MARINA PEREZAGUA: “EN LA ESCRITURA NO ME RESISTO A NADA”

Por Julianne Angeles / Entrevista

Fotografía: Ana Matías

Marina Perezagua decidió regresar al mundo virtual después de casi un año de ausencia. En este volver a empezar, en el que busca retomar el contacto con la naturaleza, la escritora española respondió algunas interrogantes sobre Cómo saber si respiro (Pesopluma, 2016), una antología de quince cuentos, cada uno más desconcertante que el otro. La autora de libros excepcionales como “Criaturas Abisales” y “Leche” asegura que, en cuanto a la escritura, no tiene mensajes premeditados ni objetivos ocultos. Leer a Perezagua es como suspender voluntariamente la respiración bajo el agua. El lector tendrá que adentrarse hasta las profundidades de sus historias, a pulmón libre. No hay otra forma.

Cómo saber si respiro es un ser vivo, como bien señala Katya Adaui en el prólogo. Sus historias duelen y fascinan. Son un conjunto de relatos que se enfrentan al dolor cara a cara. En el cuento ‘El alga’ dices “la mirada exige aire. Mirar cansa”. ¿Crees que la escritura exige dolor? ¿Intentar asir la complejidad de la humanidad, como lo haces en tus textos, te resulta agotador o, quizá más bien, liberador?

En mi vida he tenido épocas lo suficientemente dolorosas y nunca me dedicaría a algo que implicara un dolor añadido. Para mí la escritura es bienestar, tranquilidad, juegos mentales, pero juegos al fin y al cabo. Un texto puede resistirse más que otro, pero esto no implica para mí ningún problema, al revés, es como montar un puzzle, sabes que de todas las alternativas hay una que compondrá la figura que persigues, y encontrarla es una labor más lúdica que dificultosa.

‘El alga’, ‘Fredo y la máquina’ y ‘Él’ son relatos en los que hay una necesidad, casi obsesiva, por pensar. Hay preguntas, pero no respuestas. Hay receptores, pero no hay diálogos. Y eso es justamente lo inquietante. Como si los protagonistas pudieran vivir únicamente a través del pensamiento. Como si esa fuera la única forma de continuar, de estar en verdadero movimiento. Una respuesta los detendría.

Me parece una observación muy interesante. Siempre he pensado que la vida está en la cabeza, no en el exterior. Suele decirse que para escribir hay que vivir, que salir, que viajar, que charlar en los bares. No excluyo todo esto, pero vivir ocurre desde dentro, y creo que cualquier persona, aun encerrada, tiene acceso a mundos imaginarios. Soy una persona muy sociable, pero necesito grandes épocas de soledad casi radical, y en esas épocas siento que el mundo me paraliza en los procesos del deseo, que es un obstáculo más que una animación. Seguramente algo de mi carácter se ha filtrado en algunos de mis cuentos.

En Cómo saber si respiro vemos a una chica que se hace pasar por muerta para cortar el contacto con su familia o una hija que interpela a un padre autoritario y cruel. ¿De dónde viene ese interés por las relaciones disfuncionales?

Imagino que de mi propia familia, pero no lo escribo como algo personal, simplemente es un tema que tengo muy a mano, y mi padre, por ejemplo, es un personaje ya hecho, él se escribió a sí mismo y yo sólo lo transcribo en un escenario algo más alegórico.

¿Sientes que en algunos de tus relatos se han colado cosas de tu intimidad? No siempre puede ocurrir, pero ¿hasta qué punto se puede tomar algo sobre uno mismo y convertirlo en ficción?

Pienso que siempre se cuela algo de nosotros, y todo es susceptible de hacerse ficción, pero en mi caso y salvo estas excepciones familiares y conscientes, tiendo a esconder mi historia, me gusta mucho ocultarme detrás de la trama, de los personajes. Aunque ya sabemos que la creación pura no existe me divierte más tratar de asuntos o personajes que son bastante distintos a mí. Por ahora la autoficción es un género que no me interesa escribir, aunque sí la leo bastante.

Todavía existe la idea de que alguien optimista y alegre, como te has definido en algunas entrevistas, no es capaz de escribir historias turbadoras. ¿Te incomoda esta idea equivocada que algunos tienen sobre un tipo de escritor?

Me incomoda un poco porque creo que esto tiene más que ver con una pose del escritor como personaje. Parece que hay casos en los que si uno escribe sobre asuntos dolorosos se ve obligado a confirmarlos con su actitud diaria, con una personalidad sombría. Yo prefiero la elección de la alegría en tanto que pueda elegirla, sin embargo me parece que el dolor me ofrece mejores posibilidades literarias. De lo que sí estoy convencida es de que una persona que no conozca el dolor no podrá escribir nada humano. Creo en los payasos que llevan la tristeza bajo la sonrisa maquillada, de hecho, no creo que pudieran hacer reír si no supieran lo que es el llanto grave.

