SUERTE AJENA

Por: José Prieto Tueros / Columna

Ya no sé qué pensar de mi suerte, a veces parece cosa del diablo. Mientras caminaba pensaba en mi mamá, Jessica. Hoy es su cumpleaños y no tengo mucho que ofrecerle. No tengo dinero, mejor dicho, pobre de mí, pobre de ella. Felizmente ya había mandado a preparar un pay de limón, porque todos los años torta de chocolate cansa. Caminé hasta el paradero y segundos antes de llegar ya me había dejado el bus, un buen motivo para renegar, pero estaba ocupado pensando en que no tenía dinero y hoy es el cumpleaños de mamá, pobre de mí, pobre de ella. ¿Por qué el día de su cumpleaños tiene que ser tan cercano al día de las madres? Así no se puede, pues, tendré que regalarle mucho amor, como siempre, porque no tengo nada más que darle. No tengo dinero, mejor dicho, pobre de mí, pobre de mi madre. Pero ella me ama y no hay mejor regalo que mi amor, ¿verdad, mamá? Claro que no, hijito… no hay nada mejor. El bus me dejó y no tengo tiempo de renegar, además estaba casi lleno y no hubiera aguantado tener que viajar parado nuevamente. “Vaya nomás, señor, yo espero el próximo” le hubiera dicho de haber llegado a tiempo.

El siguiente bus no tardó en llegar y yo era el primero en la fila. Abordé rápido porque tenía hambre y yo tomo mi desayuno en el interior del automóvil, cuando se me hace tarde, así como ayer, así como siempre. Me senté junto a la ventana, en el extremo izquierdo, como de costumbre, es que me siento más cómodo apoyando mi cabeza sobre ese lado, a la derecha me incomodo, me canso y no me da sueño.

A través del cristal, mi mirada estaba fija en la alameda que se extiende a lo largo de la avenida Arequipa, en el césped específicamente, y ahí mismo vi de reojo la solución. ¿No me estarán engañando mis ojos? “Bajaré por si acaso”, dije. “No, mejor no porque llegaré tarde al instituto y ya estoy a casi cuatro cuadras del billete o de lo que sea que mis ojos hayan visto”. Además ya me ha pasado antes: veo un billete tirado, lo piso como cojudo, lo recojo sin que nadie se percate y lo primero que me encuentro es el “sin valor”. ¡Pero son cien soles! Son cien soles y hoy es el cumpleaños de tu mamá, José. No pasó ni un minuto y ya estaba yo caminando por aquella alameda, emocionado, casi corriendo, entusiasmado, feliz. ¿A dónde la llevaré a almorzar? ¿Habré visto bien? ¿Alguien habrá recogido el billete mientras camino? ¿Dirá “sin valor”? ¿En serio vi un billete? Llegué a la cuadra en la que se suponía estaba el dinero y grande fue mi sorpresa: mis ojos engañosos, mentirosos e ilusos no me engañaron esta vez. Estaba casi saltando de felicidad. Ahí estaba el billete. Me agaché a recogerlo como si fuera yo aquel que lo perdió momentos antes. Estaba mojado, cosa extraña, pues el césped estaba seco. Guardé los cien soles en el bolsillo de mi casaca y caminé al paradero más cercano del bus, mientras pensaba en mi mamá, porque hoy es su cumpleaños y ya puedo regalarle algo, ya tengo dinero, mejor dicho. Pero ella me ama, así no tenga nada que ofrecerle, ella me ama porque tengo amor para entregarle, incluso cuando no tengo amor para mí mismo.

— Aló, mamá. Hoy no cocines, por favor. Hoy comemos fuera, hoy es tu cumpleaños.

 

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