¡Naro (soy) Asháninka!

Por: Gunther Félix / Relato

Quería iniciar así: la pequeña Ruth está agotada pero sonríe. En su último intento por llegar primera a la piscina natural de Betania, antes que sus amigos, corta camino por medio del monte. Conoce el bosque como si fuera la palma de su mano, así que no tarda demasiado en llegar a su parada final. Y como el tiempo es oro, lo primero que hace ni bien arriba a esta fuente de agua es columpiarse de unas de las lianas que cuelgan de los árboles hasta conseguir la altura ideal para tirarse un clavado olímpico. El chapuzón es irresistible. Sobre todo porque en la selva arde más que en cualquier otra parte del país. Pero Ruth y sus compinches tienen poco tiempo para divertirse en este mundo acuático. Deben volver al colegio antes que termine el recreo. Y según parece, solo disponen de quince minutos para relajarse y regresar al aula, antes de que el auxiliar, el que tiene “cara de pocos amigos”, se dé cuenta que un grupito de rebeldes se ha ‘tirado la pera’. La hazaña es atrevida, pero excitante al mismo tiempo.

Sí, algo así debió iniciar esta crónica que iría ilustrando en cada párrafo las aventuras y desventuras de una colegiala asháninka y sus cómplices más allá de esa canchita de fulbito improvisada que separa al colegio de la comunidad nativa de Betania con el bosque.

No obstante la historia era otra. En realidad el destino final, o sea la piscina, está al fondo, al otro lado del río, tras senderos y senderos no señalizados. Es decir, todavía faltaba mucho por trajinar. Aquellos fugitivos no habían llegado ni a la mitad del camino y ya se sentían derrotados por el cansancio. Lástima pues. “Media vuelta nomás”, fue la frase que alguien de los cuatro debió soltar tarde o temprano, por más que todos la odiaran.

En la selva no importa si andas por el mismo lugar más de diez veces, siempre habrá algo diferente que ver o escuchar. Y eso lo sabe Ruth y sus amigos que ahora atraviesan los platanales de un vecino de la comunidad para retornar a la escuela pública. En Betania no hay pistas ni veredas. Está muy lejos de la ciudad. Al llegar a la provincia de Satipo, el corazón de la región Junín, hay que recorrer varios kilómetros en combi y atravesar torrentosos ríos. Pero completar esa odisea de la ciudad a la comunidad nativa o viceversa es un gasto exagerado, un lujo que los habitantes de esa zona solo pueden darse una vez a la semana o a las quinientas, como cuando hay que comprar más abarrotes para el hogar o útiles antes que los niños empiecen el año escolar.

Pero no todo lo obtienen de los mercados populares. Los asháninkas reiteran han vivido en el monte desde siempre. Allí todo se cosecha de los árboles. Cuando tienen sed, cuentan con decenas de cocos; cuando el fantasma del hambre acecha, hay plátano, y cuando quieren preparar un festín para integrar a los comuneros, tienen a la multifacética yuca. Para Ruth ninguna de estas plantas le sirve para jugar durante lo poco que queda del recreo. A menos de que se trate del achiote: semillas rojizas que al machacarlo se obtiene un colorante natural, ideal para garabatearle la cara a cualquiera. Mientras que los grandes se pintan la cara para identificarse entre sus congéneres, nuestra protagonista y sus atolondrados acompañantes lo malgastan en travesuras.

No es del todo cierto que los asháninkas sigan usando el cushma (prenda nativa) en su vida diaria. Al menos no los niños. Al igual que en cualquier otro colegio, la mayoría de los estudiantes van con sus uniformes, aunque eso le incomode a Ruth. Desde que la educaron en su idioma original y en castellano (primero de primaria) hasta el año que cursa en la actualidad (sexto de primaria), no se ha acostumbrado a vestir formalito. Lo que sí disfruta son los días que le toca educación física. Solo esos días puede despojarse del uniforme para hacer deporte con ropa más cómoda.

Sí, eso anhela Ruth, quien apenas ve mover los labios de la profesora de Historia, que también dicta Matemática y Ciencia y Ambiente, mientras su concentración se pierde en el espacio sideral hasta que recuerda que debe volver rápido a casa después de las clases. Se olvidó alimentar a su quirquincho, su armadillo mascota.

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