Querida Laurita

Fotografía: Jesús Ruiz Durand

Por: Edgardo Rivera Martínez / Fragmento de la novela “País de Jauja”

Jauja, 15 de enero de 1948.

Querida Laurita:

Te contesto con demora, pero tú eres buena gente y me vas a disculpar. Te esperábamos para Navidad, y después para Año Nuevo, y fue una gran desilusión que no llegaras. Ahora sabemos que tampoco podrás venir para el 20 de enero, pero sí antes de las fiestas de carnavales. Ojalá sea así, pues te echamos mucho de menos.

Mis compañeros de vacaciones y aventuras son los infaltables Felipe, Tito y Julepe. A este lo recuerdas sin duda, ya que es el centro de la historia de “Palomeque y el heliotropo” que te contó Abelardo, que según él es toda invención mía. Y te acordarás también de Felipe, porque es sobrino de doña Zoraida, la viuda de Recaredo Ramos, señora tan vistosa. Y Tito es hijo del doctor Solís, que trabaja en La Oroya. Los tres estamos en el mismo año en el colegio.

Mamá habló con doña Mercedes Chávarri, y soy desde hace dos semanas su alumno, su puntualísimo alumno de piano. Señora no muy guapa que digamos, y mucho menos joven, pero que sabe de música y me ha fijado montones de ejercicios de un método que no perdona nada. Yo feliz, a pesar de que tengo que pasar horas y horas frente al teclado. No quiere que toque Mozart, al menos por ahora. Mamá dice que siga al pie de la letra las indicaciones, y que así, poco a poco, avanzaré y dejaré de tocar como ella. Ya sabes cómo es nuestra madre, tan modesta. Abelardo le dice, por eso: “No te haces justicia…”.

No hemos renunciado a la música de nuestra tierra, y nos alegra muchísimo poner en pentagrama sus melodías. Completamos así un cuaderno con los “pasos” de la jija, y haremos lo mismo con la huanca danza, que los alumnos de tía Marisa bailaron en la fiesta de su escuela. Abelardo dice que debo ir a las alturas de Apata, porque allí hay otra danza, la danza del cóndor, que nadie conoce en el valle. Espero que continuemos, y digo así porque a veces mamá se siente cansada y dejamos nuestra tarea para después.

No le he hablado del proyecto a la señora Chávarri, pues ya sé su manera de pensar. Abelardo sí le da mucho valor, porque así vamos formando, según dice, un “archivo” de música jaujina, como hizo el abuelo con algunos huaynos y villancicos. ¿Te acuerdas de “Puna triste”, de Carlos Valderrama? Ese señor también recogía música andina, y lo mismo hicieron otros señores, a los que el abuelo Baltazar conocía.

No te imaginas las personas interesantes que voy descubriendo, cerca de nosotros, aquí en nuestro barrio, y entre los parientes. Es como si de repente se hubiera abierto un portón y ¡zas!, se me viniera encima toda un aserie de personajes que me producen una gran curiosidad, que me fascinan. Dirás que soy un exagerado. Pero así es, Laurita. Nuestro colindante don Fox, por ejemplo, tan sencillo, vive en una casa que parece un pequeño laberinto fantástico, y ahí, entre ataúdes y canastos, se despacha con poéticos sermones sobre el agua, la luz y la alegría. Tienes también a nuestras tías, las señoritas de los Heros tan extrañas, que no se separan ni para dormir, como si fueran “estrellas binarias” (palabras de tu hermano mayor). Y está también ese hombre raro, ocurrente, buen ajedrecista, que pasa su vida entre los muertos, y que se llama Mitrídates.

Sólo es cosa de abrir los ojos.

Me he leído casi toda la Ilíada, por generoso encargo de tu hermano mayor. Tú también lo hiciste, según me cuenta. Me he aburrido en algunas partes, pero en la mayoría he disfrutado como no te imaginas. Qué hermoso el combate junto a las naves. No me vas a creer pero he soñado con naves negras en un mar agitado. Por supuesto que me desperté nervioso, pero también, bueno, no sé cómo decir…

Y hablando de Elena, la de Troya, claro que conozco a Elena Oyanguren, aunque solo sea de vista. Estoy segurísimo de que Abelardo sus pira por ella, aunque me temo que sin esperanza. Por supuesto que yo también, porque es una beldad, pero como es tan lejana, o mejor dicho, imposible, no pierdo el sueño ni las ganas de vivir. La veo en la plaza, a la salida de misa, en los domingos, con sus amigas y un señor extranjero, vestida siempre de colores claros. Me gustaría tanto recitarle ese pasaje del poema, con Elena en las murallas…
No me he encontrado con Berta ni con Cristina. A María del Carmen la vi el otro día, muy juntita con un nuevo empleado del Banco de Crédito, y ni cuenta se dio. Tu antigua profesora, la señorita Borea, preguntó por ti, y le dije que estabas muy bien, y que pronto volverías.

