VEN A MI CASA ESTA NAVIDAD

Por: Francisco Joaquín Marro / Cuento

Ilustración: Rodrigo Bañados (www.instagram.com/rbmilustracion)

 

Cuando me presentaron a Jamel Cooke ni siquiera pensé que fuera un hombre de ciencias especialmente atractivo, aunque lo era. Debí parecerle una tonta, admiraba su trabajo previo en el MIT y, siendo yo afrodescendiente, sabía lo importante que era su prestigio para nuestra comunidad. Podría decir que era el pack completo: científico, negro, guapo, y, por si fuera poco, involucrado con el activismo civil. Además, uno de mis primeros trabajos sobre supernuminales y predicción de trayectorias atómicas contenía exactamente veinticinco referencias a su investigación con programas simuladores de espacio-tiempo del año 2043. Tuve la suerte de que mi tesis para el doctorado fuese revisada por él, aunque en ese entonces nuestra comunicación fue exclusivamente por Hologram Skype, y muy poco personal. Recuerdo claramente el tacto de su mano cuando por fin, en nuestra primera reunión, tomó la mía; lo que no recuerdo fue su forma de mirarme, tal vez porque yo era renuente a mirarlo fijamente.

Al cabo de un tiempo relativamente corto, me eligió para formar parte de su equipo de investigación. Me ahorraré los detalles: si bien fueron dos años de constantes frustraciones, una mística de equipo que Jamel logró inculcarnos dio finalmente como resultado el logro científico más importante de nuestra década. Después de la fiesta que organizamos —una donde nos mezclamos con políticos, militares y grandes potentados capitalistas— Jamel y yo, dejando atrás los negocios y las relaciones públicas, terminamos besándonos apasionadamente al amparo de un guardarropa. Nos escabullimos de la fiesta y cometimos la estupidez de intentar tener sexo en el ascensor; afortunadamente nos percatamos de las cámaras de vídeo y, arrepentidos, nos tomamos de la mano como ingenuos enamorados, salimos a la calle, buscamos un taxi y unos quince minutos después hicimos lo que se nos antojó en la comodidad de mi departamento.
Tres días antes de la navidad de 2051 supe que era el fin de nuestro romance: “Marie ha descubierto nuestros mensajes”, me dijo, y yo eché a llorar. Pensé en las niñas y en Marie, a quien conocía porque habíamos pasado Acción de Gracias juntas. Iba a decirle a Jamel que no se divorciara, que no rompiera su hogar por mí; fui una tonta, me callé porque evidentemente no haría eso. Un triunfo como el que nos esperaba borraría de un plumazo, al menos por un buen tiempo, muchos estereotipos raciales negativos, los niños negros de toda América tendrían un referente que no fuese una estrella de la tele o algún rapero o algún jugador de baloncesto. ¿Y acaso el mayor científico negro de renombre, a punto de llevar a cabo el experimento más importante de esta época, arruinaría su imagen ante todo el país por una aventura con una chica? Se hubiese visto como lo peor. No hizo falta que improvisara una excusa, yo fui quien extrajo de su mirada esos argumentos. Y allí fue cuando noté en su expresión ese deseo del que él tanto me habló. Hasta entonces, humildemente, sorda a todos sus halagos, me había considerado un capricho suyo, y tácitamente habíamos reprimido, el uno en el otro, toda manifestación romántica que no fueran piropos dichos con ironía. Ese trato cordial de amigos con beneficios se fue al traste porque en sus ojos, en sus gestos, en su lenguaje corporal, vi la verdad. “Realmente me quiere, y no a Marie”, pensé, “lo único que la ata a ella es aparentar ante los medios que conforman una buena y decente familia negra de clase media”. Y cuando por fin descubrí que me amaba, cuando mi propio triunfo se evidenciaba por sus muestras de profundo dolor, surgía la imposibilidad de volverlo nuevamente físico. No sé en qué momento dije algo como “tienes que irte”, y estoy segura de no haberlo expresado de manera convincente; hasta pensé que me tomaría por detrás una vez más, y de que juntos alcanzaríamos un patético y reconfortante orgasmo de película —entre lágrimas y lamentos— pero cogió su maleta y se marchó de la habitación. Estoy segura de que le hubiese perdonado la patanería de intentar conmigo un último polvo, lo odié por hacer lo “correcto” y ni con ello pude entregarme a la completa desazón. Apenas unos minutos después timbró mi celular y Joseph Andrews, el jefe de nuestro departamento de investigación, volvió a preguntarme sobre el porqué de mi renuncia al proyecto. Luego de Joseph Andrews siguieron las llamadas del director del Departamento de Física y de otros colegas. Estaban preocupados porque, de funcionar el experimento, el Gobierno forraría de millones los laboratorios de la universidad. Susan, la profesora menos interesada en los contratos con el Gobierno, fue la más iracunda; me explicó que no estaba ayudando a la causa de las mujeres en la ciencia, dejando todo de lado en el momento en que más se me necesitaba. “Lo harás bien”, le contesté. Traté de halagar su vanidad enumerando sus logros en el proyecto. Eso la consoló un poco. “De todas formas, ahora sin ti solo somos nueve mujeres en un grupo de setenta y cinco”, me dijo, y colgó.

