Waynaquitos

Por: Ulises Gutiérrez Llantoy / Cuento

Altun pasan, wayanaquito,
ancha chiqui ccamcca casccanqui
(Por lo alto pasas, Wayanaquito,
de mal agüero habías sido)
Copla huancavelicana

Modesto Ñaupa despertó temprano. Miró el reloj anciano que colgaba en la pared de esteras: cinco y cinco de la mañana. Se frotó los ojos, miró el techo de cartón sobre su cama y se quedó oyendo el sonido metálico de ollas y cucharones que llegaba de a lado. Imaginó a su mujer preparando el desayuno, volvió a concentrarse en el techo e intentó recordar qué era lo que había soñado. No pudo, pero le pareció oír el rumor lejano de la tonada de un huayno que hacía mucho tiempo no escuchaba. Aguzó el oído y sólo pudo reconocer el jadeo de las llamas de kerosene crepitando en la cocina. La melodía le quedó dando vueltas en la cabeza. Intentó recordar el estribillo, confiado en que tenía la canción guardada en algún rincón de la memoria, a punto de revelarse.

-Modesto, levántate. Ya es tarde.

La voz de su mujer lo hizo abandonar el intento. Desayunó. Se despidió de su hija y su esposa y salió a trabajar.

El mismo deseo por recordar el huayno regresó horas después sobre el andamio del edificio en construcción en que laboraba. Intentó exorcizarla tarareando el estribillo, mientras revisaba el estuco de cemento de un muro hasta que equivocó el paso, perdió el equilibrio y cayó al vacío.

Apenas pudo ver el cielo limeño, nublado, encima de él antes de cerrar los ojos e impactar contra el suelo. «¡Se ha caído! ¡Se ha caído! ¡El Yana se ha caído!», gritó el primero de los obreros que vio todo. Recién entonces los demás trabajadores del edificio repararon en el hecho y bajaron de él como monos de un árbol. A toda prisa, de todas partes.

Modesto abrió los ojos tras la caída. Miró a su alrededor como quien despierta en un lugar desconocido. Vio el cielo otra vez: gris, percudido, amplio, vacío. Dobló la mirada y reconoció a la primera persona que llegó en su auxilio.

-Jefe -dijo-, creo que ahora sí me jodí.

Un hilo de sangre comenzó a salirle por la boca.

-¡Yana! -replicó el Jefe-, tranquilo, tranquilo. No te muevas, no te muevas, ahorita te llevamos al hospital… ¡Dios mío! ¡Llamen una ambulancia, carajo!

Modesto volvió a ver el mismo cielo. No había nada.

-Wa…wa-ya-na-qui-to-, balbuceó con esfuerzo.

Entonces vio un menudo pájaro negro, travieso y mudo, veloz y ágil, volando entre los andamios, casi adosado a los muros de ladrillo. Se vio en las riberas del riachuelo de Paucarbamba, niño, sonriente y desnudo; corriendo tras una bandada de wayanaquitos que volaban a ras del suelo, dibujando ochos en el aire como las mariposas, siempre pareciendo al alcance de la mano, pero imposibles de atrapar. Se vio con sus amigos, colgado de las ramas de los árboles jóvenes de eucalipto, oscilando sobre el riachuelo como un péndulo. Apareció vestido con su uniforme plomo de escolar, sucio y raído; arreando, junto a su perro Chuto, cuatro vacas y diez carneros por el camino a Anco; regresando a casa, haciendo adioses con una mano a los camiones que pasaban en dirección a Churcampa. Se vio sobre el lomo de un camión enano, atravesando la llanura de ichu de las punas de Tucuccasa, camino a Huancayo.

-Yana, Yana, ¿me escuchas? -dijo el Jefe-. Ahorita llega la ambulancia, ¿ya?

Modesto asintió con dificultad.

Vio los rostros impotentes y perplejos de sus compañeros que lo rodeaban sin poder hacer nada más por él. Quería abrazarlos, decirles que no se preocuparan, que no era nada; que eso pasaba todo el tiempo, que siguieran adelante, que el trabajo no podía parar. Quería que le alcanzaran su casco blanco de capataz para levantarse y hablar por teléfono con su hija y su mujer para decirle que estaba bien, que todo había sido nada más que un susto. Pero no pudo.

La sangre comenzó a empapar el suelo.

