¿DÓNDE ESTÁ BOLA DE NIEVE?

Por: Jorge Ureta Ureta / Cuento

Ilustración: Alejandra Vallejos (@aleiree)

 

El vino siembra poesía en los corazones.
(Dante Alighieri)

 

—¡Hora de ensayar, compañero! —gritó Henry saliendo del baño, limpiándose el vómito de los labios con una toalla.

El reloj en la pared marcaba las tres de la tarde. Henry se acercó hacia el espejo de la cómoda del hotel. Abrió la boca y se frotó la barba mal afeitada. Notó sus ojos inyectados de sangre. Se acercó un poco más y se mostró los dientes sonriendo. Estaban amarillos y el sarro se acumulaba en las hendiduras. Masticó dos veces y paseó la lengua por sus encías.
Bola de Nieve, por otro lado, movía las orejas sentado en la repisa del mueble, al lado de un sombrero de copa negra.

El polvo revoloteaba en el interior de un haz de luz que se filtraba por las cortinas, iluminando la cama ubicada en la esquina de la habitación. Sobre las sábanas, esparcidos, se encontraban los objetos de Henry. Los accesorios de su trabajo, los objetos de…

—Basta de huevadas. No conseguimos nada deprimiéndonos. ¿Cierto, Bola de Nieve? —preguntó, tomando al conejo entre las manos y acercándoselo al rostro. Henry le echó un vistazo a la ventana, y luego a la puerta, asegurándose de que estuviesen cerradas. Entonces, apretó sus labios en la boca del conejo. Bola de Nieve agitaba sus patas blancas en el aire.

—No te culpo de nada, compañero. Éramos los dos o nadie —murmuró, situando al conejo encima de un pañuelo negro. Recorrió los dedos por el cabello del animal, apretándole la nuca con las uñas. Cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior. ¿Ella no podía darle un poco más de tiempo? Henry no ganaba mucho dinero con su trabajo y su esposa lo había echado de su casa con todas sus cosas. Cree que soy un vago, pensaba Henry. “Estás toda la noche despierto y no me dejas dormir”. “Comes, bebes, te acabas todo y no pagas nada…”, recordaba. “¿Cuándo piensas trabajar? ¿Crees que esa cojudez nos sirve? ¡Tienes un hijo, por Dios!”. Henry sonrió.

—¿Le crees, Bola de Nieve? —preguntó, agachándose frente al aparador a la altura del animal— Ella no entiende la magia porque no la tiene dentro suyo, ¿verdad?

Se dirigió hacia la mesa de noche en la parte trasera del cuarto, tomó la botella vacía que se encontraba encima y la arrojó a la cama, luego arrastró la mesa frente al espejo de la cómoda. Recogió las mangas de su casaca roja y se lamió las manos, pasándolas por la cabeza varias veces. Caminó hacia el aparador y envolvió a Bola de Nieve en el pañuelo negro.
—¿Quién necesita una esposa? ¡Si te tengo a ti, Bola de Nieve! —exclamó Henry, haciendo un nudo con el pañuelo.

El animal comenzó a temblar. Henry agarró el bulto negro, su sombrero de copa y regresó, situándose detrás de la mesa de noche, y abriendo un cajón, lo instaló suavemente. Sobre la mesa, ubicó el sombrero. Alzó la mirada y vio en su imagen a Henry, el gran mago. El reloj de pared marcaba entonces las tres de la tarde y cinco minutos.

—¡Buenas tardes! —saludó, inclinándose—. Como les dijo el presentador, mi nombre es Henry y pienso llevarlos a un mundo de fantasía, sembrando la magia aquí, en el escenario y en ustedes. Pienso comenzar —anunció Henry a su imagen, girando el sombrero de copa negra entre las palmas de su mano y situándoselo en la cabeza rápidamente— presentándoles a mi compañero. Bola de Nieve, está muy emocionado por conocerlos… —sonrió Henry, con sus dientes amarillos.

—¿Este sombrero está vacío? —preguntó, paseándolo—. ¡Parece que este sombrero lo está! Miren…, miren… —Henry comenzó a girar el sombrero—. ¡No hay nada! ¿Dónde estará Bola de Nieve? ¿Mi compañero? —preguntó Henry, con los labios temblorosos. Debía haberla golpeado. De todas maneras iba a echarlo de la casa. Lo había olido desde hacía días. En su mirada, en su forma de comportarse, en su falta de apoyo… Una buena bofetada, pensaba. Henry situó el sombrero sobre la mesa de noche y extendió los brazos.

