D. (Radio Rat)

Por: Jorge Giraldo Sánchez / Columna

Conocí a D. en esa época lejana donde la adolescencia era la perfecta excusa para vivir como un animal en los límites de la ciudad. Mi vida transcurría entre canciones del montón y la semidivina influencia de algún familiar apegado a la radio de rock clásico. Mi barrio era una zona tranquila de Bellavista donde los vecinos se saludaban con afecto y los amigos podían sentarse a la sombra de los avellanos y los árboles de eucalipto para mirar densos aviones surcar el cielo amarillento del verano. Un barrio tierno, anclado en la familiaridad de las casas y sus jardines.

Pero D. vivía en un lugar distinto: la vaporosa avenida cercana y amenazante como una fragua inacabable, las fábricas chalacas desollando la materia, el humo de la pasta básica colándose en las casas como un espíritu fascinante y a la vez entumecedor. Y ahí estaba D., siempre somnoliento y desgarbado, taciturno y más reflexivo que cualquiera de nosotros; un muchacho que conocí sin saber cómo y con quien descubrí la música. Porque fue él quien me enseñó con verdadera amistad y color a entender las posibilidades de un acorde de guitarra o el suave e inagotable sonido de una tecla del piano. Con él, entre las caminatas ociosas y vespertinas de los domingos luego del almuerzo familiar, conocí todas aquellas bandas que durante los siguientes años no solo harían que no pueda pasar un día sin escuchar música, sino que me salvaron de la desesperación, la tristeza, los abismos en los que cae todo aquel que se asoma al otero nebuloso de la vida.

Recuerdo a D. y su guitarra, blanca y negra como son el día y la noche. Su guitarra que cada día pronunciaba nuevos lenguajes, idiomas siderales. Su guitarra y esa búsqueda de perfección que a mí y a nuestros demás compañeros de ruta nos asombraba. La autoexigencia que se imponía D. era un sílex que se adueñaba de su corazón, sus brazos, sus dedos de alambre. Y fue esa misma autoexigencia la que lo terminó alejando de nosotros, de mí. Ese encierro en sí mismo lo condujo al lugar donde la mente ya no se reconoce como propia, porque se arrastra como larva sobre otros códigos y colores, que son distintos a los nuestros y que por eso nos asustan. D. encontró, a fuerza de crear música, la soledad y la desactivación de la cordura que tanto necesitaba para lograr la perfección. Yo a veces lo extraño, porque extraño compartir con él la inocente alegría que produce escuchar una canción amada, un solo de guitarra enloquecedor, un ruido sideral que nos haga sonreír.

Pero tal vez D. ahora sonría en otros espacios, en alguna partitura que como un mapa sónico lo conduce cada noche hasta el inevitable infinito al que estaba destinado. Yo seguiré acá, viviendo la vida del ser humano común. Aferrado a dulces canciones que hagan los días más soportables. Porque hay personas que con sus actos e ideas marcan a las generaciones, los países, la historia. Pero existen otras, quizás intrascendentes para el resto de la humanidad, que simplemente tienen el poder de cambiar a unos pocos, de marcar profundamente con algo invisible y, por eso mismo, despreciado: el alma.

Y por eso escribo esto, para recordar las notas del alma del inagotable D. como se recuerda una canción, ese instante feliz e incomprensible que suele ser lo único que nos pertenece y que por eso mismo nos salva.

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