Me torturé a mí misma pensando un poco en que solo habría bastado mi insistencia para convencerlo de enfrentar a la opinión pública; mi vehemencia y mis atractivos habrían sido más que suficientes. Jamel esperó a que yo decidiera: lo hice pensando en él y creo haber cometido el peor error de mi vida. Tal vez, dentro de la serie de eventos azarosos que conforman nuestras existencias, esa habría sido una especie de señal; quizá con ese acto melodramático el destino hubiese girado a favor del proyecto y su vida se hubiese preservado y, junto con su vida, la reputación de todos nuestros colegas.

Jamel habría podido inspirarnos a todos a desear la grandeza.

Ya podíamos, gracias a una compleja computadora, predecir las posiciones exactas para reconstruir fotones, fonones y materia diversa, destruyéndolos desde una posición y reconstruyéndolos y reagrupándolos instantáneamente en otra. Podíamos utilizar antimateria artificial como fuente poderosa de energía para lograr la teletransportación. Pero obviamente nuestra humanidad nos seguía confinando a ese rincón de mentiras, hipocresías y conveniencias para las cuales ni la ética tenía soluciones inmediatas. Ni siquiera el “hacer lo correcto”, como placebo moral, dejaba en mí alguna clase de satisfacción.

Como fuere, justamente me aferré a esa cierta paz proveniente de pensar que había tomado la mejor decisión para los dos, esa estúpida moralidad protestante que se cobijaba en medio de mi agnosticismo liberal y que solo mi insatisfacción podría tumbar; aquello me dio fuerzas suficientes para levantarme de la cama, tomar una ducha, preparar mi equipaje y pedir un taxi. “Al aeropuerto”, dije, y en el trayecto llamé a mi madre. “¿Cómo? ¿No aparecerás en la tele?”, exclamó escandalizada. “He invitado a todo el mundo, y se va a transmitir el evento en pantalla de cine, en la cancha de básquet de tu escuela”. ¡Se me había olvidado! Sí, además de eso defraudaría las esperanzas vanas de todos los granjeros de Millington, Tenneesee, que ya discutían a qué calle fangosa del centro del poblado ponerle mi nombre. Diablos, exclamé, estoy jodida. “Cuida esa boca, jovencita: te has criado en una granja pero no te hemos educado en el granero. Al menos vendrás, ¿no?”. “Sí, mamá, justo estoy yendo al aeropuerto”. “Bueno, será lindo tenerte aquí con nosotros… aunque hubiese sido más lindo verte en la pantalla del proyector”.

Al vuelo de dos horas y media, desde Nueva York hasta Memphis, le tuve que sumar un viaje tortuoso de media hora, en un apestoso Greyhound, hasta Millington. En la estación de buses de Millington me encontré con la insufrible Breenique Candeshia Rice y, francamente, de haberme quedado fuerzas, hubiese asesinado allí mismo a esa ex porrista que me martirizó en la secundaria, pero verla hinchada y suponer que estaba pobremente casada —y atiborrada de hijos— me hizo desistir, así que fui amable. “Eres toda una celebridad por estos lares”, dijo. “No te olvides de los pobres”, añadió, y contuve las ganas de arrancar de su cabeza sus largas extensiones de cabello indio. Quiso tomarse una foto conmigo y eso solo atrajo a otros curiosos; diez minutos después de retratos y selfies con desconocidos divisé a mi padre y fui rescatada. Subimos a su vieja camioneta, directo hacia la granja. “Taneesha, has alborotado al gallinero, ha venido incluso tu tía Kizzie, desde Chicago. Por favor, trata de ser amable con su pastel de calabaza. Sé compasiva, es víspera de Navidad”.

Camino hacia a la granja, reformulé en mi mente, paso a paso, los protocolos del experimento. Realmente yo no pintaba mucho allí, Susan se equivocaba. Lo único que podría llevarnos al desastre es que la fuente de antimateria artificial fallara en la fase final, que el flujo de energía se cortara. No, no era posible. El reactor de antimateria había sido probado con seres vivos, pensé en ese instante. Había suficiente antimateria para teletransportar los casi mil billones de átomos que componen a un ser humano en menos de quince minutos. Pero claro, todavía existiría el gran reto de teletransportar a dos sin correr el riesgo de que la computadora calculara mal y los fusionara en el punto de llegada.

