Y la mejor queja va para…

Alguien podría quejarse de que este artículo acerca de la 91° edición de los premios Oscar ha sido publicado muy tarde y puede que tengan razón. Ha salido un poco tarde y el recuerdo de aquella noche va quedando atrás, pero la queja, fuera de ser fundada o infundada, le va muy bien al tono de esta edición del galardón. Las razones a continuación:

Para empezar un poco de historia. Hace un tiempo atrás, parte del público se quejaba de que la premiación se realizaba muy tarde en el calendario. Anteriormente los premios de la Academia se entregaban en marzo y la queja giraba en torno a la impaciencia de los fanáticos del séptimo arte para poder saber que actores y directores de cine se llevarían la gloria cada año. Luego, al ser adelantada la premiación a febrero no faltaron los que se quejaron de que la premiación, al estar tan pegada a las fechas de otros galardones “menos valiosos” como el premio del sindicado de productores o el del sindicato de actores, le quitaban peso al evento, en otras palabras, lo convertían en un premio más.

Hace un tiempo el sector más progresista de la prensa –y de la sociedad en general– se quejaba por falta de representación femenina en categorías como mejor director, hasta que ganó Kathryn  Bigelow, por The Hurt Locker. De igual manera, hubieron más quejas aún, y con justa razón, al notarse que en varios años los cinco nominados para mejor actor y mejor actriz, respectivamente, eran en casi su totalidad blancos; además, en el premio a mejor director, al igual que se quejaban de que había poca representación femenina, lo hacían por la poca representación de personas afrodescendientes, latinas o de otras partes del mundo. Algo bueno tuvo que suceder dentro de la Academia porque en lo últimos quince años fueron nominadas más de cincuenta personas de color (afrodescendientes, latinas o asiáticas), resultando ganadoras en dieciocho oportunidades, solo en esas tres categorías. De igual manera, las quejas continuaron hasta el presente, siendo la consigna, al parecer, que se tenía que establecer una paridad, una cuota de género y de raza, en las categorías de dirección y actuación.

El presente año fue muy particular por la variedad de quejas que se fueron sucediendo. Como todos los años, el evento debió tener un anfitrión, algún comediante, conductor de TV o actor, que tuviera la habilidad, las agallas y el sentido del humor suficiente para poder llevar la ceremonia de más de tres horas sin aburrir a nadie. Eso no fue suficiente. Un sector de la prensa –y de la sociedad (sospecho que la misma que mencioné un párrafo antes)– se quejó porque no podían aguantar la ansiedad de no poder saber con certeza si el conductor de la ceremonia que se llevaría a cabo este año iba a ofender a alguien o no, no podían contemplar vivir con dicha incertidumbre. En un mundo como el que vivimos eso no es aceptable. Dios no lo quiera. ¿El resultado final? Unos premios Oscar sin anfitrión, haciendo que la ceremonia se sienta deforme, sin hilo conductor. Además, desde que tengo memoria, una de las mayores quejas (y con toda la razón del mundo) ha sido la duración de los premios. La Academia, tonta, para este año tomó la inteligente decisión de no televisar dos categorías: edición y cinematografía. No el de cortometraje animado, no el de cortometraje documental, edición y cinematografía. Obviamente, gran parte de la comunidad cinematográfica, incluidos algunos nominados como Alfonso Cuarón, no demoraron en mostrar su desacuerdo, logrando que la Academia se retractara y volviera a incluir ambas categorías.

Pero esas no fueron las únicas quejas. Como ya se sabe, el máximo ganador de la noche fue Green Book, que se llevó tres estatuillas doradas, por mejor película, guion original y actor secundario (Mahershala Ali). El filme trata acerca de la amistad entre un músico afroamericano y su chofer blanco de origen italiano durante los años sesenta. Un sector (pueden adivinar cuál) se quejó al ver a Peter Farrelly, director y guionista de la cinta, ganar un Oscar después de que se supiera que cuando era joven y filmaba películas como Dumb & Dumber y Locos por Mary tenía la curiosa costumbre de salir a dirigir desnudo o con su miembro al aire ante la vista y paciencia de los actores y del equipo de producción, inclusive haciéndolo en una oportunidad frente a Cameron Diaz. Muchos no dudaron en pegar el grito al cielo y reclamar que alguien con esa clase de comportamiento podía ganar un Oscar. Se quejaron también del hecho de que una película que habla del racismo haya podido ser dirigida y escrita por hombres blancos, argumentando que no tenían el derecho de contar una historia como esa, por el hecho de no ser afrodescendientes y por nunca haber sufrido las consecuencias del racismo en carne propia.

Varios días han pasado y las quejas continúan y, al parecer, continuaran por varios días y meses más, hasta que la nueva temporada de premios inicie y se vaya acercando la siguiente edición de los premios de la Academia y la gente encuentre nuevas razones para quejarse.

Me quejo, luego existo.

El autor no se solidariza con las opiniones expresadas en este artículo.

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