Miguel, su asistente y discípulo, el primero que lo había visto caer, se agarraba la cabeza. “¡Cunchasumare, el Yana no, carajo, el Yana no!”, decía moviéndose de un lado a otro, como si llevara un dolor en el cerebro.

-Ya-na…ya-na-mi-si-, volvió a gemir con dificultad.

Cerró los ojos. Las arrugas de su rostro se apretujaron como un puño con el primer ataque de dolor que le inundó el cuerpo.

Frente a la iglesia de Tocas, Tayacaja, exhausto, lloroso y feliz, Modesto miraba el cielo con el torso desnudo y las manos abiertas en alto. Cabalgaba sobre los hombros de la multitud frenética del barrio Poccyacc que gritaba su nombre de artista. “¡Yanamisi! ¡Yanamisi! ¡Yanamisi!”. Lo paseaban en círculo por los cuatro lados de la plazuela. Así le rendían pleitesía a él, al “Yanamisi”, al “Gato Negro”, el ganador del atipanacuy, el duelo de danzantes de tijera de la Navidad tocacina de mil novecientos ochenta.

La gente se arremolinó alrededor del herido.

“¡Carajo! ¡Salgan de aquí! ¡Dejen pasar! ¡Colaboren por favor!”, gritaban los bomberos. Los policías espantaban a los curiosos.

El danzante parecía petrificado. Erguido en un pie, con los brazos extendidos y la cabeza gacha, esperaba el final de los arpegios del arpa y que entrara el siguiente llanto del violín. El traje negro con el nombre dorado bordado en la espalda: “Yanamisi”; las zapatillas de lona blancas; las medias negras altas, hasta las rodillas, coronadas de cintas rojas. Las manos vestidas con guantes negros: la izquierda sujetando un pañuelo blanco y la derecha, las tijeras de metal. El violín volvió a trinar y entonces el danzante volvió a moverse. Caminó acompasado, levantando el polvo de la plazuela con el zapateo, saltando como un puma por los aires, al ritmo que marcaban las lonjas de fierro, al amparo de la melodía ondulante que nacía del arpa y el violín; melodías que viajaban por el aire dibujando ochos, como los wayanaquitos.

“¡Con cuidado! ¡Cuidado!”, decía el paramédico, mientras los bomberos ayudaban a entablillar al herido.

Modesto permanecía sin decir nada, con los ojos cerrados.

Parado en una mano, el danzante aplaudió con los pies. Tin, tin, tin, las tijeras. La multitud gritó desordenada. Se irguió sobre sus pies, caminó en círculos y se quitó la camisa, tin, tin, tin, las tijeras. Se clavó un puñal de vidrio roto en las costillas, luego, otros más, tin, tin, tin, las tijeras. La multitud estalló en aplausos. Se hincó pencas de espinas sobre el pecho y la espalda, tin, tin, tin, las tijeras. Uno a uno se fue quitando los vidrios, las espinas, hasta quedar con el torso desnudo, sudoroso y sangrante. Caminó otra vez en círculos y se lanzó a dar volantines sobre el polvo, rodando el cuerpo como un balón, tin, tin, tin, las tijeras. Ganó.

La multitud inundó el ruedo y lo levantó en hombros.

Así había vencido al “Lucerito de Puquio”, su más duro contrincante luego de doce duelos imposibles de cumplir por cualquier tocacino. Doce idas y venidas de pruebas de valor en honor al Niño Jesús. Había danzado como nunca, como sus antepasados, los tusucc layccas, los sacerdotes chancas que al canto de pitos y tambores despertaban el valor y el coraje de los guerreros antes de una batalla.

La ambulancia de los bomberos se abría paso entre la niebla y los autos. El ulular de las sirenas parecía no importarle a nadie en la ciudad. Adentro, Modesto Ñaupa yacía horizontal. Atado a una camilla. No se movía, no hacía ningún ruido, pero respiraba.

“Altun pasan wayanaquito, ancha chiqui ccamcca casccanqui…”, comenzó a sonar, dentro de él, aquel huayno huancavelicano.


Ulises Gutiérrez Llantoy (Huancavelica, 1969) es ingeniero sanitario graduado en la Universidad Nacional de Ingeniería, Manejo Ambiental de Recursos Hídricos en la Kochi University Of Technology (Japón) y narrativa en la Escuela de Escritura Creativa de la PUCP. Ulises ha escrito los libros “El año del Accarhuay”, “The Cure en Huancayo”, “Ojos de pez abisal”.

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