Un ángel llamado Marly

Por: Arene Chupillón Calderón / Relato

Se llamaba Marly. Los pocos meses que la conocí me hacen decir hoy que era una hermosa alumna en todos los sentidos. Era en verdad una muchachita de la cual nosotras las profesoras nos sentimos encantadas de tenerla en clase. Risueña, de suave voz y carácter apacible, tenía unos cabellos muy castaños que adornaban su tez muy clara. Sus compañeros le habían puesto el apelativo de “bruja” porque en su alargado rostro sobresalía un tanto su mentón.

Tenía dieciséis años cuando la conocí y cursaba el quinto año de secundaria en un colegio privado de Ventanilla. Recuerdo que era muy buena estudiante, responsable y participativa en clase, sobresalía además en la escolta escolar. Su pulcro uniforme negro de tipo militar y su gorrita blanca de visera negra hacían resaltar su hermosa e impecable tez rosada. Cada vez que tenía que participar en los clásicos concursos escolares de escoltas presentaba su tarea aunque no estuviera presente en clase y se acercaba a presentarme las clásicas disculpas por su inasistencia.

Un día me pidió permiso para salir de clase a la hora del recreo, la miré rápidamente y no traía puesto el uniforme de la escolta, entonces ella continúo explicándome: Me siento mal, me ha salido una bolita en la rodilla… ya no me deja marchar y me está causando mucho dolor porque se ha hinchado. Por eso hoy le pido permiso para no asistir a su clase, hoy voy a ir al doctor.

Después de eso Marly no volvió a clases. Varios días después, al entrar al salón y ver su asiento todavía vació pregunté a sus compañeros: ¿Dónde está Marly? ¿Por qué está faltando? ¿Alguien sabe algo de ella? Los chicos tampoco sabían qué era lo que ocurría pero los más cercanos a ella explicaban que se estába haciendo unos análisis y por eso estaba ausente tantos días. Parece que la van a operar –musitó uno de ellos-, los demás lo siguieron con una mirada de asombro. En silencio y mirando a los estudiantes me dije en silencio ¿Será verdad? Meneando un poco la cabeza mientras les iba dando la espalda caminando hacia mi escritorio, fui imaginando que sí pues, tal vez tenía un absceso en su rodilla. Habría que esperar a que ella vuelva y nos cuente.

Semanas después y estando en clase escuché mi nombre por el parlante del colegio indicándome que tenía visita. Cuando fui transitando por el amplio patio me dije “debe ser algo muy importante para que me saquen de clase”. Al abrir la puerta del recibidor me encontré con Marly que con su amplia sonrisa me saludaba y luego me abrazaba. Detrás de ella escuché una vocecita que me decía: soy su mamá y venimos a conversar con usted. No me había dado cuenta que Marly -que estaba de pie- se encontraba apoyada por muletas. En ese momento hablamos poco, todo tenía que ser rápido porque había dejado a mis otros estudiantes esperando. La conversación solo versó en la justificación por las inasistencias pasadas y por las futuras. No asistiré a clases pero traeré, como siempre, todas mis tareas, me dijo tratando de ser responsable con sus cursos. Al despedirme de ella solo le pregunté el clásico ¿Estás bien? A lo que ella presurosa y risueñamente respondió: sí. Fue la última vez que la vi.
Ciertamente sus tareas fueron llegando. Con el transcurrir de las semanas sus compañeros de clase se fueron haciendo más herméticos cuando les preguntaba por ella. Yo ya suponía que algo grave pasaba. Pero también entendía que la familia no quería compartir con nadie su estado de salud. En los meses siguientes y antes de finalizar el año escolar, la administración del colegio nos advirtió de lo mal que estaba Marly. No va a volver a clases -nos advirtió el coordinador- parece que tiene cáncer en el hueso de la rodilla

Días después traté de realizarle una visita junto con los alumnos. Imaginé que ver a sus compañeros le haría bien pero los chicos fueron renuentes a preparar cualquier salida. Sabemos que ella no quiere que la visiten –dijo firmemente su mejor amiga- no quiere recibir a nadie.

A inicios del siguiente año escolar la auxiliar del colegio me contó que cuando a Marly le dieron la noticia del cáncer le dijeron también que el osteosarcoma en su rodilla estaba muy avanzado y lo que quedaba era amputar su pierna. Marly se negó, ella jamás aceptó que le corten su pierna, desde entonces –decía la auxiliar del colegio- han recorrido todos los lugares a donde les habían dicho que podría haber una oportunidad para ella: yerbas, aguas milagrosas, sanadoras, hasta brujos han visitado pero ningún resultado han logrado, más bien, han perdido tiempo. Después de un largo recorrido, Marly aceptó que le amputaran la pierna para salvar su vida. Entonces regresó a la consulta pero el médico le dijo que ya no era posible hacer nada. El cáncer había hecho metástasis en todos sus huesos.

Y así, un día de junio, el ángel terrenal llamado Marly, sin más explicaciones, nos dejó para siempre…

3 thoughts on “Un ángel llamado Marly

  • 29 Enero, 2018 at 10:20 pm
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    Triste de recordar pero feliz de haber compartido este recuerdo…. Graciassss

  • 30 Enero, 2018 at 1:42 am
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    Una hermosa y conmovedora historia de una adolescente que no perfil la esperanza felicidades a la autora Sra Arene Chupillon deseando nos entrege mas historias.

  • 30 Enero, 2018 at 7:56 am
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    Hace dos años mi familia pasó por una situación parecida a éste relato y es muy duro perder a un ser querido pero, a veces nos enseña a valorar la vida, a tomar decisiones, a vivir cada momento con alegría, dando gracias a Dios por lo que pasamos y todo lo que podemos disfrutar con nuestros seres queridos, familia y amigos…

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