JAVA

Por: Josué Catasús / Cuento

Ilustración:  Nancy Hinostroza Felipe (http://www.artemanifiesto.com/user/chanchitow/)

 

-¿Listos? -dijo el profesor Mondragón, fornido y moreno, con su hablar cantado de piurano resabido. -Vamos a pasar el pseudocódigo a NetBeans. Abran el programa.

Alberto sintió una vez más que estaba perdiendo el tiempo. Nunca aprendería a programar. Se condolía en silencio por los años perdidos, desperdiciados estúpidamente en oficios de sobrevivencia después de renunciar a la universidad. El matrimonio apurado, y después los hijos que fueron llegando puntualmente cada siete años hasta llegar a tres, lo alejaron cada vez más de la educación que se suponía debía obtener el más listo del Quinto B. Como un nadador empecinado, sin embargo, salía a flote de cuando en cuando para llevar talleres, cursillos, capacitaciones de consolación, que no impidieron de todos modos que todos sus sobrinos, para quienes era una lumbrera, casi un erudito, lo sobrepasaran y terminaran carreras académicas de más luces.

-Declaramos nuestras variables, entonces. ¿De qué tipo son, señores? -silabeó el profesor Mondragón, impertérrito y casi alegre.
-Enteros -se apresuró a señalar Waldo, siempre inmodesto. -O sea que se escribe Int -agregó, triunfante.

-Muy bien, señor Zavaleta. Estrellita en la frente para usted.

Alberto lo miró con ojos neutros y le obsequió la sonrisa que esperaba. Abrió el programa de lenguaje Java y se dispuso a escribir. “Scanner leer; leer=new Scanner (System.in)” Eso sí se lo tenía bien aprendido. Entonces recordó de pronto y la buscó panorámicamente. Tampoco hoy había venido.

Se llamaba Alma, y apareció el primer día tratando en vano de esconder el susto de la clase inaugural. Su desamparo le conmovió y le buscó conversación. Resultó que vivía cerca, a pocas cuadras de su casa, a la espalda de la ex hacienda Garagay. “Recién me compré una laptop, en la Galería Garcilaso, una i5, Intel, mi hijo dice que es la mejor”, explicó atropelladamente. “Vine porque quiero aprender a manejarla”. Alberto la observó, maravillado. Un ser humano con una misión, pensó. Y en ese instante cayó en cuenta que él no podría explicar por qué se había matriculado en Sistemas. Su argumento principal, para quien quisiera saberlo, era que necesitaba crear su propia página web para escribir de ese modo el esqueleto de su futura novela sobre su abuelo suicida. Pero en realidad no tenía claro nada, y solo quería no seguir sintiéndose un ignorante cibernético. Alma parecía brindarle un propósito concreto y simple, y desde entonces le concedió toda su atención.

-System.out.printl, señores. No se olviden de usar el tabulador para que les aparezca más rápido. No olviden usar punto y coma. Ahora escriban “ingrese el número de letras”.

Empezaron a salir juntos después de clases, y preferían caminar remolonamente que subirse a las atestadas combis. Se contaron sus vidas, sus heridas de guerras y sus desilusiones. Descubrieron al unísono que se gustaban. Y también que tenían miedo de decirlo. Un jueves de principios de mayo ella tropezó con una piedra frente al mercado y él la contuvo antes que cayera sobre la pista. Sus cuadernos quedaron regados de todos modos y al agacharse ambos para recogerlos chocaron violentamente sus cabezas. Ella enrojeció como una colegiala. Él se sintió un tonto. Se besaron atropelladamente entonces, porque era lo único que podían hacer en esa circunstancia, y se volvieron a besar después sin la menor prisa. Alma casi corrió al llegar a su esquina, murmurando algo que Alberto no pudo entender, y no volvió a clases desde entonces.

-Ahora escribimos el proceso, y después la salida. Pan comido, señores. Diez puntos al que termine primero.

¿Cuál era la ecuación matemática del enamoramiento?, se dijo Alberto sintiéndose más solitario que nunca. Y se le ocurrió como una deflagración:

A (t) = A (t-1) – O + S +F

Donde A era el amor que experimentaba, t el día exacto del beso, O el olvido, S la seguridad y F la fascinación.

-System.out.printl (“el amor de su vida es su Alma”) -brilló la pantalla como una acusación.

Aterrado, Alberto se sintió atrapado como cuy en tómbola.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.