La belleza de las matemáticas consiste en la ilusión de exactitud que nos da, pero la mecánica cuántica se ha encargado de desbaratarnos ese ensueño introduciendo el azar y la relatividad en nuestros cálculos y devolviéndonos, punto por punto, hacia la dimensión de partida. Desde que sabemos, por experimentos, que un electrón puede ocupar dos espacios distintos al mismo tiempo, y desde que intuimos que el Universo puede no solo expandirse sino también replegarse en sí mismo, y forzar a la materia a crear entramados espaciales en el cual están superpuestas las dimensiones que componen nuestra realidad, sin que nosotros, humildes hormigas, nos percatemos siquiera del fenómeno. Desde entonces nada es confiable y hay que vigilar, recalcular, repensar todo el tiempo.
Intenté explicárselo a papá pero él, con una sonrisa, me señaló la guantera: allí estaba su vieja Biblia. “Algo debe haber allí que explique, con otras palabras, lo mismo que tú me dices”, y lo dijo con una sonrisa dulce. “Solo tenemos que ser capaces de interpretarlo”.

No insistí, para qué iba a luchar con una paz adquirida a punta de aferrarse a un libro de reglas exactas. Tampoco tenía corazón para arrebatarle una confianza y serenidad interiores logradas a punta de frustraciones y privaciones. Recalcular, repensar, me repetía a mí misma a modo de mantra; la vida del científico es trágica en tanto todas sus certezas pueden ser derribadas por otro colega, en una futura investigación, y sin embargo mil veces preferiría mis dudas o tener que aprender de nuevo una nueva explicación del cosmos a tener que aceptar, de plano, que el mundo fue creado por una voluntad divina poco imaginativa e intransigente. Ya podemos simular la gran sopa o caldo de cultivo que originó la vida en nuestro planeta, lo que aún no podemos explicarnos es cómo esa vida cobró conciencia de sí misma. Cómo somos lo que somos, qué clase de composiciones atómicas o qué clase de energía es la que conforman el Ego del individuo. Una vez encontré a Jim, nuestro biotecnólogo, lelo frente a la máquina expendedora de gaseosas. No atinaba a introducir su dinero en ella. Se volvió hacia mí y ni siquiera se percató de mi impaciencia por una Coca Cola. “Se me ha ocurrido algo horrible”, me dijo. “¿Y si dentro de nosotros, además de nuestra conciencia, nuestras células tuvieran su propia conciencia?”. Solo le respondí que aquello sería igual de horrible para el planeta Tierra, si este tuviera conciencia propia y sufriera al pensar en nuestra variopinta y errática existencia.

Un instante de tiempo puede ser eterno según cómo se mire. Los dos años que pasé trabajando junto a Jamel me parecían apenas una semana comparados con todo lo que duró nuestro romance. Treinta y ocho días, para ser exactos. Ese corto período, en que disfruté tanto de su hombría como de mi propia debilidad, ya avizoraba el final: cada abrazo, cada acoplamiento, podía ser el último. Por eso quizá, al finalizar nuestra relación, parecíamos haberla ensayado de antemano. Pero lo que nos resultó no fue una apasionada despedida, tal vez por ello, antes que el dolor, me queda esa sensación de absurdo al recordar la manera tan grotesca en que nos dijimos adiós.
Allí, entre mis familiares, Biblia en mano, estaba aquella pregunta, tácitamente formulada por mí cuando pensé en Jamel y luego en la supuesta composición material de nuestras conciencias. Para mi familia existía solo una respuesta: Dios. Pensamiento, voluntad, verbo. Tiempo. A los seres humanos nos forja el tiempo, sobre todo llamamos tiempo a cualquier cosa, usualmente a un ciclo intermitente de abatimiento y esperanzas.

Debí suponer que el factor pensamiento y el factor voluntad, escondidos en la zona inconsciente del Ego, o los átomos que hacen posible que existan, tendrían la última palabra la noche del 24, en el experimento, televisado a nivel global. Sentada en un puesto de honor, sobre una sillita de plástico, viendo a todas las personas con las que me crié, todas ellas portando banderas americanas, pancartas, globos y teniendo en sus rostros una impresión de triunfo y jactancia, como si por primera vez en sus vidas quisieran creer —sin remordimientos— que habíamos vencido, como especie, las creencias milenarias que rigieron y torturaron nuestra moral. Mi horror comenzó cuando Jamel anunció que él sería el primer ser humano en teletransportarse. Pensé “¡no lo hagas!”, casi quise gritarlo. No lo hagas, te vas a traicionar a ti mismo. Porque sabía muy bien que sus pensamientos y deseos estaban profundamente ligados a los míos. Cuando lenta y angustiosamente aquella pequeña masa sanguinolenta empezó a materializarse frente a mí, apuntando a mi entrepierna, ante el horror general, ante el griterío de cientos de personas y el desmayo de otras muchas, supe por fin que la voluntad y el destino se intersectan en un punto con la física cuántica. Que los átomos que conformaban y dibujaban en el aire los riñones, la uretra y el pene de Jamel lo estaban llevado, pedazo por pedazo, hacia donde él realmente quería estar: dentro de mí.

 


Francisco Joaquín Marro (Ica, 1979). Conocido como «el Santiago del Prado de los pobres», mantiene un sugerente anonimato literario no por humildad, sino por la vana creencia de que su actitud contreras le dará aún más notoriedad. Ha publicado las novelas Tenerezza (2013) y Lo que el viento se llevó, con zombis (2017).

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