—Nada por aquí… —dijo, volteando a un lado— y nada por acá… —continuó, volteando hacia el otro—. Bola de Nieve aparece y desaparece cuando quiere. ¿Dónde estará ahora? ¡¿Pueden llamarlo?!

Sosteniendo la mirada en su imagen en el espejo, comenzó a llamar:

—¡Bola de nieeeve! ¡Bola de nieeeve! ¡Bola de nieeeve! —imitando la ovación del público. Entonces, metió el envoltorio negro con una mano dentro del sombrero, procurando que no se notase en el reflejo, y con la otra rápidamente lo levantó.

—¡Vamos, grítenlo más! ¡Bola de Nieve! —exclamó Henry, poniendo el sombrero negro sobre la mesa de nuevo—. ¡¿Dónde estás, conejo de mierda?! ¿Habrás vuelto? —miró a su imagen a los ojos—. Aparece y desaparece cuando quiere… —agregó, de manera desprendida.

Henry buscó el conejo dentro del sombrero y lo tomó por una de sus patas:

—Miren… pues… amigos… a quien me acabo de encontrar —anunció, jovial—, les presento a mi compañero de trucos, ¡Bola de niev…!

Un empujón llevó su brazo dentro del sombrero, haciéndolo tropezar. Henry se asió de la mesa de noche y cayó sentado. Abrió ligeramente la boca, confundido. Miró uno de sus brazos y movió los dedos, luego volvió hacia el otro, este se encontraba totalmente dentro del sombrero, como si estuviese amputado. Henry abrió los ojos totalmente, con la mirada en el techo, y sacudió la cabeza.

—Dios mío, tengo que estar lúcido —murmuró, con el corazón palpitante.

Se levantó, agarrando el sombrero… y sintió otro empujón.

—¡¿Qué es esto?! —exclamó, aferrándose en el ala del sombrero de copa, y tirándola hacia atrás—. ¡¿Qué pasa acá?! —gritó alterado.

La boca del sombrero comenzó a dilatarse, succionándolo. Henry se sostuvo de la pared y haló hacia atrás, percatándose de que lo tenían agarrado vigorosamente. ¿Es una mano?, se dijo, entrando en pánico.

—¡Mierda! —gimió, sacudiendo el sombrero—. ¡Mierda! —gritó otra vez, sintiendo la ropa humedecerse con sudor.

Se tiró al suelo aferrándose al sombrero y apretando los dientes, tratando de sacarlo, mientras la boca continuaba dilatándose más, y más, y más… hasta tragarlo por completo. Finalmente cedió y se dejó llevar. Henry era halado por su brazo, a través de una especie de tela, como si estuviese envuelto en frazadas.

—¡Todos saluden a…! —anunciaron a su lado— ¡Henry!

Su corazón latía ferozmente. Lo alzaban por un brazo. Frente a él, se extendía un océano de butacas dentro de paredes con telares rojos.
—¿Quién… quién…? —balbuceaba Henry, aturdido. Un moco resbalaba de su nariz.

Por otro lado, conejos vestidos de etiqueta aplaudían y vitoreaban, sentados en ese teatro. Henry volteó: una criatura de gran tamaño lo sostenía, revelando una gigante cabeza blanca y unas prolongadas orejas.

—¡Saluda, Henry! ¡Saluda, amiguito! —decía la criatura, agitándolo en el aire. Una gota de saliva lo salpicó en la cara.

Bola de Nieve estaba sentado en una de las butacas de la primera fila, observándolo con sus diminutos ojos negros y estirando su boca hacia atrás en una extraña sonrisa.

—¿Bola de Nieve? ¡¿Eres tú?!

Los conejos rieron, elevando los aplausos. Bola de Nieve, por otro lado, levantó una de sus patas y, torpemente, le mandó un beso.

Jorge Ureta Ureta (Lima, 1990) Autor de las novelas El caballero Tetrapaq (2013), Las bestias del abismo (2015) y Un hombre que podía reventar cosas con la cabeza (2016), todas publicadas por la editorial Altazor. Con este cuento resultó ganador del concurso nacional «Premio 1000VL». Ha sido traducido al francés por la Universidad de Poitiers. Participó en diversas revistas y antologías de narrativa.

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