a la hora de la cena lo sostuvo a la altura de su yugular y lo limpió en el cuello de su blusa.

—A ver si aprendes. Ya que no puedes ser madre, al menos intenta ser una buena esposa —había dicho.

Elena mira por la ventana de la cocina y el viento parece haber amainado de pronto. La violeta en el dintel podría necesitar un poco de agua, pero ya se encargará de eso al día siguiente. Ahora tiene que lidiar con los roedores que merodean la cocina.

Agita la cabeza de larga y hermosa cabellera tratando de ahuyentar los pensamientos. El sancochado está casi listo. Es el plato favorito de Octavio y hoy se ha esmerado en la preparación porque quiere complacerlo. Saca la salsa picante de la nevera y la pone al lado del lavadero. Echa un último vistazo a la mesa para asegurarse de que todo esté reluciente.

Toma el paquete que ha colocado debajo del fregadero y lo abre con cuidado siguiendo las recomendaciones del hombre del mercado. Tres o cuatro gotas en el bocado serán más que suficientes para acabar con cualquier roedor por más grande que sea.

Elena pone doce gotas en la salsa de rocoto y especias que luce apetitosa y la remueve con delicadeza. No quiere echarla a perder, ni exponerse a que esa sea la última falla que él encuentre en el almuerzo.


Marcela Robles estudió Literatura en la Universidad de Texas. Ha incursionado en el cine y el teatro habiendo escrito y puesto en escena entre otras obras “Mujer modelo para armar”, “Contragolpe”, y “Una especie de ausencia”. Marcela ha publicado también los libros “Sonríe mientras mueres”; diez poemarios entre los que destacan: “Cómo escribirle a cualquier amante”, “Altamar”, y “Hotel Planeta”, entre otros. Su primer libro de cuentos, “Me gustaría realmente que te quedaras” fue publicado en el 2015 y recientemente ha publicado su libro de crónicas “Usted me desespera”.

One thought on “Roedores en la cocina

  • 21 Diciembre, 2017 at 5:12 pm
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    fabuloso! me encandilló

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