Te echaré mucho de menos. Yo también me acuerdo de las veces que íbamos a las fiestas del 20 de enero, tú y yo, a la plaza de Yauyos, y mirábamos desde un toldo esa gente, y los conjuntos, las bandas de músicos, los jinetes. Alguna vez, también, seguimos a los bailantes. Después ya no fue posible, porque creciste y todos te miraban, y eso me daba cólera. Me acuerdo también que una vez te pusiste a imitar en casa a un tucumano, y yo y mi amigo Chicho (el que se fue a vivir a Tarma) nos desternillábamos de risa. Bueno, todo eso parece ahora tan lejano, y por eso mismo quisiera que regresaras y fuéramos de nuevo a Yauyos.

A veces me pongo a pensar: tengo una hermana. Sí, pero no la veo casi nunca, y cada vez que vuelve, después de tanto tiempo, me siento corto, y al menos al principio no sé qué decirle. Así es. Te diré incluso que me siento celoso de la tía Eloísa, que a mí nunca me ha caído muy bien por lo habladora, y porque te tiene todo el tiempo junto a ella. Pero es buena contigo, estás en su casa, y ¡qué se le va a hacer! Ojalá nomás que las cosas mejoren y Abelardo se decida a volver a la universidad y se reúna contigo, y más adelante vaya yo también, para estar los tres juntos.

No quieres contarme quién te corteja, y menos si tienes enamorado. No importa, ya lo sabré. En todo caso, aquí habrá muchos que se pondrán a suspirar por ti en cuanto te vean. Y no faltará quien venga a cantarte de noche, en una serenata con boleros de Los Panchos, que hacen furor.

A propósito, y para cierto asunto que tenemos con Felipe, tendré que escribir la letra y componer la música de un bolero original para una damisela, no mía sino suya. ¿Te das cuenta? ¿Este entusiasta de Mozart componiendo un romantiquísimo bolero? Ya estoy borroneando unas hojas pautadas, a ver qué resulta. Y eso no es todo, porque cuando esté listo el dichoso bolero, tendré que ir de serenata con el interesado y acompañarle a entonar la cancioncita al pie de una ventana, con peligro de que nos boten a pedradas.

Estoy impaciente por ver tus pinturas y tus dibujos, y de tenerte en casa y acompañarte al campo, y ver cómo van apareciendo en la cartulina de tus dibujos y acuarelas, más intensos, más hermosos, nuestros árboles, nuestros cerros, nuestro cielo.

No quiero hablar de Ataura. Tenía pensado ir por allá, pero no lo voy a hacer porque me da una pena terrible ver que otros tienen nuestro terreno y disfrutan de la era, de los árboles, del paisaje.

Es verdad que tía Marisa decía que soy bueno para abogado, pero no es así, y creo que ya no piensa de esa manera. Abelardo me alienta en la música, pero fue el primero en decirme que no me hiciera ilusiones. Ahora considera que tengo más condiciones para escritor, cosa de la que se habría alegrado papá, que deseaba tener un hijo dedicado a las letras.

Es cierto, yo inventé en gran parte la historia del heliotropo y otras que mejor me callo, y he escrito un par más que todavía no quiero mostrar a nadie. Historias, a mi modo de ver, y no propiamente cuentos. Bueno, como adelanto de futuras obras narrativas, te envío aquí un pequeño relato que se me ocurrió hace un par de días. Una historia que tiene como personajes, Dios me perdone, a nuestra tía Grimanesa, a un tal Oliverio Planas, que tal vez fue allá en la noche de los tiempos su admirador, y en importante papel a Teodorico, el loro de tía Rosita. Ya conversaremos cuando vengas y me dirás tu parecer.

Escríbeme y avisa la fecha exacta de tu viaje.

Un abrazo muy fuerte.

Claudio.


Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1933), es escritor y docente universitario. En 1977 publicó su novela corta “El Visitante”, y al año siguiente “Azurita”.
En 1981 se editó “Historia de Cifar y de Camilo”, y en 1986 apareció el cuento “Ángel de Ocongate”, ganador del premio Cuento de mil palabras de la revista Caretas.
Su novela, “País de Jauja”, tuvo su primera edición en 1993, a la que han seguido otras más. Dicha novela fue finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos de 1993 y fue señalada por los críticos, en una encuesta de la revista Debate, como la más importante de la literatura peruana en la década de 1990.

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