La velocidad del pánico

Fragmento del último libro de Stuart Flores

La oficina de Z podría tratarse del lugar más pulcro y simétrico de todo Vurgolz. No tuve la menor duda. Sin embargo, aquel orden que se había instalado en ese ambiente no me pareció para nada asfixiante. Todo lo contrario. Cierta paz se respiraba allí y tejía sus delicadas fibras en cada músculo de mi cuerpo.

La silla era bastante cómoda. Estaba acolchada y daba la impresión de que nadie jamás la había utilizado. Eché la cabeza para atrás y vi en el techo un tubo fluorescente que apuntaba directo hacia mi cabeza; derramaba sobre mí una luz blanca y silenciosa, una luz que estaba allí para aclarar los pensamientos. Uno sentía que, de golpe, la lucidez se esparcía por el cerebro y que todas las verdades se agolpaban en la garganta y quedaban listas para ser expresadas. Solo había que convertirlas en lenguaje, y ese lenguaje, producto de la lucidez repentina que iba cobrando cada vez más y más fulgor dentro de mí, se presentaba asequible, amable, fácil de arrojar en palabras, una tras otra, palabras honestas y que no requerían el menor esfuerzo. No iba a ser tan laborioso seguir las indicaciones de Jansen. Solo bastaría con dejar que las palabras hicieran lo suyo. Dejarlas andar.

Antes de entrar a la oficina de Z, una secretaria gorda y de escasos cabellos rubios corroboró mis datos en un fichero. Luego me dijo que pase y espere al doctor Z. Podría tratarse de la misma mujer del mostrador de admisión, pero no estaba totalmente seguro. Quizá contratan mujeres de la misma fisonomía, pensé. Todas iguales para mantener el equilibrio visual dentro de aquel centro psiquiátrico.

Una manera muy efectiva, pensé, de ayudar a los enfermos a no retener tantos rostros y, por lo tanto, librarlos del esfuerzo inútil de recordar datos, impresiones y sucesos en todo momento. Una misma mujer para entender que el mundo de Vurgolz era eso: la simple y cruel repetición de instantes y sensaciones.

El escritorio de Z era enorme y me hizo pensar en los escritorios de los hombres que se encargaban de planificar las guerras. Imaginé un mapa extendido sobre aquella superficie. Un mapa que tenía marcado los lugares vulnerables para un ataque. Una geografía del dolor.

Detrás de la silla vacía en la que Z tenía que sentarse para ubicar mis zonas vulnerables no había ningún diploma. Solo un reloj circular. El único reloj en todo el hospital. A parte de ese detalle, no había nada que permitiese indicar que aquel médico era toda una eminencia. Quizá aquello habría resultado redundante. La sola presencia de Z daba por sentado que uno estaba frente a un erudito.

Sus aportes sobre el síndrome de Hemingway habían resultado cruciales para detectar una nueva patología que se cobijaba en el espíritu de ciertos hombres con habilidades ligadas a la creación. Una nueva forma de delirio. Lo había visitado hacía algunos años a raíz de la publicación de un ensayo en donde explicaba ciertas características de aquel síndrome. No había tenido que entrar a Vurgolz aquella vez. Solo nos citamos en su casa y me explicó el rumbo de sus proyectos. Era un hombre de rostro apacible y de cráneo ovalado, donde la calvicie, con mucha paciencia, había comenzado a realizar su trabajo.

Las paredes de su oficina eran muy blancas y uno podría pensar que cada tarde le echaban una mano de pintura. El olor lo indicaba así. En un rincón de la pieza solo podía observarse un minibar.

Continuamente echaba la cabeza para atrás y cerraba los ojos ante la luz tranquila que me dotaba de una impensable lucidez. Todo aquello me produjo una profunda somnolencia a la que no pensaba resistirme.

Mientras me abandonaba al sueño, escuché la puerta abrirse con estrépito. Z estaba en el umbral, llevaba un maletín negro en la mano, tan negro como su pulcro traje, y, sobre su cabeza, el tubo fluorescente dejaba caer todo su resplandor. Era un cráneo espléndido y desprotegido. La calvicie ya había concluido su trabajo. Jamás tendría que preocuparse por ella.
No supe si pararme a saludarlo y ayudarlo con su maletín. Solo crucé los dedos sobre el estómago y esperé a que se colocara en su lugar, frente a mí.

Pero no.

Z, aún con el maletín en la mano y sin dirigirme una sola mirada, fue hacia el minibar y sacó una botella de brandy. Justo en ese momento noté que había dos copas sobre el enorme escritorio donde me describiría la geografía de mi dolor. Después, ya sin el maletín, se acercó y vertió el líquido marrón en ambas. La misma cantidad en cada copa.

Simetría, pensé.

Luego tomó asiento y dijo, mirándome con cierta condescendencia y sutil desprecio: usted asesinó a una persona. Quise creer que se trataba de una pregunta. Sin embargo, no fue así.


Stuart Flores (Huancayo, 1986). Estudió periodismo, profesión que ejerció durante algunos años hasta que el agotador ritmo de trabajo terminó por hartarlo. Apartado de la prensa escrita, comenzó a probar suerte en áreas mejor pagadas, como la docencia y los premios literarios. Nació el mismo día que Eielson y Kaspárov, hecho que podría explicar su persistente ambición en los terrenos de la poesía y el ajedrez. A raíz de un afortunado accidente, disfruta de un severo insomnio que le permite leer y escribir en las horas más tranquilas. Una consecuencia de esto es su libro de cuentos La muerte es una sombra, publicado en 2013. Su cima literaria, sin embargo, fue haber compartido una larga conversación con Juan Bonilla (café y cigarrillos incluidos).

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