SENTIMIENTO SHIPIBO

Por: Leonardo Mori/ Reportaje

Fotografías: Juan Osorio

Muy cerca del conocido Puente Trujillo, en medio del antiguo casco urbano del tradicional distrito del Rímac se encuentra la Institución Educativa Intercultural Bilingüe Shipiba. Una pequeña escuelita del Estado en donde un grupo de directivos, docentes, autoridades y la comunidad entera está logrando que toda una etnia oriental desplazada y postergada encuentre un lugar para revalorar su cultura.

La historia comienza treinta años atrás cuando varias familias shipibo – konibo llegaron desde Ucayali. En su mayoría eran jóvenes adolescentes que deseaban estudiar una carrera universitaria como esperanza de un futuro mejor para sus familias. Los migrantes empezaron a ocupar pequeñas y modestas habitaciones en Breña y el Rímac. Luego de algunos años, organizados en una comunidad más grande, ocuparon la llamada Isla de Cantagallo, en donde un territorio baldío se convirtió en tierra prometida. Muchos años después, en 2013, la alcaldía de Lima inicia un gran proyecto vial denominado Vía Parque Rímac por lo que anuncia la pronta reubicación de la comunidad Shipibo – Konibo al barrio de Campoy, distrito de San Juan de Lurigancho. Se les promete un terreno en la Av. Malecón Checa en donde, dicen, se construiría un conjunto habitacional para ellos.

Luego de marchas y contramarchas, extensas conversaciones, dilaciones y laberintos burocráticos sin resolver, la reubicación no ocurre nunca. El 27 de agosto de 2016 se produce un incendio con el saldo de dos personas heridas y tres viviendas afectadas. Apenas unos meses después, y mientras la burocracia alargaba plazos, el 4 de noviembre en horas de la madruga, se produce un nuevo incendio que deja en cenizas toda la comunidad: 436 viviendas se convierten en escombros por efectos del fuego y 2038 personas quedan sin hogar, incluyendo cuatro menores que sufren graves quemaduras.

Desde el centro de Lima hay que recorrer todo el Parque Chabuca Granda y luego cruzar el puente Rayito de Sol para llegar hasta el barrio del Rímac. El caos del paradero de buses ya no sorprende, los ambulantes y el apuro de la gente por subir a sus medios de transporte son escenas que se repiten durante todo el día. Tras cruzar el puente hay que caminar por un pequeño pasaje que conduce hasta Prolongación Tacna y luego, volteando hacia la derecha, un par de calles más nos conducen hasta nuestro destino.

La pequeña escuela está rodeada de solares antiguos. No hay lujos pero el colegio parece tener lo necesario. Amplios ambientes, carpetas, mobiliario. Hay algo que nos llama la atención desde el inicio; en todos los pasillos y aulas hay carteles con palabras que no entendemos. Es el idioma shipibo que está presente en cada rótulo del local.

En uno de los salones nos recibe Doris Muñoz, directora del colegio, descendiente de la etnia shipiba, como la mayoría en este colegio.

“Nuestra escuela es bilingüe y en este contexto concursamos en 2015 y 2016 en el programa de Buenas prácticas para poder revalorar nuestra cultura y quedamos entre los cinco primeros puestos. Para eso trabajamos coordinadamente entre los directivos, docentes y padres de familia y con la UGEL, la DREL y el Ministerio de Educación. En nuestra escuela el 70% de los alumnos son shipibos bilingües que provienen de familias desplazadas. Ellos anteriormente vivían en Cantagallo, pero muchas de esas familias se han trasladado a otros lugares y este colegio los ha acogido.”

La directora nos explica que sus alumnos llevan los cursos ordinarios pero además estudian shipibo como una materia regular, tienen clases periódicas y el idioma, además de sus costumbres y tradiciones, son practicadas por todos los estudiantes, sean o no shipibos. La idea es que niños de distintos orígenes utilicen el idioma shipibo y la cultura amazónica como un motivo para expresarse, sentirse importantes y aprender sobre tolerancia y diversidad.

“Hay muchos cambios positivos, ahora ya no hay mucha discriminación porque ellos mismos ya no tienen vergüenza de su cultura, sobre todo cuando hablan en su propia lengua. Nosotros como docentes hemos ido sensibilizando a los alumnos y ahora ellos demuestran sus talentos y habilidades a través de nuestra cultura shipiba. Nosotros desde el primer grado enseñamos por medio de cantos, historias y cuentos, en primaria ya es un poco más avanzado, allí les enseñamos a leer y escribir en shipibo. Y los padres de familia participan y están muy contentos, no solamente los de los niños de la selva, aquí vienen alumnos de diversos lugares y culturas, gente de la sierra, de la costa norte, incluso venezolanos y todos viven en comunidad, evitamos la discriminación y para eso nos servimos del idioma shipibo y el español, para que nos entendamos entre todos. El gobierno también nos ayuda con la distribución de libros. Además, como ésta es la única escuela bilingüe de la zona, el estado está muy pendiente de nosotros y nos monitorean constantemente y el ministerio se encarga de capacitar a los docentes, de sensibilizarlos por medio de talleres.”

El profesor Pedro Paredes Mera, que ha venido a Lima desde la comunidad de Panaillo, a cinco horas de Pucallpa, añade:

“Trabajé como profesor en Ucayali desde hace seis años y recién hace tres meses vine a Lima. Llegué por invitación de la directora, la señora Doris. Ha sido una sorpresa porque no me gusta mucho al clima, pero ya me estoy adaptando a esta nueva realidad. El ser humano tiene que adaptarse a donde sea que vaya. En shipibo mi nombre es Isckon Misho. Ese nombre me lo dio mi padre antes de morir, para que no se pierda y se refiere a una bandada de aves que vuelan. Aquí uno encuentra todo tipo de niños, niños traviesos, niños especiales, niños alegres, niños inteligentes, niños con problemas. Ante eso uno tiene que tener mucha paciencia, pero a mí me gusta enseñar, así que yo les seguiré enseñando, sobre todo a mis paisanos de la selva, hasta que Dios lo permita. La vida aquí es muy agitada, pero me siento feliz haciendo lo que me gusta”, sentencia el profesor Pedro Paredes, mientras se alista para empezar una nueva clase con sus alumnos.

Este colegio, con todo y sus carencias, es un lugar donde la gente está aprendiendo a vivir con respeto y orgullo. El camino no es fácil y las recompensas pueden no ser inmediatas, pero la sonrisa del profesor Paredes al empezar una clase, es indudablemente, un buen inicio.

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