¡Mamá Angélica ha muerto! Y no podrán matarla

Por: Mauricio Delgado Castillo / Artículo
Siempre me han llamado la atención las alegorías, esas representaciones antropomorfas de algún ideal abstracto: la justicia, la libertad, etc. pero especialmente la de nuestra República Peruana, que como toda representación de un país colonial está aún mucho más alejada de la realidad encarnada. Para mí, una figuración de la República más honesta con la nación que somos debiera parecerse más a Angélica Mendoza o mamá Angélica como es más conocida, y menos a esa joven curvilínea de rasgos anglosajones que es. Pero no se parece, porque Angélica era una mujer andina, pobre y madre de un desaparecido. Y por todo eso para muchos no es más que una desconocida.

Una madrugada de 1983 una patrulla combinada del Ejército entra a su casa y se lleva a su hijo Arquímedes, medio desnudo y en pijama. Conmocionada, Angélica tiene fuerzas para aferrarse a él y en medio de las amenazas gritar “mátenme, termínenme, pero a mi hijo no te llevas”, hubo que doblarle el brazo, tirarla al piso y patearla para que lo soltara.

El año anterior, el gobierno de Fernando Belaunde mediante Decreto Supremo entrega el comando político militar a las Fuerzas Armadas en las zonas declaradas en emergencia. Esto permite, junto con el accionar de Sendero Luminoso, que la violencia se dispare. En 1984, el Perú es el país con más desaparecidos en el mundo. Al tener las fuerza militares el control total, personas como Angélica vieron restringidos sus derechos y fueron objeto de diversos abusos y crímenes.

Esta situación extrema de violencia y desamparo lleva a muchos a buscar a sus familiares por las quebradas conocidas como botadero de cadáveres. Un día, mientras Angélica gritaba el nombre de su hijo entre los cuerpos amontonados en Puracuti, se topa con una patrulla militar que la rodea. Mientras deciden si deben matarla o no, ella les increpa: “señor yo no tengo miedo de morir, moriré. Les daré los cinco solcitos que tengo por la pérdida de su bala pero díganme, donde está mi hijo, cuando yo sepa dónde está mi hijo voy a morir tranquila”.  La dejan ir, quizás impresionados por el coraje de esa mujer mayor.

Un papel rasgado enviado desde el cuartel Los Cabitos es toda la certeza que ella necesita, “Mamacita estoy aquí, me están deteniendo en vano, consigue plata y busca a un abogado, para que me pasen al juzgado”.

Sin nada que perder, con el apoyo de contadas personas como la alcaldesa Leonor Zamora y el abogado Zósimo Roca, forma con otras mujeres el ANFASEP (Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú) para reclamar justicia y buscar a su hijos, hermanos, padres y esposos. Organizan solitarias marchas por Huamanga donde usualmente terminan agredidas. En esos años, un cartel reza “no se atienden casos de Derechos Humanos” sobre el despacho parroquial de la Catedral de Huamanga.

Intentan matar a Angélica, con otras sí lo logran, son acusadas de “terrucas”, torturadas, se ocultan, denuncian, turnan sus casas para las asambleas, las apoya el SUTEH, viajan a Lima, duermen en la calle, pocos les hacen caso, la organización avanza y su principal esfuerzo el Comedor de Niños Adolfo Pérez Esquivel, también. “¡Vivos los llevaron, vivos los queremos!” gritan.  Le sobreviven a Belaunde, a García dos veces, 10 años a Fujimori, Toledo, Humala y PPK.

Hace menos de un mes ha muerto mamá Angélica, 10 días después que la Corte Suprema dictara sentencia en el caso Cabitos 83. Luego de 10 años de juicio y de 34 años de denuncia. Aunque nunca encontró a Arquímedes la sentencia reconoce como probado lo que ella siempre dijo, que a su hijo como a otros se lo llevaron miembros de las Fuerzas Armadas, que estuvo detenido como otros en el cuartel Los Cabitos y que allí se cometieron torturas y asesinatos.

Pienso en Mamá Angélica e inevitablemente pienso en cómo debería ser nuestra idealización de República. Debería ser como las mujeres quechua hablantes orgullosas en un país racista y machista, como esas mujeres pobres que organizan a más de 300 como ellas en medio de una guerra,  acusadas de terroristas y locas por los sensatos de la historia, pobres en una sociedad profundamente desigual, incansables en medio de la nada, valientes que no se callan nada ante nadie, más constructoras de democracia que muchos y las mejores en los peores años de nuestra historia.

Esta patria nuestra quizá deba ser más Matria, más como las angélicas de los 15 000 desaparecidos que nos faltan.  Que no se nos muera la patria sin darnos cuenta.


Mauricio Delgado Castillo ha realizado cinco exposiciones individuales y diversas colectivas dentro y fuera del Perú. Es miembro activo y fundador del Museo Itinerante “Arte por la memoria” (Premio Príncipe Claus) y del colectivo “La Brigada Muralista”.

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