ON DA BICH

Radio Rat

 

Por: Jorge Giraldo Sánchez

Para V. V.

¿Era la música una forma de alcanzar la felicidad? Escuchar esas canciones sin tiempo en los gélidos, taciturnos días cuyo tránsito inevitable no era sino un acercamiento al infierno y la soledad, ¿nos alejaba del dolor, la nostalgia y la miseria del mundo? No tengo una respuesta concreta. Puedo decir, sin embargo, que en esas horas macilentas en las que nuestros cuerpos eran solo sombras y buscaban por todos los rincones de la casa escapar o evitar el dolor, la música acudía a nosotros como un bálsamo perfecto, tierno, puro.

Juntos mirábamos por la ventana y, según el color que tuviera el día, poníamos discos que se sucedían en nuestro hogar como cuentas de una larga, infinita cadena en la que prevalecía el ritmo, la armonía, el olvido en su máxima expresión salvadora. Entonces, sin ningún remordimiento podíamos bailar descalzos sobre el tibio suelo; saltar al unísono hasta que nuestras caras casi rozaban en un atisbo de beso o amenaza; sentarnos agotados a la espera de que una nueva canción, un último sonido nos entregue fuerzas para continuar con el rito hasta que, ya perdidos, olvidábamos cualquier inicio o final y la noche se convertía entonces en un eterno acorde en movimiento. Sin final, sin inicio.

¿Era eso la felicidad? Las risas y los gritos, los saltos, esos desquiciados gestos ante cada nueva canción, ¿eran una forma de volvernos apóstatas del dolor? ¿O simplemente nuestros cuerpos, en su debilidad inhumana, no podían evitar reaccionar ante la música y su poder enajenante, ese poder que se hunde en la noche de los tiempos? Es ya imposible responderme, responderte.

Pero sé con certeza que todas esas canciones ya casi olvidadas y aquellas otras nuevas que fuimos descubriendo aun en la mutua ausencia y el desaliento, nos acercaron a la felicidad porque precisamente nos alejaron de la muerte, del dolor, de la despiadada incomunicación que existe entre los hombres. Y ahora veo con claridad que, de no habernos unido en la música, tal vez nunca hubiéramos tenido la valentía para mostrar nuestros similares miedos, indecisiones, penas o voluntades.

Entonces, todo el encierro, toda la vacuidad, toda la infrahumana incomprensión podía destruirse gracias al poder que la música ejercía sobre nosotros y, como en aquella adorada, triste canción de Neil Young que cantábamos como una lejana e irrebatible plegaria, darnos para siempre una esperanzadora verdad: “Estoy muy dentro de mí mismo, pero saldré de algún modo/ Y me pararé frente a ti, y traeré una sonrisa para tus ojos”.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.