SHIROI HANA, FLOR BLANCA

Por: Christian Reynoso / Cuento

Ilustración: Noelia A. Valdivia (www.instagram.com/novali8)

La vi a través del ventanal de su casa.
Estaba de espaldas haciendo los bocetos del taller de pintura.
Su silueta, atrapada en el uniforme de colegio, comulgaba con el sutil crecimiento de formas.
Cuando supe quién era, la irresistible tentación del deseo despertó en mí como una dulce garúa de invierno, hasta llegar a la tormenta.
Ese momento dejó de ser la niña a quien conocía para convertirse en la mujer desconocida de mis noches.
Desde entonces la miré diferente.
Recorrí su cuerpo y la imaginé en el altar de mi sofá.
Pasaron los años, me hice pintor y volví a verla.
Seguía siendo niña, shiroi hana, flor blanca, pero había dejado de usar el uniforme de colegio. Y el deseo de la dulce garúa de invierno volvió a mí.
Decidí seducirla.
Me imaginé caminando con ella por las calles de la ciudad prendado a su cintura haciéndole contornear la entrañable muestra de un pantalón ultra cadera.
Imaginé su rostro y su cuerpo cada vez que hacía el amor a otras mujeres y terminé creyendo que ella era la niña mujer que siempre había necesitado para mi pintura. Óleo piel.
Así comencé a pintar desnudos.
Hice cientos de cuadros con trazos gruesos y delgados, imaginando su cuerpo blanco y fértil.
Lo plasmé virgen, anidado en diversas posiciones.
A cada uno de ellos le hice un rostro diferente, no obstante cada cual conservó la expresión de su sonrisa.
Eso me permitió encontrar en cada trazo el placer de tenerla junto a mí.
¿Acaso una pasión insomne?
Un día me visitó su madre para comprar un cuadro. No supo cuál elegir y propuso regresar al día siguiente con su hija, shiroi hana, para que la ayudara en la decisión.
Al día siguiente su madre se llevó el cuadro más grande de mi colección y ella, flor blanca, no volvió a salir nunca más de mi atelier.
Reconoció su sonrisa en mis cuadros.
—¿Te desnudarás para mí? —le pregunté.
Ella, inocente, bajó la mirada.
—Sí, señor Otto —musitó.
Ahora somos felices en el altar de mi sofá.
Cada día descubro el color y la forma de su cuerpo desarropado. He aprendido que un artista no puede pintar la verdadera belleza sino encuentra un cuerpo desnudo para sí.
La moral de la belleza entre mis dientes.

*

Los años pasan en vano cuando no se aprovechan con la intensidad del corazón.
El pasar de mis años al lado de shiroi hana, flor blanca, retumba bum, bum, bum como un bombo en perpetuo sonido.
Fui un danzante sobre óleo color piel.
Dios me miraba con disgusto desde la ventana donde un pájaro todas las tardes dejaba sus excrementos.
Tenía a shiroi hana a mis pies aunque en verdad yo era el esclavo de su desnudez. Desnudez blanca, país de nieve, que se asomaba a mí con furor, derritiéndome como un helado al calor de sus piernas.
Lascivo.
Cada día era una nueva reconstrucción de mi unidad, de mis pinceles, de mis óleos.
De mi cuerpo, al fin.
El altar de mi sofá quedó relegado ante las sábanas tablero de ajedrez de la cama. Ellas recibieron en cada uno de sus sesenta y cuatro cuadrados los líquidos de mi pincel.
Pincel embadurnado de suavidad cuerpo niña mujer.
Inventamos un nuevo arte de amar fundido en óleo y sudor.
Efluvios plateados nos alimentaron día a día a la luz del sol y noche a noche a la oscuridad de la luna.
De pronto, la ciudad y su paisaje natural empezaron a disgustarnos: las mismas calles, las mismas caminatas, las mismas arquitecturas, las mismas constantes de la vida diaria.
Queríamos más.
El atelier se convirtió en un espacio estrecho. Apenas podía contener nuestros cuerpos en explosión y los miles de cuadros que para entonces ya había pintado de shiroi hana.
Era todo lo que teníamos y para lo que vivíamos.
Advertí entonces que había llegado el tiempo, aquel tiempo, en que uno descubre que empezará a hacerse viejo.
Entendí que el sol se guardaría para mí en el confín del atardecer para no volver a salir.
Tampoco yo podría hacerlo como un hombre lobo.
–Uuuuuu, uuuuuu.
Menos como un león dormido.
Shiroi hana era muy bella para darse cuenta de esto.
La belleza de su desnudez en mis/sus cuadros no le permitía advertir mi decadencia.
Mis manos comenzaron a arrugarse. Mis dedos a adelgazar, a doblarse, sin ninguna resistencia.
Perdí la sensibilidad de las yemas.
La moral creativa se escapaba de mis manos hasta que estas empequeñecieron y, al cabo de un tiempo, desaparecieron por completo.
¿Ya no podría volver a tocar la desnudez de shiroi hana como siempre lo había hecho?
¿Era acaso el castigo de la seducción?

*

Shiroi hana camina con glamour. Modela los gestos y movimientos que le enseñé mientras la pintaba en el altar de mi sofá.
Desnuda.

Todas las noches salimos al bar de la esquina. Shiroi hana lleva un maletín de color negro donde guarda un par de guantes que sirven para tapar la ausencia de mis manos.
Después de ponérmelos, su inocencia de niña mujer se propaga por las grandes avenidas, dejándome a rastras entre los rompemuelles.
Se ha convertido en una pera cayendo al mundo.
Yo la he creado.
Empujado.
Pintado.
Es la fruta diaria que mastico con el rumor de mis dientes y el frenesí de mi lengua ensalivada.
Pero ya no es mía. Su jugo pertenece al mundo. Y masticarla no es suficiente.
Shiroi hana ha crecido.
Ya no puedo contenerla en los límites de mi pintura.
Ya no tengo dedos para conducir la desnudez de su cuerpo e invadir los rincones de sus formas interiores. Caricias digitales: la suavidad de su piel en mis yemas.
He sido golpeado en mi moral artística.
Me revuelco todas las noches en una mezcla de acrílico pegajoso para ocultar la impotencia de mi hombría y creación.
He quedado prohibido de su piel.
Su cuerpo ya no es mi ciudad.
Shiroi hana, flor blanca, ha crecido.

(2010)


Christian Reynoso (Puno, 1978). Magister en Literatura Hispanoamericana por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Escritor y periodista. Ha publicado las novelas El rumor de las aguas mansas (2013) y Febrero lujuria (2007). Los libros de cuentos: Los ojos de la culebra (2013) y Los testimonios del manto sagrado (2001). En ensayo periodístico: El último Laykakota (2008) y Látigo del Altiplano (2002). Cuentos suyos han aparecido en revistas y blogs, y forman parte de algunas antologías, entre ellas: Antología del cuento peruano 2001-2010 de Ricardo González Vigil. Actualmente se desempeña como editor literario. Asimismo es editor de la revista de literatura Espinela de la PUCP y colaborador en diarios y revistas. Ha escrito artículos sobre cine y literatura en el Perú, además de ensayos sobre la historia de la pintura en el sur peruano.

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