La visita

Sabido es que entre la realidad y la ficción hay una delgadísima línea, que algunos nos complacemos de vez en cuando en cruzar. Contradictoriamente, creemos también que aquellos que viven de la ficción son en la realidad desencantados antipáticos, descorteses criaturas de nariz alzada, arbitrarios seres desbordados de presunción. Y aunque muchas veces sea verdad, la verdad última es que siempre estamos equivocados.

Una estrella de las de mayor brillo decidió de buenas a primeras, quizá un helado amanecer en el 15 de Central Park West, —en la mayor de sus cinco habitaciones, siete baños, amplio salón y atestada biblioteca—, tomar un vuelo directo al mítico país de los Incas, e hizo su plan de aventuras con el mismo entusiasmo con que aprendió a tocar el saxofón para New York, New York. A despecho de sus setenta y cinco años cumplidos, sobreviviente de un cáncer de próstata y en inmejorable forma física de todas formas, arribó a la capital virreinal un caluroso jueves de enero, y, durante casi dos semanas, realizó lo que para el común de los mortales es nada más que un sueño.

Las primeras noticias pintaban a un tragaldabas pantagruélico, colosal, ataviado la mayor parte del día con cuchillo y tenedor, y babero al cuello, recorriendo insaciable la mejor ruta gastronómica de esta urbe comelona. Sin chistar ni perder la compostura, daba cuenta de costillares de chancho a la chorrillana, cordero con papas nativas, guisos de ollucos y cabuyas, ravioles de camotes con salsa de huacatay, cuyes, coliflores, mondongos y mollejas, encandilando hasta el orgasmo a los más reputados cocineros, desvividos por atenderlo. Después de todo, supimos, la estrella posee treinta restaurantes repartidos por el mundo.

Uno lamentaba que no se animara a conducir un taxi en nuestras salvajes pistas, reconcentrado y feroz, acariciando secretamente la cacha de su pistola, atisbando a las lolitas de Rufino Torrico y Grau, mientras vociferaba a los peatones inermes: “¿Me estás hablando a mí?”. O descendiendo furtivo al sótano sudoroso de la Bombonera del Estadio Nacional, para admirar el esfuerzo de los boxeadores en ciernes. O apostando fuerte en algún casino de la avenida La Marina. Como buen hijo de pintora y escultor, imaginábamos que honraría con su presencia los corredores ajedrezados de Bellas Artes, o aparecería de pronto en algún estreno teatral. Nadie lo vio entrando a ningún cine.

La decepción iba en aumento. Parecía un caso más de vanidad y derroche de un abuelo aburrido de glorias bien habidas. Había noticias más interesantes que seguir. Pero, sin vuelta de hoja, la estrella mostró que en realidad era un sibarita, un epicúreo, un gozador, uno de los nuestros. Solo un puñado de mortales fueron testigos de su arrobamiento ante el fresco del Matrimonio de Martín de Loyola con la Ñusta Beatriz, con el mismo aire de contrición del converso Rodrigo de Mendoza, el arrepentido cazador de indios de La Misión. “Quedó impresionado con la influencia jesuita en el arte virreinal y las formas de los queros del sur andino”, declaró el director del Museo de Osma, después de la célebre visita. Imaginarlo, con armadura y espada, salido del filme de Roland Joffé, nos reconcilió con su respetable legado.

Saber que fue a Machu Picchu después de eso, rayando el amanecer del Valle del Urubamba, que trepó el Huayna Picchu con los pulmones vigorosos de un adolescente siciliano, que fue distinguido con las Llaves de la Ciudad Imperial, que recibió alborozado el chullo y el Niño Manuelito, y se probó la máscara de Ukamari del Señor de Coyllur Ritti, no hizo más que renovar nuestro entusiasmo. Aunque sospechamos que volvió a la montaña mágica del Cuzco otra vez al día siguiente porque le encantó el cebiche y la trucha que le sirvieron en el tren de Aguas Calientes, y quiso repetir.

Ahora ya no había dudas de que nos habíamos equivocado. Reportes diversos, de rara unanimidad, coincidían en lo básico. La estrella era un tipazo, siempre presto a las fotografías, los apretones de manos, los autógrafos, la absoluta humildad. Era vox pópuli que no se quería ir, enamorado de estas tierras.

Como corolario real-maravilloso de su incursión peruana, la estrella se fue a la selva. Iquitos, la multicolor tierra que terminó de enloquecer a Fitzcarraldo, con su proliferación de belleza y sus mujeres embrujadas, le vio pisar sus calles de barro. Entre las palmeras, orquídeas y aguajes de la mágica reserva Pacaya Samiria, visitando a los casi extintos manatíes del Centro de Rescate Amazónico (que Orellana creyó sirenas), rodeado de tortugas charapas, tarántulas peludas y murciélagos insomnes, la estrella decidió partir, directamente a su departamento neoyorquino.

“Simplemente genial”, dijo en un video vuelto viral, apenas se sentó en su sillón favorito. “He comido estupendamente. Gracias a todos”.

Todo bien, el reverdecido orgullo nacional al tope, la esperanza de que anime a sus amigos a venir también, pero en el fondo, muy en el fondo, queda un relente de honda tristeza. Los vendedores del pasaje 18 de Polvos Azules: el Chino, el Chato Iván, Santos Demonios, y la dulce Holy, fanáticos acérrimos del buen Robert Anthony De Niro Jr.—Robert De Niro para el mundo—, hubiesen sido más felices si la estrella los hubiera visitado. Y nosotros también.

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