El Doctor Coca

Entrevista a Teobaldo Llosa / Por: Sally Jabiel

¿Por qué Teobaldo Llosa, pionero en operar los cerebros de adictos a la cocaína, quiere clonar humanos?

Un día dejó el bisturí por más cocaína. Pasó de operar los cerebros de adictos a la coca a curarlos con la misma sustancia. Incesante, Teobaldo Llosa ahora quiere clonarse a sí mismo y hasta a César Vallejo. Esta es la historia del psiquiatra peruano más polémico de los años ochenta.

En una gaveta se puede guardar la historia de una persona. En la suya, Teobaldo Llosa atesora las cosas que le gustaría encontrar cuando vuelva a nacer: libros y bolsas con café molido. En esa caja reposará también su ADN liofilizado para que en unos 100 o 200 años pueda ser clonado.

Después de viajar en el tiempo, la clonación seguramente es uno de los grandes clichés de la ciencia ficción. Para Llosa, no. Hoy este psiquiatra, quien fue uno de los más criticados por aplicar la cingulotomía, una singular operación al cerebro, en adictos a la cocaína; apuesta por la clonación humana.

Con el proyecto Clonacer, la propuesta de Llosa no es solo clonar a una persona como un cuerpo, sino con todos sus recuerdos, con su historia. Para eso Llosa junto a un grupo de científicos peruanos ha diseñado una gaveta donde cada persona guardará las cosas que hagan más fácil recordar su pasado. Una suerte de caja fuerte con los recuerdos de una vida y, ante todo, el ADN listo para que un día pueda ser clonado.

“¿Por qué la edad nos tiene que matar?”, ha dicho. A sus casi 80 años, Llosa aún es un adicto al café que trata adictos a la coca. A esta edad, poco le importa que lo llamen Doctor Coca. Pero no ha olvidado que lo llamaban el Mengele peruano, apodo que casi le cuesta el título de psiquiatra. Sus colegas en el mundo lo comparaban con el médico nazi, Josep Mengele, acusado de experimentar con las víctimas del Holocausto. A los pacientes de este peruano los bautizaron como “Las plantitas Llosa”, pues creían que quedarían en “estado vegetativo”.

—Los resultados demostraron lo contrario. Curé al menos a la mitad de operados —asegura.
—¿Qué sucedió con los que no se curaron?
—Murieron— admite— No podíamos curarlos a todos.

En una cinta de 1983, Llosa conversa con Jacques Cousteau, el famoso documentalista francés que en ese momento navegaba por la costa limeña. El Doctor Coca le permite grabar una de sus cirugías a un adicto, el paciente 27. Todos en la azulada sala de operaciones lucen curiosos como niños, sobre todo Llosa. La intervención resulta, técnicamente, un éxito. Pero el paciente 27 jamás se curó.

Llosa dejó de operar luego del paciente 33 debido al alto costo de esta cirugía que consiste en hacer una pequeña lesión para alterar la zona que controla las emociones.

Tras numerosos experimentos con la hoja de coca, Llosa encontró una alternativa: la terapia de cocalización. Cocaína por cocaína. El Doctor Coca dejó el bisturí por infusiones y harina de coca.

—Había curado una mitad, pero y ¿la otra? ¿Por qué no les doy cocaína por la vía oral? Algo así como los parches de nicotina. Suena lógico, ¿no? — explica el médico que no había probado esta hoja ancestral hasta iniciada su investigación en Cusco.
—¿Alguna vez tuvo que tratar a un familiar por adicción?, pregunto.
—Las familias no son perfectas—advierte— Nunca falta uno pero, felizmente, se curaron. A ninguno tuve que operarlo— cuenta entre risas.

Con su nuevo proyecto, la consigna de Llosa es clonar únicamente a “la gente buena”. De ese grupo quedan excluidos: criminales, violadores y, también, adictos. Para ellos, dice, tendrán normas y leyes que la regulen. Entonces, ¿a quién clonaría? Sin duda, como ha asegurado el Doctor Coca, a César Vallejo y a su primer hijo.

—Si hubiese tenido que operar a uno de sus hijos ¿lo hacía?, insisto.
—De ser la única opción, sí.

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