Has contado que tu primera experiencia con el agua no fue precisamente amigable. Sin embargo, aprendiste a nadar por ti misma y ahora practicas natación y apnea. ¿Cómo una experiencia desagradable se convirtió con el tiempo en una práctica que ahora puede llevarte a un estado de relajación?

Mis primeras experiencias no fueron buenas porque me empeñaba en nadar sola cuando no sabía ni andar. Creo que más bien yo presentía que el agua podía salvarme de muchas cosas y estaba impaciente por moverme en ese ámbito, pero me precipité. Hace poco tuve la oportunidad de enseñar algunas nociones de buceo a una niña con autismo y comprendí aún mejor el valor del agua para nuestra mente: esta niña se transforma cuando bucea, se libera, interactúa de una manera que no logra en tierra. Yo miraba a los niños de su edad forrados de plásticos y flotadores, todos obedeciendo a los mismos movimientos, todos bien domesticados, mientras que ella se desenvolvía libre y perfectamente sin ningún soporte. Controlaba la respiración, su cuerpo, su mente, mejor que cualquier otro niño, ella sí sabía lo que le otorgaba el agua, y me pregunté qué tipo de sociedad tenemos, si realmente los considerados como personas socialmente funcionales no estamos en realidad más presos.

Cuando estás bajo el agua, a pulmón libre, te resistes al aire, a respirar. ¿Crees que en tu escritura también hay resistencia?

En el agua me resisto a respirar pero de una forma bastante natural. Es una resistencia porque el cuerpo te pide oxígeno, pero hay una especie de libertad mucho más profunda, que se impone. En la escritura no me resisto a nada, no tengo mensajes premeditados, no tengo objetivos ocultos, sólo me pongo a escribir cuando tengo una historia e intento que haya pocas interferencias entre lo que hay en mi cabeza y el papel. Sí hay resistencia contra ciertos modelos sociales que no nos cuestionamos, pero tampoco esto es premeditado en mi escritura, sí en mi vida.

Muchos escritores usan Facebook para promocionar su trabajo y tener contacto con sus lectores. Algunos incluso comparten cosas personales. Sin embargo, en tu caso, decidiste desconectarte por casi un año. Algo impensable para muchos, sobre todo para los que buscan mantenerse vigentes. ¿Qué determinó tu aislamiento? ¿Y por qué decidiste volver?

Hubo varios motivos. Tenía que dedicarme a la tesis de doctorado, tenía que terminar una novela, pero también afectó mucho un clima de violencia generalizada a raíz de la cuestión del independentismo catalán. No quería presenciar cómo amigos muy queridos se destrozaban en público por esto. Luego me di cuenta de que esa violencia en las redes siempre está, y decidí tomarme un descanso largo. Volví porque echaba de menos a tantas personas que sí aportan mucho. Respecto a la utilización de las redes para mantenerse vigente, intento no pensarlo mucho. La necesaria muerte del autor de Roland Barthes, que promulgaba la independencia del texto con respecto a su creador, no tiene ya ningún tipo de utilidad analítica del texto, y el autor que Barthes mató no sólo ha resucitado, sino que lo ha hecho matando, él mismo, a su obra. El autor deviene el libro, y su creación resulta baladí en comparación con su omnipresencia.

Tus lectores han aplaudido tu regreso. Has regresado con una novela terminada y ya tienes otra en mente. Ha sido un aislamiento fructífero. Pero me da la impresión que no solo ha sido a nivel profesional. En un post en Facebook dices que vas a optar por la calidad de vida. “Aire frente a civilización. Libertad frente a instituciones y cultura. Animales y pocas personas frente a multitudes”.

Llevo viviendo en Nueva York más de catorce años. La considero mi ciudad. Todo lo que he escrito lo he escrito aquí. Tengo grandes amigos a los que puedo considerar mucho más que familia. Además la ciudad supone un reto y estímulo continuo, y esto se lleva muy bien con la escritura. La soledad inevitable también me gusta. Sin embargo no soporto una calidad de vida tan precaria: la inexistente sanidad pública, las distancias, los precios, la injusticia social tan evidente, la contaminación masiva, el racismo, las armas. No es el sitio en el que quiero seguir viviendo porque veo que me he apartado del ámbito natural que siempre he perseguido. No sé aún lo que voy a hacer, y el cambio no puede ser inminente, pero tengo claro que no quiero vivir mucho más tiempo alejada del mar o del campo.

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