Nadar entre icebergs

Entrevista a Katya Adaui / Por Sally Jabiel

Nadar y escribir, son ejercicios de respiración. Como vivir. Katya Adaui (Lima, 1977) escribe como nada: poniendo todo el corazón posible, sumergiéndose entre fragmentos de memoria, en silencio. Y, aunque para nadar es necesario no hablar, Adaui ha encontrado en “Aquí hay icebergs” (2017) el lenguaje para hacer del agua, una falsa calma.

A diferencia de otros cuentos, estos son de un universo muy acuático, ¿qué te da el mar?

Es impresionante toda la vida en él y que para nosotros es invisible. Con este libro quería dar esa sensación: algo ocurre en la superficie, pero lo realmente violento sucede abajo.

Esa es la imagen del iceberg.

Sí, “Aquí hay icebergs” es un manifiesto de cuentos donde van a surgir cosas, con cierta potencia, que te interpelan.

Dices que nadas como escribes, ¿por eso el ritmo de tus cuentos?

Escribir es como nadar. Tropezar, salir, bocanada, una sensación de estar vivo en la escritura. Si te gusta el ritmo de un cuento, es por su respiración. Reconoces que es afín a ti, como si fueran respiraciones compatibles.

En lo que escribes está muy presente la familia, ¿es un leitmotiv?

Sí, la familia y la violencia son dos grandes motivos. Me interesa lo familiar en tanto puede volverse algo siniestro; de pronto, agresivo, inesperado.

Pero la familia no está pensada como siniestra.

Y sin embargo todas lo son en algún momento. Ninguna familia está indemne a la catástrofe. Hay tragedias pequeñas, hay bombas nucleares. Lo tengo presente cuando escribo.

Y también a la figura de madre.

Es una figura que me gusta cuestionar. Cuando se escribe, se pueden romper preceptos, jugar con la figura materna para hacerla la más amorosa, o extraña, terrible.

Se puede decir que leerte es nadar en una familiaridad que siempre resulta desconcertante.

Sí, quizás en algunos cuentos hay una falsa calma. Hay mucha incertidumbre porque existen cosas a punto de estallar, o que no terminan de estallar. Uno sabe que si el cuento continuara 5 páginas más algo explotaría.

Escribes fragmentado, ¿tiene algo que ver con la memoria?

Creo que no somos lineales. La memoria nunca es lineal, es más circular, se rompe. Uno recuerda y un recuerdo jala a otro. Hay algo de eso en mi escritura y sí tiene que ver con la memoria. Me gusta que los personajes enfrenten sus recuerdos dolorosos y tengan una capacidad de sobreponerse, no van en la periferia de sus vidas.

También rompes el lenguaje, ¿cómo es la dinámica de tu escritura?

Escribir es un lugar donde puedes pensar más lento y mejor. Creo que se escribe una vez, y se reescribe 10, 20, 30 veces más. Un cuento nunca es como se escribió. Yo me edito mucho. Soy muy cruel, pero paciente a la vez. Tengo un crítico interior.

Después de ti, ¿quién lee primero lo que escribes?

Antes de la editorial, le entrego todo a Iván Thays. Pero para eso, ya he dado un año y medio de reescritura. Escribir es una construcción con la mirada del otro.

Es común que reclamen más novelas para legitimar a un escritor. ¿Qué piensas al respecto?

Se dice que la gente lee más novelas, pero también lee cuentos. En Perú hay una tradición. Hemos tenido a Ribeyro, Bryce y otros, pero es prejuicio hacia el género. Si entendieran que hacer cuentos es tan difícil como una novela, no dirían eso. El cuento exige el mismo nivel de pensamiento, menos diluido sino diversificado.

¿Existe ese mismo prejuicio hacia escritoras mujeres?

Se está subsanando. Es algo en lo que hay que pensar porque las mujeres escribimos y somos muchas. Este año la Feria del Libro de Lima ha hecho un gran esfuerzo por ocuparse de sus escritoras, también el Ministerio de Cultura. Hay esfuerzos por descentralizar la escritura y este es el momento para que también las escritoras seamos leídas.

¿Qué te interesa leer en estos días?

Me encantan los textos donde el lenguaje no es el esperado, donde soy sorprendida, a un nivel de sintaxis, de rupturas gramaticales.

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